Lágrimas en la almohada: Vuelve, te lo perdono todo
—¿Por qué me haces esto, Sergio? ¿Por qué no tienes el valor de decidir?—. Su voz, rota y firme a la vez, aún resuena en mi cabeza como un eco imposible de acallar. Aquella noche, en la pequeña cocina de su piso en Vallecas, el aire olía a café frío y a lágrimas contenidas. Yo estaba sentado, con las manos temblorosas, mirando el suelo como si allí pudiera encontrar la respuesta que nunca supe dar.
No sé en qué momento mi vida se convirtió en este laberinto de mentiras y medias verdades. Cuando conocí a Lucía, yo ya tenía una familia: casado con Carmen, padre de un niño de cuatro años, y con una rutina que me asfixiaba. Lucía era todo lo contrario: luz, risa, ganas de vivir. Me enamoré de ella como un adolescente, perdiendo la cabeza, olvidando el mundo. Pero el mundo no se olvida de ti tan fácilmente.
—Si me quieres, vete de casa. No puedo seguir siendo tu secreto—, me repetía Lucía, con esa mezcla de dulzura y rabia que solo ella tenía. Yo la miraba, incapaz de prometerle lo que pedía. ¿Cómo iba a dejar a mi hijo? ¿Cómo iba a soportar la mirada de mis padres, de mis suegros, de todos los que me conocían en el barrio de Chamberí? En España, la familia lo es todo, y el qué dirán pesa más que el propio corazón.
Durante meses viví en dos mundos. Por las mañanas, desayunaba con Carmen y llevaba a mi hijo al colegio. Por las tardes, inventaba reuniones de trabajo para escaparme con Lucía. Le alquilé un piso, la llevé a la Costa Brava, le regalé pendientes de oro en su cumpleaños. Pero nunca le di lo que de verdad quería: mi vida entera.
Carmen, por su parte, intuía algo. La distancia entre nosotros era un abismo. Apenas hablábamos, y cuando lo hacíamos, era para discutir sobre facturas, sobre el niño, sobre la compra. Un día, mientras preparaba la cena, me soltó sin mirarme:
—Estoy embarazada otra vez.
Me quedé helado. No sentí alegría, ni miedo, ni nada. Solo una especie de resignación. No le dije nada a Lucía. ¿Cómo iba a hacerlo? Ella ya sospechaba que algo no iba bien. Se lo notaba en la mirada, en la forma en que me abrazaba, como si quisiera retenerme para siempre.
La verdad salió a la luz de la peor manera. Una amiga común le contó a Lucía que Carmen esperaba otro hijo. Aquella noche, Lucía me echó de su casa. No hubo gritos, solo lágrimas y una puerta cerrándose tras de mí. Me quedé en la escalera, escuchando sus sollozos, sintiendo que el mundo se me caía encima.
Durante semanas la busqué. Llamé a sus amigas, fui a su trabajo, le escribí cartas que nunca respondió. Cuando por fin la encontré, ya era tarde. Vivía con otro hombre, un profesor de instituto, y me miró con una serenidad que me dolió más que cualquier reproche.
—¿Cuánto tiempo más iba a esperarte, Sergio? ¿Hasta que tu hijo fuera a la universidad? Yo también quiero una familia, un hijo, una vida de verdad. Tú ya tienes todo eso. Déjame tenerlo yo también.
No supe qué decir. Me fui de allí como un perro apaleado, con el corazón hecho trizas. En casa, Carmen apenas me dirigía la palabra. Mi hijo me miraba con esos ojos grandes, inocentes, y yo sentía que le estaba fallando a todos. A veces, por las noches, me encerraba en el baño y lloraba en silencio, mordiendo la toalla para no hacer ruido.
Intenté seguir adelante. En la gasolinera donde lavaba el coche conocí a Marta, una chica joven, risueña, con ganas de pasarlo bien. Me lancé a la aventura, la invité a pasar un fin de semana en Benidorm. Ella aceptó sin dudar, y pensé que quizá podría empezar de nuevo. Pero en la playa, tumbado junto a ella, solo sentía un vacío inmenso. Miraba el mar y pensaba en Lucía, en su risa, en la forma en que me miraba cuando creía que yo era capaz de todo.
Carmen dio a luz a una niña preciosa. La casa se llenó de pañales, de llantos, de visitas de abuelos y tías. Yo hacía lo que podía, pero por dentro estaba muerto. Mi madre me miraba con preocupación, como si supiera que algo no iba bien. Una tarde, mientras tomábamos café en la terraza, me dijo:
—Hijo, la vida es muy larga para vivirla con miedo. Haz lo que tengas que hacer, pero no arrastres a los demás en tu infelicidad.
No supe qué responder. ¿Cómo se elige entre el deber y el deseo? ¿Cómo se vive con la culpa de haber destrozado la vida de dos mujeres, de dos familias?
Los meses pasaron. Marta desapareció tan rápido como llegó. Carmen y yo seguimos juntos, pero éramos dos extraños compartiendo piso. Mi hijo creció, mi hija empezó a balbucear sus primeras palabras, y yo seguía atrapado en el mismo círculo vicioso. Por las noches, me tumbaba en la cama y lloraba en silencio, ahogando las lágrimas en la almohada para que nadie me oyera.
A veces, me cruzo con Lucía por la calle. Va de la mano de su pareja, sonríe, parece feliz. Yo bajo la mirada, incapaz de sostenerle la mirada. Me pregunto si alguna vez me perdonará, si alguna vez podré perdonarme yo mismo.
¿Vale la pena sacrificar la felicidad por miedo al qué dirán? ¿Cuántas vidas se quedan a medias por no atreverse a elegir? Si pudiera volver atrás, ¿tendría el valor de hacerlo todo diferente? ¿Y vosotros, qué haríais en mi lugar?