¡No soy solo la que limpia! – Mi lucha por respeto y sueños en mi matrimonio con Mauricio
—¿Otra vez arroz, Lucía? —La voz de Mauricio retumbó en la cocina, mezclándose con el vapor de la olla y el olor a cebolla frita. Me quedé quieta, cuchara en mano, sintiendo cómo la rabia me subía por el pecho. No era la primera vez que lo decía, ni sería la última. Pero esa noche, algo dentro de mí se rompió.
Llevaba quince años casada con Mauricio. Nos conocimos en una fiesta patronal en el pueblo de mi mamá, allá en Jalisco. Él era simpático, trabajador, y tenía esa sonrisa que me hacía sentir especial. Pero con los años, la rutina y las deudas nos fueron apagando. Yo dejé mi trabajo en la tienda para cuidar a nuestros hijos, Sofía y Emiliano, y desde entonces mi mundo se redujo a la casa: lavar, planchar, cocinar y limpiar.
Al principio no me importaba. Pensaba que así debía ser: que una buena esposa cuida su hogar. Pero poco a poco, Mauricio dejó de verme. Se acostumbró a llegar del trabajo y encontrar todo listo. Si algo faltaba, lo decía sin filtro: “¿No lavaste mi camisa?”, “¿Por qué está sucio el baño?”, “¿Otra vez sopa?”
Una noche, mientras recogía los platos, escuché a Sofía decirle a su hermano: —Mamá solo sirve para limpiar. Me dolió más que cualquier palabra de Mauricio. ¿Eso era lo que mis hijos pensaban de mí? ¿Eso era lo que yo les estaba enseñando?
Esa noche no dormí. Me quedé mirando el techo, recordando los sueños que tenía de joven: quería ser enfermera, ayudar a la gente, sentirme útil más allá de estas cuatro paredes. Pero ahora… ¿quién era yo?
Al día siguiente, mientras barría el patio, llegó mi vecina Carmen. Siempre tan directa, me soltó: —Lucía, ¿por qué no te animas a ir al curso de primeros auxilios en la parroquia? Yo voy a ir. Nos hace bien salir un rato.
Sentí miedo. ¿Y si Mauricio se enojaba? ¿Y si los niños necesitaban algo? Pero también sentí esperanza. Quizás todavía podía hacer algo por mí.
Esa tarde, cuando Mauricio llegó del trabajo, le dije con voz temblorosa:
—Voy a ir al curso de primeros auxilios los jueves en la tarde.
Me miró como si hubiera dicho una locura.
—¿Y quién va a cuidar la casa? ¿Quién va a hacer la comida?
—Pueden esperar una hora —respondí, apretando los puños bajo la mesa.
No dijo nada más esa noche. Pero al día siguiente, encontré su camisa sin lavar tirada en el baño. Era su forma de castigarme.
Fui al curso igual. Carmen me recogió en su carro viejo y nos reímos como adolescentes durante el camino. Aprendí a tomar la presión, a curar heridas, a escuchar historias de otras mujeres como yo: madres, esposas, abuelas… todas cansadas de ser invisibles.
Una tarde, mientras practicábamos reanimación cardiopulmonar, recibí una llamada urgente: Emiliano se había caído en la escuela y sangraba mucho de la rodilla. Corrí hasta allá y usé todo lo aprendido para calmarlo y curarlo antes de llevarlo al doctor. Por primera vez en años, sentí que servía para algo más que limpiar.
Pero en casa las cosas empeoraron. Mauricio se volvió más frío. Apenas me hablaba y cuando lo hacía era para reclamar:
—Desde que vas a ese curso tienes la cabeza en otro lado. Aquí nadie te necesita para eso.
Una noche exploté:
—¡No soy solo la que limpia! ¡También tengo derecho a aprender y a soñar!
Mauricio me miró como si no me reconociera.
—¿Y tus hijos? ¿Y tu casa? ¿Eso no es suficiente?
—No —le respondí con lágrimas en los ojos—. No es suficiente si nadie me respeta.
Sofía escuchó todo desde el pasillo. Al día siguiente me abrazó fuerte antes de irse a la escuela.
—Mamá, yo quiero ser como tú cuando sea grande.
Esas palabras me dieron fuerzas para seguir. Terminé el curso y empecé a ayudar en la clínica del barrio como voluntaria. Al principio iba solo unas horas por semana; después me ofrecieron un pequeño pago por ayudar con los registros y atender pacientes.
Mauricio seguía distante. Un domingo discutimos fuerte:
—¿Vas a dejar que tu familia se desmorone por andar jugando a la enfermera?
—No estoy jugando —le dije—. Estoy luchando por mí misma. Por primera vez en años me siento viva.
Él se fue dando un portazo. Esa noche lloré mucho. Dudé si estaba haciendo lo correcto. Pero cuando vi a mis hijos mirarme con orgullo supe que sí valía la pena.
Con el tiempo, Mauricio empezó a cambiar. Un día llegó temprano del trabajo y me preguntó:
—¿Cómo te fue hoy en la clínica?
No fue fácil reconstruir nuestro matrimonio ni recuperar el respeto perdido. Tuvimos que hablar mucho, pedirnos perdón y aprender a vernos de nuevo como compañeros.
Hoy sigo limpiando mi casa y cocinando arroz… pero también ayudo en la clínica y estudio por las noches para terminar mi preparatoria. Mis hijos saben que su mamá puede ser muchas cosas: madre, esposa… pero también mujer con sueños propios.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres más viven sintiéndose invisibles en sus propias casas? ¿Cuándo aprenderemos todos que el respeto empieza por uno mismo? ¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?