Cuando el puente se rompe: Mi historia con la familia de mi esposo

—¿Otra vez vas a dejar la cena a medias por ir a ver a tu suegra? —me preguntó mi hermana Lucía por teléfono, mientras yo buscaba a toda prisa mis llaves y el estetoscopio.

—No tengo opción, Lucía. Dice que le duele el pecho y que no confía en el hospital del barrio —le respondí, tratando de sonar comprensiva, aunque por dentro hervía de cansancio.

Así era mi vida desde que me casé con Mauricio. Su familia, los Ramírez, nunca me aceptaron del todo. Yo era la «enfermera del pueblo», la hija de una costurera y un chofer de colectivo en Córdoba, Argentina. Ellos, en cambio, eran dueños de una ferretería grande y se creían los reyes del barrio San Vicente. Desde el primer asado familiar, sentí las miradas frías de su madre, Doña Teresa, y los comentarios venenosos de su hermana menor, Valeria.

—¿Y vos cuándo vas a dejar de trabajar tantas horas? —me preguntó Valeria una vez—. Mauricio se merece una esposa que esté más en casa.

Me mordí la lengua. No sabían lo que era luchar por cada peso, ni lo que costaba estudiar enfermería trabajando de noche en una panadería. Pero yo seguía intentando agradarles: les llevaba empanadas caseras, ayudaba con los nietos, y cuando alguno se enfermaba, ahí estaba yo, lista para medir la presión o poner una inyección.

Todo cambió el año pasado. Mi mamá enfermó gravemente y tuve que pedir ayuda. Mauricio trabajaba doble turno y yo no podía con todo: hospital, casa, mamá y mi hijo Tomás, que apenas tenía seis años. Llamé a Teresa para pedirle si podía cuidar a Tomás unas horas.

—Ay, hija, justo tengo que ir al banco y después viene la señora que me limpia —me contestó con voz seca—. ¿Por qué no le pedís a tu hermana?

Sentí un nudo en la garganta. No era la primera vez que me rechazaban, pero esa vez dolió más. Llamé a Valeria. Me cortó rápido: «Estoy ocupada con los chicos». Nadie preguntó cómo estaba mi mamá ni si yo necesitaba algo.

Las semanas siguientes fueron un infierno. Mi mamá falleció y ni una sola persona de la familia Ramírez fue al velorio. Ni siquiera Mauricio entendía mi dolor: «Mi familia no es muy de ir a esas cosas», me dijo encogiéndose de hombros.

El día del entierro, Lucía me abrazó fuerte:

—Vos siempre estás para todos y mirá cómo te pagan. No te merecen.

Me prometí no volver a pedirles nada. Pero la vida es irónica: a los pocos meses, Doña Teresa se cayó y se fracturó la cadera. Mauricio me rogó que fuera a verla porque «nadie confía en los médicos del hospital».

Fui porque soy profesional y porque no sé ser indiferente al dolor ajeno. Pero esa noche, mientras le cambiaba el vendaje a Teresa y ella ni siquiera me miraba a los ojos, sentí una rabia profunda.

—¿Por qué siempre soy yo la que da? —me pregunté en silencio—. ¿Por qué tengo que ser el salvavidas de una familia que me ignora?

Las semanas pasaron y las demandas aumentaron: Valeria me llamaba para consultar por la fiebre de su hijo; el cuñado necesitaba recetas; hasta el abuelo me pedía que le leyera los análisis porque «los médicos hablan difícil».

Un domingo, mientras preparaba milanesas para Tomás y Mauricio veía fútbol con su papá, exploté:

—¡Estoy cansada! —grité desde la cocina—. ¡No soy la enfermera de toda tu familia! Cuando yo necesité ayuda nadie estuvo para mí.

Mauricio se quedó mudo. Su papá bajó el volumen del televisor y todos me miraron como si hubiera dicho una barbaridad.

—No es para tanto, Florencia —dijo Mauricio—. Sabés que ellos te quieren…

—¿Me quieren? —lo interrumpí—. ¿Dónde estaban cuando murió mi mamá? ¿Dónde estaban cuando necesitaba que cuidaran a Tomás? Yo ya no puedo más.

Me encerré en el baño y lloré como hacía tiempo no lloraba. Sentí culpa por gritar pero también alivio por decir lo que llevaba años callando.

Esa noche dormí en el cuarto de Tomás. Al día siguiente, Mauricio intentó hablar conmigo:

—Mi mamá está grande, Florencia… No tiene a nadie más.

—Yo tampoco tuve a nadie cuando más lo necesité —le respondí sin mirarlo—. Y sin embargo salí adelante sola.

Desde ese día cambié mi actitud. Cuando Valeria llamó para preguntar por una receta le dije amablemente:

—Consultá con tu pediatra, Valeria. Yo ahora estoy ocupada con mi hijo.

Cuando Teresa necesitó que le cambiara el vendaje otra vez, le recomendé una enfermera del hospital.

Al principio hubo caras largas y comentarios pasivo-agresivos en los almuerzos familiares:

—Antes Florencia era más servicial —decía Teresa mirando su plato.

Pero yo ya no sentía culpa. Empecé a dedicarme más a Tomás y a mí misma. Volví a salir con Lucía los sábados al parque y retomé mis clases de pintura.

Mauricio tardó en entenderlo pero finalmente aceptó mi decisión:

—Te admiro por poner límites —me dijo una noche—. Perdón por no haber estado antes.

No sé si algún día la familia Ramírez me aceptará como soy o si solo me verán como «la enfermera útil». Pero aprendí algo valioso: nadie puede ser salvavidas de quien solo te busca cuando se está ahogando.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres en Latinoamérica viven esto mismo? ¿Cuántas veces damos todo hasta vaciarnos? ¿Cuándo aprendemos a decir basta?