La noche en que se rompieron mis ilusiones: Cuando la verdad duele más que la soledad
—¿Por qué siempre llego tarde a lo que más deseo?—me pregunté, mientras corría bajo la lluvia por la Avenida Corrientes, esquivando charcos y taxis, apretando contra mi pecho el libro de Claudia Piñeiro que acababa de comprar. El reloj marcaba las ocho y cuarto; Camilo debía estar esperándome desde hacía quince minutos en la esquina de la pizzería Guerrin.
Mi corazón latía fuerte, no solo por el apuro, sino por la ansiedad. Había conocido a Camilo una semana antes, en la sección de policiales de la librería Hernández. Él buscaba un libro de Ricardo Piglia y yo, sin querer, lo ayudé a encontrarlo. Nos reímos, hablamos de crímenes ficticios y terminamos tomando un café en la vereda, entre el bullicio porteño y el aroma a medialunas. Me sentí viva después de mucho tiempo. Esa noche, cuando me propuso cenar juntos, sentí que algo bueno podía empezar para mí.
Pero ahora, empapada y con el rimel corrido, me preguntaba si no estaba forzando demasiado las cosas. Al entrar a la pizzería, lo vi: Camilo estaba sentado junto a la ventana, mirando su celular con cara de fastidio. Me acerqué, intentando sonreír.
—Perdón, el subte se quedó parado y después empezó a llover… —balbuceé.
Él levantó la vista y sonrió, pero sus ojos no acompañaban el gesto.
—No pasa nada, Sofi. Ya pedí una fugazzeta para compartir. ¿Querés algo para tomar?
Me senté frente a él y pedí una cerveza. Intenté relajarme, pero sentía su incomodidad. Hablamos de libros al principio, pero pronto la conversación se volvió tensa.
—¿Vivís sola? —preguntó de repente.
—No… vivo con mi mamá y mi hermana menor. Mi viejo se fue hace años —respondí, bajando la mirada.
Camilo asintió en silencio. Luego empezó a contarme sobre su trabajo en una financiera del microcentro, sus viajes a Chile y Uruguay, su departamento en Palermo. Yo escuchaba, pero sentía que cada palabra suya era una pared más entre nosotros.
La pizza llegó y comimos en silencio. De fondo sonaba un tango antiguo. Yo pensaba en mi mamá, en cómo luchaba todos los días para pagar las cuentas desde que papá nos dejó por otra mujer. Pensaba en mi hermana Lucía, que apenas tenía 14 años y ya quería irse de casa porque no soportaba los gritos ni las discusiones.
De pronto, Camilo me miró fijo:
—¿Sabés qué? Me hacés acordar a mi ex. Siempre con esa tristeza encima…
Sentí que me ardían los ojos. ¿Eso era lo que veía en mí? ¿Una tristeza imposible de disimular?
—No soy mi tristeza —le dije en voz baja—. Pero tampoco puedo fingir que todo está bien cuando no lo está.
Él suspiró y miró hacia afuera.
—Mirá, Sofi… sos linda y todo, pero yo busco algo más liviano. No quiero dramas ni problemas ajenos. Ya tuve suficiente con mi familia.
Me quedé helada. Quise decirle tantas cosas: que todos tenemos problemas, que nadie es perfecto, que yo también merecía una oportunidad. Pero no pude. Solo atiné a levantarme y salir corriendo bajo la lluvia otra vez.
Caminé sin rumbo por Corrientes, llorando sin importarme quién me viera. Sentí vergüenza por haberme ilusionado tan rápido, por creer que alguien como Camilo podía entenderme o quererme con mis heridas abiertas.
Llegué a casa empapada y mi mamá me miró preocupada desde la cocina.
—¿Qué pasó, Sofi? ¿Por qué volvés tan temprano?
No supe qué decirle. Me encerré en mi cuarto y me tiré en la cama. Lucía entró sin golpear.
—¿Te peleaste con el chico ese?
Asentí en silencio.
—No vale la pena llorar por tipos así —dijo ella con esa sabiduría precoz que tanto me dolía—. Vos valés mucho más.
La abracé fuerte. Pensé en todo lo que habíamos pasado juntas: las noches sin luz porque no alcanzaba para pagar la boleta; los domingos de mate cocido y pan duro; las peleas por plata; los abrazos cuando mamá lloraba por papá.
Esa noche no dormí. Pensé en Camilo y en todas las veces que me sentí menos por no tener una familia «normal», por no poder invitar a nadie a casa sin sentir vergüenza. Pensé en cómo nos enseñan a ocultar nuestras heridas para gustarle a otros; en cómo nos convencen de que el amor es solo para los que no tienen problemas.
Al día siguiente fui a trabajar como siempre al kiosco del barrio. Mi jefa, Marta, me vio ojerosa y me invitó un café.
—¿Otra vez desvelada por amor? —bromeó.
Le conté lo que había pasado y ella me miró con ternura.
—Mirá, Sofi… los hombres como ese abundan. Pero vos sos fuerte porque sabés lo que es pelearla de verdad. No te olvides nunca de eso.
Sus palabras me hicieron pensar. ¿Por qué tenía que avergonzarme de mi historia? ¿Por qué tenía que esconder mis cicatrices?
Esa tarde volví a pasar por la librería donde conocí a Camilo. Miré los estantes llenos de novelas policiales y pensé en todas las historias donde los personajes luchan contra sus propios fantasmas. Me di cuenta de que yo también era protagonista de mi propia novela; que mis heridas eran parte de mi fuerza; que algún día alguien iba a quererme entera, con todo lo bueno y lo malo.
Esa noche cenamos las tres juntas: mamá, Lucía y yo. Reímos recordando anécdotas viejas y hasta bailamos cumbia en la cocina para espantar la tristeza. Por primera vez en mucho tiempo sentí paz.
Ahora sé que no fue Camilo quien rompió mis ilusiones: fui yo quien decidió dejar de idealizar lo que no era real. Aprendí que el amor propio empieza cuando dejamos de pedir permiso para ser quienes somos.
Y hoy les pregunto: ¿cuántas veces nos escondemos detrás de una sonrisa para encajar? ¿Cuándo vamos a animarnos a mostrar nuestras verdaderas cicatrices sin miedo al rechazo?