En la frontera del alma: La historia de Julián entre la lealtad y la tentación

—¿Por qué llegaste tan tarde otra vez, Julián? —La voz de Camila me atravesó como un cuchillo apenas crucé la puerta del pequeño departamento en el barrio San Cristóbal de Buenos Aires.

No supe qué responder. El reloj marcaba las once y media de la noche y el olor a guiso frío llenaba el ambiente. Camila estaba sentada en la mesa, con los ojos hinchados y la mirada clavada en el mantel floreado que heredamos de su abuela. Sentí el sudor frío recorrerme la espalda. Mentirle era como traicionar a mi propia sangre, pero ya no sabía cómo salir del laberinto que yo mismo había construido.

Todo empezó hace seis meses, cuando Lucía llegó a la oficina. Era nueva en el área de contabilidad y su risa llenaba los pasillos grises del banco donde trabajo desde hace diez años. Al principio, solo compartíamos mates y charlas sobre fútbol o política. Pero una tarde, mientras llovía a cántaros y todos se habían ido temprano, nos quedamos solos terminando unos informes. Lucía me contó que su papá estaba enfermo y que ella sentía que la vida se le escapaba entre los dedos. Yo le hablé de mis miedos, de cómo a veces sentía que Camila y yo éramos dos extraños bajo el mismo techo.

Esa noche, al volver a casa, Camila me esperaba con una sonrisa cansada y una sopa caliente. Me preguntó cómo había estado mi día y yo, por primera vez en años, le mentí: «Todo bien, amor. Nada fuera de lo común». Sentí que algo dentro mío se rompía.

Con Lucía, las conversaciones se volvieron más profundas. Empezamos a almorzar juntos en la plaza frente al banco. Me hacía sentir visto, escuchado. Un día, sin pensarlo demasiado, le tomé la mano mientras me contaba una anécdota de su infancia en Mendoza. Ella no la retiró. Sentí una electricidad recorrerme el cuerpo.

La culpa me carcomía por dentro. Camila notaba mi distancia, pero yo me refugiaba en excusas: «Mucho trabajo», «Estoy cansado», «No es nada». Ella insistía:

—¿Hay otra mujer?

—¡No digas pavadas! —le respondía, casi gritando, como si el volumen pudiera tapar la verdad.

Pero la verdad era un monstruo que crecía cada día más. Una tarde, Lucía me besó en el ascensor del banco. Fue un beso breve, pero suficiente para saber que había cruzado una línea invisible. Esa noche no pude dormir. Miré a Camila mientras dormía y sentí que no merecía su amor ni su confianza.

Mi mamá siempre decía: «El que juega con fuego se quema». Yo ya estaba ardiendo por dentro.

Las semanas pasaron y la relación con Lucía se volvió más intensa. Empezamos a vernos fuera del trabajo: un café en San Telmo, una cerveza en Palermo después del horario laboral. Cada vez que volvía a casa, sentía que llevaba encima el olor de otra vida.

Una noche, Camila encontró un mensaje en mi celular: «Gracias por hoy, Julián. Me hacés bien». El silencio que siguió fue peor que cualquier grito.

—¿Quién es Lucía? —preguntó con la voz quebrada.

No supe qué decirle. Me senté frente a ella y lloré como un chico perdido. Le conté todo: las charlas, los almuerzos, los besos robados y las mentiras acumuladas.

Camila no lloró. Solo me miró con una tristeza tan profunda que sentí que nunca podría repararla.

—¿Por qué? —me preguntó—. ¿En qué momento dejé de ser suficiente para vos?

No tenía respuesta. Porque no era cuestión de ella, ni siquiera de Lucía. Era yo, mi vacío, mi miedo a enfrentar lo que se había roto entre nosotros mucho antes de Lucía.

Los días siguientes fueron un infierno. Camila se fue a casa de su hermana en Lomas de Zamora y yo me quedé solo con mi culpa y el eco de mis decisiones. Mi mamá vino a verme y me dijo:

—Uno puede equivocarse, Julián, pero tiene que hacerse cargo. ¿Qué vas a hacer ahora?

No lo sabía. Lucía me llamó varias veces pero no contesté. No podía seguir huyendo.

Después de una semana sin ver a Camila, fui a buscarla. Llevaba flores y una carta escrita a mano donde le pedía perdón por todo el dolor causado.

—No sé si puedo perdonarte —me dijo apenas abrí la puerta—. No sé si quiero volver a confiar en vos.

Me arrodillé frente a ella y lloré otra vez. Le dije que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para reconstruir lo nuestro, aunque fuera desde cero.

Pasaron meses antes de que Camila aceptara volver a casa. Fuimos juntos a terapia de pareja en un centro comunitario del barrio. Hablamos mucho, lloramos más todavía. Aprendí a escucharla sin interrumpirla, a pedir perdón sin esperar nada a cambio.

Lucía renunció al banco poco después y nunca más supe de ella. A veces pienso en ella con nostalgia y culpa mezcladas, pero sé que tenía que dejarla ir para intentar salvar lo poco que quedaba de mi matrimonio.

Hoy Camila y yo seguimos juntos, pero nada volvió a ser igual. La confianza es como un vaso roto: aunque lo pegues mil veces, siempre quedan marcas.

A veces me pregunto si realmente merezco una segunda oportunidad o si simplemente aprendí a vivir con las consecuencias de mis errores.

¿Ustedes creen que el amor puede sobrevivir después de una traición? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar?