Entre dos mujeres: Mi marido, su madre y yo – Un matrimonio al borde del abismo

—¿Otra vez llegas tarde, Daniel? —pregunté, intentando que mi voz no temblara, aunque el reloj del salón marcaba ya las tres y media. El aroma del cocido que había preparado se mezclaba con el silencio incómodo que llenaba la casa.

Daniel dejó las llaves sobre la mesa y evitó mirarme a los ojos. —He tenido que quedarme más rato en la oficina, ya sabes cómo es mi jefe…

Pero yo ya lo sabía. O al menos eso creía. Hasta que, hace una semana, vi por casualidad un mensaje en su móvil: “Te espero a las dos, hijo. He hecho tu plato favorito. Mamá”.

Desde entonces, todo cambió. La imagen de Daniel sentado en la mesa de su madre, riendo y compartiendo confidencias que conmigo apenas tenía, empezó a perseguirme día y noche. ¿Por qué necesitaba ese refugio? ¿Qué le daba ella que yo no podía?

No era solo una comida. Era una traición silenciosa, un secreto compartido entre ellos del que yo quedaba excluida. En España, la familia lo es todo, pero ¿dónde quedaba yo en esa ecuación?

Mi suegra, Carmen, siempre había sido amable conmigo, aunque con esa amabilidad cortante que esconde juicios detrás de cada sonrisa. “Ay, Lucía, el arroz se te ha quedado un poco pasado”, decía en cada comida familiar. O: “Daniel siempre ha sido muy delicado con el estómago, ¿verdad?”

Al principio me reía, intentando integrarme en esa familia tan unida, tan tradicional. Pero con el tiempo, sus palabras se fueron clavando como agujas invisibles. Y ahora, saber que Daniel prefería comer con ella antes que conmigo…

—¿Has comido algo? —pregunté esa tarde, fingiendo indiferencia.

Él dudó un segundo antes de responder.—No mucho… Un bocadillo rápido.

Mentía. Lo sabía por el mensaje y por el olor a guiso casero que traía en la ropa. Pero no dije nada. No quería ser la esposa celosa y controladora que tanto temía.

Esa noche no pude dormir. Me levanté varias veces, recorrí el pasillo oscuro de nuestro piso en Chamberí y me asomé a la ventana. Madrid seguía viva ahí fuera: coches, voces lejanas, luces de neón. Pero dentro de mí solo había silencio y un nudo en el estómago.

Al día siguiente decidí enfrentarme a Carmen. Llamé a su puerta con las manos sudorosas y el corazón desbocado.

—¡Lucía! Qué sorpresa —dijo ella al abrirme—. ¿Todo bien?

—¿Puedo pasar?

Me hizo pasar al salón, decorado con fotos de Daniel en todas las etapas de su vida: Daniel bebé, Daniel en la comunión, Daniel con su primer coche… Yo apenas aparecía en una esquina de una foto de boda.

—¿Quieres un café? —preguntó Carmen.

—No, gracias. Solo quería hablar contigo… sobre Daniel.

Ella me miró con esa mezcla de ternura y superioridad que tanto me irritaba.—¿Le pasa algo?

—Sé que viene a comer aquí casi todos los días —dije al fin—. Y me gustaría entender por qué.

Carmen suspiró.—Ay, hija… Daniel siempre ha sido muy familiar. Se siente solo últimamente, con tanto trabajo…

—¿Y conmigo no puede hablarlo? —pregunté, sintiendo cómo se me quebraba la voz.

Ella me miró fijamente.—Tú eres su esposa, Lucía. Pero una madre es una madre.

Salí de allí temblando de rabia e impotencia. ¿Era eso? ¿Nunca podría competir con ella? ¿Mi papel estaba condenado a ser secundario?

Esa noche enfrenté a Daniel.

—¿Por qué no me lo has contado? —le pregunté mientras cenábamos en silencio.

Él dejó el tenedor.—No quería preocuparte. Mamá está sola desde que papá murió… Y yo… No sé, a veces echo de menos cómo era todo antes.

—¿Antes de qué? ¿Antes de casarte conmigo?

Daniel bajó la mirada.—No es eso, Lucía. Solo que… contigo todo es diferente. Hay responsabilidades, facturas, discusiones… Con mamá todo es fácil.

Sentí que me rompía por dentro. ¿Era yo el problema? ¿Mi amor era una carga?

Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Daniel seguía escapándose a casa de su madre; yo me refugiaba en mi trabajo como profesora en un instituto público del centro. Mis compañeras notaron mi tristeza.

—¿Te pasa algo, Lucía? —me preguntó Marta una tarde en la sala de profesores.

—Nada importante —mentí.

Pero una tarde no aguanté más y rompí a llorar delante de ella.

—Es Carmen —confesé entre sollozos—. Siento que nunca podré estar a la altura para Daniel…

Marta me abrazó.—En España nos han enseñado a competir con las suegras como si fuera una guerra silenciosa. Pero tú tienes derecho a poner límites.

Esa frase me hizo pensar toda la noche. ¿Y si Marta tenía razón? ¿Y si yo también tenía derecho a exigir mi lugar?

El domingo siguiente organicé una comida familiar en casa e invité a Carmen. Cociné su plato favorito: merluza a la gallega. Quería demostrarle que podía cuidar de Daniel tanto como ella.

Durante la comida reinó una tensión invisible. Carmen probó mi merluza y sonrió apenas.—Está buena… aunque le falta un poco de sal.

Daniel intentó mediar.—Mamá, Lucía ha estado toda la mañana cocinando para nosotros.

Carmen se encogió de hombros.—Solo digo lo que pienso.

Sentí ganas de gritarle que se fuera, pero me contuve. Al final de la comida, recogí los platos mientras ellos hablaban en el salón sobre recuerdos de infancia que yo no compartía.

Esa noche le dije a Daniel:

—No puedo seguir así. O pones límites con tu madre o esto no va a funcionar.

Él se quedó callado mucho rato.—No quiero perderte… pero tampoco quiero hacerle daño a mamá.

—¿Y yo? ¿No te importa hacerme daño a mí?

Por primera vez vi miedo en sus ojos. Miedo real a perderme.

Los días siguientes fueron una batalla silenciosa. Daniel empezó a venir directamente a casa después del trabajo; Carmen llamaba cada noche para preguntar si había cenado bien o si necesitaba algo.

Una tarde recibí un mensaje suyo: “No quiero ser un problema entre vosotros”.

Decidí llamarla y quedar para tomar un café fuera de casa.

—Carmen —le dije—, sé que quieres lo mejor para Daniel. Pero necesito que entiendas que ahora somos una familia él y yo también.

Ella suspiró.—A veces siento que lo estoy perdiendo…

—No lo vas a perder —le aseguré—. Pero tienes que dejarle espacio para crecer como hombre y como marido.

Por primera vez vi lágrimas en sus ojos.—Es difícil ser madre sola…

La abracé sin saber muy bien por qué. Tal vez porque entendí que su miedo era tan grande como el mío.

Poco a poco las cosas empezaron a cambiar. Daniel y yo fuimos a terapia de pareja; aprendimos a comunicarnos sin reproches ni silencios cargados de veneno. Carmen empezó a llamarnos menos y aceptó venir solo los domingos a comer juntos.

A veces todavía siento celos cuando veo cómo se miran madre e hijo; pero también he aprendido a valorar mi propio lugar en su vida.

Hoy miro atrás y me pregunto: ¿Cuántas mujeres españolas han sentido lo mismo? ¿Cuántas han luchado por no perderse entre los papeles impuestos por la familia?

Quizá nunca deje de preguntármelo: ¿Dónde termina el amor filial y empieza el amor de pareja? ¿Y cómo aprendemos a convivir con ambos sin perdernos por el camino?