La Noche de Bodas que Nunca Olvidaré: Un Secreto Bajo la Cama
—¿Te imaginas que hubiera alguien escondido debajo de la cama? —le susurré a Daniel mientras cerraba la puerta de la suite con un chasquido. Mi vestido de novia aún arrastraba el olor a flores y a nervios, y las luces de la Gran Vía madrileña se colaban por la ventana, bailando sobre la alfombra. Daniel sonrió, cansado pero feliz, y se dejó caer sobre la cama con un suspiro.
—No bromees, Lucía, que después de la boda de mi prima Marta, ya me espero cualquier cosa —rió, pero su risa tenía un matiz tenso, como si temiera que la broma se hiciera realidad.
Me arrodillé y, entre risas, levanté la colcha. No había nada, solo el eco de mi propia voz y el latido acelerado de mi corazón. Me incorporé, y Daniel me abrazó por la cintura, besándome el cuello. Por fin, después de meses de estrés, discusiones con mi madre por el menú, peleas con la suegra por la lista de invitados, y noches sin dormir, era nuestro momento. O eso creía.
Apenas habíamos empezado a desvestirnos cuando el móvil de Daniel vibró sobre la mesilla. Él lo ignoró, pero el zumbido insistente rompió el hechizo.
—¿No vas a mirar? —pregunté, intentando sonar despreocupada.
—Seguro que es mi madre, ya sabes cómo es —respondió, pero su voz tembló. Cogió el teléfono y miró la pantalla. Su rostro cambió, se puso pálido, y salió de la habitación con el móvil pegado a la oreja.
Me quedé sentada en la cama, el vestido a medio quitar, el corazón encogido. Escuché su voz baja, casi un susurro, en el pasillo. No entendía las palabras, pero sí el tono: miedo, urgencia, culpa. Cuando volvió, tenía los ojos rojos y evitaba mirarme.
—¿Quién era? —pregunté, la voz más fría de lo que pretendía.
—Nada, una tontería del trabajo —dijo, pero no me convenció. Daniel nunca mentía bien.
Me levanté, fui al baño y me miré al espejo. ¿Por qué sentía que algo se había roto? ¿Por qué esa llamada me había helado la sangre? Cuando salí, Daniel estaba sentado en la cama, con la cabeza entre las manos.
—Lucía, tenemos que hablar —dijo, y supe que la noche de bodas que había soñado no iba a suceder.
Me senté frente a él, el silencio pesando entre nosotros. Daniel respiró hondo, como si se preparara para saltar al vacío.
—Esa llamada era de una mujer. Se llama Carmen. Dice que… que tiene un hijo mío. —Las palabras cayeron como piedras en el agua. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Cómo? —apenas pude articular la palabra.
—Fue antes de conocerte, Lucía, te lo juro. Pero nunca me atreví a contártelo. Pensé que… que no era seguro, que ella solo quería dinero. Pero ahora… ahora dice que el niño está enfermo, que necesita ayuda.
Me levanté de golpe, el vestido se enganchó en la cama y casi caigo. Quise gritar, llorar, golpearle. Pero solo pude mirar por la ventana, viendo cómo la ciudad seguía su curso, ajena a mi tragedia.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté, la voz rota.
—Tenía miedo de perderte. Eres lo mejor que me ha pasado, Lucía. No quería arruinarlo todo.
—¿Y ahora? ¿Crees que no está arruinado? —le grité, y sentí que la rabia me quemaba por dentro.
Daniel intentó acercarse, pero le aparté. Me senté en el suelo, abrazando mis rodillas, mientras él lloraba en silencio. La suite, que debía ser nuestro refugio, se convirtió en una cárcel de reproches y secretos.
Las horas pasaron lentas. Daniel intentó explicarse, pero cada palabra era un puñal. Me habló de Carmen, de cómo se conocieron en una fiesta universitaria en Salamanca, de cómo ella desapareció sin decirle nada, de cómo nunca supo si el niño era suyo. Me contó que había recibido correos, mensajes, pero siempre pensó que era una trampa. Hasta esa noche.
—¿Y si es verdad? ¿Y si tienes un hijo y yo soy la última en enterarme? —le pregunté, la voz temblando.
—No lo sé, Lucía. Solo sé que te amo y que no quiero perderte.
La noche se hizo eterna. Llamé a mi hermana, Marta, que vino corriendo desde su piso en Chamberí. Me abrazó, me dejó llorar en su hombro, y me dijo que tenía que decidir si podía perdonarle. Mi madre llamó veinte veces, pero no tuve fuerzas para contestar. La familia de Daniel también empezó a preguntar, pero él no les dijo nada. Todo quedó entre nosotros, como un secreto sucio bajo la cama.
Al amanecer, salí a la terraza. Madrid despertaba, indiferente a mi dolor. Daniel se acercó, con los ojos hinchados y la voz rota.
—Voy a hacerme la prueba de paternidad. Si es mi hijo, haré lo que tenga que hacer. Pero quiero que sepas que te elijo a ti, Lucía. Siempre.
No supe qué responder. ¿Cómo se recompone un corazón roto en la noche más importante de tu vida? ¿Cómo se sigue adelante cuando el amor se mezcla con la traición?
Pasaron los días. La noticia se filtró en la familia. Mi madre, indignada, me decía que anulara el matrimonio. Mi padre, más pragmático, me aconsejaba esperar. La madre de Daniel lloraba al teléfono, pidiéndome que no le abandonara. Yo solo quería desaparecer.
Daniel cumplió su palabra. Se hizo la prueba, y el resultado llegó dos semanas después: el niño era suyo. Carmen apareció en nuestras vidas como un fantasma, reclamando lo que creía justo. Daniel empezó a visitar al niño en el hospital, a ayudar económicamente. Yo me sentía una extraña en mi propia casa, incapaz de mirar a Daniel sin recordar la llamada, la noche de bodas arruinada, el vestido de novia tirado en el suelo.
Una tarde, mientras paseaba por el Retiro con mi hermana, me derrumbé.
—¿Por qué a mí, Marta? ¿Por qué justo ahora? —pregunté, las lágrimas corriendo por mi cara.
—Porque la vida es así, Lucía. Pero tienes que decidir si puedes vivir con esto o no. Nadie puede hacerlo por ti.
Esa noche, Daniel y yo hablamos durante horas. Lloramos, gritamos, nos abrazamos. Me pidió perdón mil veces. Me dijo que me amaba, que haría lo que fuera por recuperar mi confianza. Yo no sabía si podía perdonarle, pero tampoco quería rendirme sin luchar.
Decidimos ir a terapia de pareja. Fue duro, doloroso, pero poco a poco aprendimos a hablar, a escuchar, a entender el dolor del otro. Daniel se implicó en la vida de su hijo, pero también en la nuestra. Yo aprendí a convivir con el pasado, aunque a veces el miedo y la rabia volvían como un eco lejano.
Hoy, dos años después, sigo preguntándome si hice lo correcto. Nuestro matrimonio no es perfecto, pero es real. He aprendido que el amor no es un cuento de hadas, que la vida puede cambiar en un segundo, y que a veces, lo más valiente es quedarse y luchar.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede perdonar una traición así, o hay heridas que nunca sanan? ¿Es posible empezar de nuevo cuando el pasado llama a tu puerta en la noche más importante de tu vida?