“¡No te subas a mi carro embarazada!” – Una historia de supersticiones, conflictos familiares y soledad en la Ciudad de México
—¡Bájate, Mariana! ¡Te dije que no te subas al carro!— me gritó Daniel, con los ojos desorbitados y la voz temblorosa, mientras yo apenas podía creer lo que estaba pasando. El sol caía a plomo sobre el estacionamiento del edificio en Iztacalco, y yo, con siete meses de embarazo, sentía que el mundo se me venía encima.
—¿Pero por qué? ¿Qué te pasa?— le pregunté, tratando de entender.
—Mi mamá dice que es de mala suerte llevar a una embarazada en un carro nuevo. Que se puede salar, Mariana. No quiero arriesgarme.
Me quedé helada. ¿De verdad estaba escuchando eso? ¿En pleno 2023? Miré a Daniel, el hombre con el que había decidido formar una familia, y sentí cómo algo dentro de mí se rompía. No era solo el absurdo del momento; era la certeza de que, para él, las palabras de su madre valían más que mi dignidad.
Me bajé del carro sin decir nada más. Sentí las miradas de los vecinos, los murmullos detrás de las cortinas. En la Ciudad de México todos se enteran de todo, y yo sabía que al día siguiente mi historia sería tema de conversación en el grupo de WhatsApp del edificio.
Esa noche dormí en el sillón. Daniel ni siquiera intentó hablar conmigo. Se encerró en el cuarto y yo escuché cómo llamaba a su mamá para contarle lo sucedido. Me sentí invisible, como si mi opinión no importara. Como si yo fuera solo un estorbo en su vida perfecta.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi suegra empezó a visitarnos más seguido, trayendo remedios y amuletos para “proteger al bebé”. Me miraba con desconfianza, como si yo fuera la culpable de todos los males. “Las embarazadas traen energías raras”, me dijo una vez mientras me ofrecía un vaso de agua con ruda.
Mi mamá, por su parte, me llamaba todos los días para preguntarme si ya había hablado con Daniel. “No puedes dejar que te trate así”, me decía. Pero yo no tenía fuerzas para pelear. Me sentía sola, atrapada entre dos familias que solo sabían juzgarme.
Una tarde, mientras lavaba los trastes, escuché a Daniel hablando por teléfono en el balcón.
—No sé qué hacer, ma. Mariana está insoportable… sí, ya sé que las embarazadas son así… pero no aguanto más…
Sentí un nudo en la garganta. ¿De verdad pensaba eso de mí? ¿Que yo era la problemática? Me miré al espejo de la cocina y vi a una mujer cansada, con ojeras y la panza enorme. ¿En qué momento había perdido el control de mi vida?
Empecé a salir menos. Me daba vergüenza toparme con los vecinos o con las amigas del edificio. Sentía que todos sabían lo que había pasado y me miraban con lástima o burla. Incluso dejé de ir al mercado; mandaba a Daniel o pedía por aplicación.
Una noche, después de una discusión más —esta vez porque le pedí que me acompañara al doctor y él prefirió ir a ver el partido con sus amigos— exploté.
—¿Por qué te importa más lo que diga tu mamá o tus amigos que yo? ¡Soy tu esposa! ¡Voy a tener a tu hijo!— le grité entre lágrimas.
Daniel me miró como si yo fuera una extraña.
—No exageres, Mariana. Siempre haces un drama por todo. Ya te dije que no es para tanto.
Me encerré en el baño y lloré hasta quedarme dormida en el piso frío. Pensé en mi papá, que murió cuando yo tenía quince años. Él siempre decía: “Nadie tiene derecho a hacerte sentir menos”. Pero ahí estaba yo, sintiéndome menos que nada.
El embarazo avanzaba y cada día me sentía más sola. Mi hermana Lucía intentaba animarme por WhatsApp desde Guadalajara: “No estás sola, mana. Si necesitas venirte unos días, aquí tienes tu casa”. Pero yo no quería huir; quería que Daniel reaccionara, que me viera.
Un día, mientras veía la tele para distraerme del dolor de espalda, recibí un mensaje inesperado de mi vecina Rosa:
“Hola Mariana. Vi lo que pasó el otro día… Si necesitas hablar o salir a caminar un rato, aquí estoy”.
No respondí enseguida, pero sus palabras me hicieron sentir menos invisible. Al día siguiente acepté su invitación y salimos a caminar por el parque cercano. Rosa me contó su historia: también había pasado por un embarazo difícil y una suegra metiche.
—A veces uno se siente sola aunque esté rodeada de gente —me dijo—. Pero no tienes por qué aguantar todo sola.
Sus palabras me dieron fuerza para enfrentar lo que venía. Empecé a salir más seguido con ella y otras vecinas; poco a poco recuperé algo de mi confianza. Pero en casa todo seguía igual o peor.
Un sábado por la mañana, mientras preparaba café, escuché a Daniel hablando otra vez con su mamá:
—No sé si quiero seguir con esto… Mariana está cada vez más rara…
Sentí un escalofrío. ¿De verdad estaba pensando en dejarme? ¿Ahora que estaba a punto de dar a luz?
Esa noche lo enfrenté:
—Si no quieres estar conmigo, dímelo de una vez. No voy a rogarle a nadie que se quede a mi lado.
Daniel no respondió. Se fue a dormir sin decir palabra.
Las semanas pasaron y llegó el día del parto. Daniel fue conmigo al hospital pero estuvo distante todo el tiempo. Cuando nació nuestra hija —a quien llamé Valentina— sentí una mezcla de alegría y tristeza: alegría por tenerla en mis brazos; tristeza porque sabía que algo se había roto para siempre entre Daniel y yo.
Al volver a casa, la situación empeoró. Mi suegra se instaló en nuestro departamento “para ayudarme”, pero solo criticaba todo lo que hacía: cómo alimentaba a Valentina, cómo la vestía, hasta cómo la cargaba.
Una tarde exploté:
—¡Ya basta! Esta es mi hija y voy a criarla como yo quiera. Si no les gusta, pueden irse los dos.
Daniel me miró sorprendido; su mamá se ofendió y se fue dando portazos. Esa noche dormí tranquila por primera vez en meses.
Poco después Daniel decidió irse “a pensar las cosas”. Me quedé sola con Valentina pero sentí un alivio inmenso. Por primera vez en mucho tiempo sentí que podía respirar.
Hoy escribo esto mientras Valentina duerme en mis brazos. A veces me siento sola todavía, pero ya no tengo miedo. Aprendí que nadie tiene derecho a hacerme sentir menos; ni siquiera la familia que uno elige o la familia política.
¿Hasta cuándo vamos a dejar que los prejuicios y supersticiones decidan por nosotras? ¿Cuántas mujeres más tendrán que pasar por esto antes de decir basta?