“No soy tu sirvienta”: Cómo me perdí y me reencontré después de veinte años de matrimonio

—¿Y tú qué hiciste hoy aparte de estar aquí metida? —La voz de Ernesto retumbó en la cocina, mezclándose con el golpeteo de la lluvia contra las láminas del techo. Me quedé quieta, con las manos mojadas de lavar los platos, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta pero se quedaba atorada ahí, como siempre.

No era la primera vez que me lo decía. Ni la segunda. Ni la décima. Pero esa noche, mientras veía su silueta desparramada en el sillón, con la televisión encendida y los niños peleando en el cuarto de al lado, sentí que algo dentro de mí se rompía. Me llamo Mariana Torres y tengo cuarenta y cinco años. Vivo en Iztapalapa, al oriente de la Ciudad de México, y llevo veinte años casada con Ernesto. Veinte años siendo madre, esposa, ama de casa… y poco a poco, invisible.

Recuerdo cuando nos conocimos. Yo tenía veintitrés y él veintisiete; trabajábamos en la misma tienda de abarrotes. Él era simpático, siempre tenía una broma lista y me hacía sentir especial. Nos casamos rápido, casi sin pensarlo, porque así era en mi familia: primero el matrimonio, luego los hijos. Y así llegaron Sofía y Emiliano, uno tras otro, y mi vida se llenó de pañales, biberones y noches sin dormir.

Al principio no me importaba. Sentía que estaba cumpliendo mi destino. Pero los años pasaron y mi mundo se fue achicando: primero dejé el trabajo porque “alguien tenía que cuidar a los niños”, luego dejé de ver a mis amigas porque “no era correcto que una mujer casada anduviera en la calle”, después dejé de comprarme ropa bonita porque “para qué, si nadie te ve más que yo”.

—Mariana, ¿ya está lista la cena? —gritó Ernesto desde el comedor.

—Ya voy —respondí bajito, casi sin voz.

Esa noche, después de acostar a los niños y recoger los juguetes del piso, me miré en el espejo del baño. Tenía ojeras profundas y el cabello recogido en un chongo desordenado. ¿Dónde estaba la Mariana que soñaba con ser enfermera? ¿La que bailaba cumbia hasta el amanecer? ¿La que reía fuerte y sin miedo?

Me senté en la taza del baño y lloré en silencio. No quería despertar a nadie. Sentí una mezcla de enojo y tristeza tan grande que me dolía el pecho. Recordé a mi mamá diciéndome: “Así es la vida de las mujeres, hija. Hay que aguantarse”. Pero yo ya no quería aguantar más.

Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno, Sofía entró corriendo a la cocina.

—Mamá, ¿me ayudas con la tarea?

La miré y sentí una punzada en el corazón. No quería que mi hija creciera pensando que su único valor era servir a los demás. Quería que supiera que podía ser lo que quisiera.

Esa tarde, cuando Ernesto llegó del trabajo y se sentó a ver el fútbol como siempre, me armé de valor.

—Ernesto, quiero hablar contigo —le dije, temblando.

Él ni siquiera bajó el volumen del televisor.

—¿Ahora qué pasó?

—Estoy cansada —dije—. Cansada de hacer todo sola. Cansada de sentirme invisible. No soy tu sirvienta.

Se rió. Se rió como si hubiera contado un chiste malo.

—Ay Mariana, ya vas a empezar con tus cosas…

Pero yo no me detuve.

—Quiero volver a trabajar —dije—. Quiero estudiar enfermería como siempre quise.

Él se levantó bruscamente.

—¿Y quién va a cuidar a los niños? ¿Quién va a hacer la comida? ¿Quién va a lavar la ropa?

—Podemos organizarnos —le respondí—. Los dos trabajamos antes. Los dos podemos ayudar en la casa.

Esa noche dormimos dándonos la espalda. Sentí miedo, pero también una chispa de esperanza encendiéndose dentro de mí.

Los días siguientes fueron una batalla constante. Ernesto se volvió más frío; apenas me dirigía la palabra. Mi suegra vino a visitarnos y me dijo al oído: “No vayas a descomponer tu matrimonio por andar de rebelde”. Mis hermanas me llamaron exagerada. Pero yo ya no podía volver atrás.

Busqué trabajo como auxiliar en una clínica pequeña cerca del mercado. El primer día llegué temblando; hacía años que no llenaba un formulario ni hablaba con extraños sin sentirme torpe. Pero cuando ayudé a una señora mayor a tomarse la presión y ella me sonrió agradecida, sentí algo parecido al orgullo por primera vez en mucho tiempo.

En casa las cosas no mejoraron rápido. Ernesto empezó a llegar más tarde; los niños se quejaban porque ya no estaba todo el tiempo para ellos. Hubo gritos, portazos y muchas lágrimas escondidas bajo la almohada. Pero también hubo pequeños triunfos: Sofía empezó a ayudarme con los platos; Emiliano aprendió a tender su cama solo; yo empecé a comprarme ropa bonita otra vez.

Un día, mientras caminaba por el mercado después del trabajo, vi un puesto de flores y compré un ramo para mí misma. Cuando llegué a casa con las flores en la mano, Ernesto me miró como si estuviera loca.

—¿Y eso?

—Me las regalé —le dije— porque lo merezco.

No sé si fue ese día o algún otro, pero poco a poco empecé a recuperar mi voz. Empecé a decir lo que pensaba sin miedo a que se burlaran o se enojaran conmigo. Empecé a salir con mis amigas otra vez; fuimos al cine, tomamos café, nos reímos hasta llorar.

No voy a mentir: hubo días en los que quise rendirme. Días en los que Ernesto me gritó cosas horribles o me hizo sentir culpable por querer algo para mí misma. Días en los que sentí que estaba fallando como madre o como esposa. Pero también hubo días luminosos: cuando Sofía me dijo “mamá, quiero ser como tú”, o cuando Emiliano me abrazó fuerte después de un partido de fútbol.

Un año después de aquella noche lluviosa, mi vida es otra. Sigo casada con Ernesto, pero ahora las reglas son diferentes: él aprendió (a regañadientes) a cocinar arroz y lavar su ropa; los niños entienden que mamá también tiene sueños propios; yo estudio enfermería por las noches y trabajo por las mañanas.

A veces me miro al espejo y todavía veo las cicatrices del pasado: las ojeras no se han ido del todo y las manos siguen ásperas por tanto limpiar. Pero detrás de esos ojos cansados hay una mujer nueva: una mujer que aprendió a decir “no”, que se atrevió a pedir ayuda y que entendió que su valor no depende de lo que haga por los demás.

Me pregunto cuántas mujeres viven así, apagadas poco a poco por el peso de las expectativas ajenas. ¿Cuántas Marianas hay allá afuera esperando el permiso para volver a soñar? ¿Y tú? ¿Te has sentido invisible alguna vez? ¿Qué harías para reencontrarte contigo misma?