Nuestra hija ya no es la misma: ¿La hemos perdido para siempre?
—¡Camila, por favor, dime qué te pasa!— grité desde la puerta de su cuarto, mientras ella recogía apresurada unas pocas cosas en una mochila. Su mirada, antes dulce y llena de confianza, ahora era dura, casi desconocida.
—No quiero hablar, mamá. Ya tomé una decisión— respondió sin mirarme, la voz quebrada pero firme. Sentí que el corazón se me partía en mil pedazos. ¿En qué momento mi hija se volvió una extraña?
Recuerdo cuando Camila era pequeña y corría por el patio de nuestra casa en Medellín, con las rodillas raspadas y el cabello revuelto. Siempre me decía que nunca se iría lejos de mí. Pero todo cambió cuando conoció a Julián en la universidad. Al principio, me alegré; parecía un buen muchacho, trabajador, de familia humilde como la nuestra. Pero poco a poco, Camila empezó a cambiar.
Ya no compartía conmigo sus sueños ni sus miedos. Las cenas familiares se volvieron silenciosas, y cada vez que le preguntaba cómo estaba, me respondía con monosílabos o simplemente se encerraba en su cuarto. Mi esposo, Ricardo, intentaba tranquilizarme:
—Déjala, mujer. Está creciendo, tiene derecho a su vida.
Pero yo sentía que algo no estaba bien. La veía más delgada, con ojeras profundas y una tristeza que no podía ocultar ni con maquillaje. Una noche, después de escucharla llorar en su habitación, decidí enfrentarla.
—Camila, hija, ¿te pasa algo con Julián? ¿Te trata bien?
Ella me miró con rabia y dolor:
—¡No te metas en mi vida!— gritó antes de salir corriendo de la casa.
Esa fue la última vez que la vi antes de su boda. No hubo despedidas ni abrazos. Solo un portazo y el eco de mi llanto en la sala vacía.
El día del matrimonio fue un desfile de sonrisas falsas y palabras vacías. Camila apenas me dirigió la palabra. Julián parecía amable frente a todos, pero yo notaba cómo le apretaba el brazo cuando nadie miraba, cómo le susurraba cosas al oído que la hacían bajar la cabeza.
Después de la boda, Camila dejó de visitarnos. Los mensajes se hicieron cada vez más escasos y fríos. Cuando llamaba a su celular, era Julián quien contestaba:
—Camila está ocupada. Te llamará después.
Pero ese después nunca llegaba.
Una tarde lluviosa de septiembre, recibí una llamada inesperada. Era mi hermana Lucía, que vive cerca del barrio donde Camila y Julián alquilaron un pequeño apartamento.
—Hermana, vi a Camila en el mercado. Se veía mal… muy mal. Tenía un moretón en el brazo y parecía asustada.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo. Corrí donde Ricardo con el corazón en la mano:
—Tenemos que hacer algo. Nuestra hija está sufriendo.
Él suspiró resignado:
—No podemos obligarla a volver si ella no quiere.
Pero yo no podía quedarme de brazos cruzados. Fui hasta su apartamento al día siguiente. Toqué la puerta varias veces hasta que Julián abrió con una sonrisa forzada.
—¿Qué hace aquí, suegra? Camila está ocupada.
Empujé la puerta antes de que pudiera cerrarla y entré. Camila estaba sentada en el sofá, los ojos hinchados de tanto llorar.
—Mamá…— susurró apenas me vio.
Me arrodillé frente a ella y tomé sus manos temblorosas.
—Hija, dime la verdad. ¿Te está haciendo daño?
Julián se acercó amenazante:
—No invente cosas. Aquí todo está bien.
Pero Camila rompió en llanto y se abrazó a mí como cuando era niña.
—Mamá… tengo miedo. No sé cómo salir de esto.
Mi corazón se llenó de rabia e impotencia. Llamé a Ricardo y juntos convencimos a Camila de volver a casa esa noche. Julián gritó e insultó, pero no pudo detenernos.
Los días siguientes fueron un infierno para todos. Camila apenas hablaba; pasaba horas mirando por la ventana o llorando en silencio. Ricardo intentaba distraerla con historias del pasado; yo cocinaba sus platos favoritos aunque casi no probara bocado.
Una tarde, mientras lavábamos los platos juntas por primera vez en meses, Camila me confesó entre lágrimas:
—Mamá… siento que les fallé. Pensé que el amor lo podía todo, pero me equivoqué.
La abracé fuerte y le susurré:
—Nunca nos fallaste, hija. Todos cometemos errores… lo importante es saber pedir ayuda y empezar de nuevo.
Con el tiempo, Camila fue recuperando poco a poco su alegría. Empezó terapia psicológica y encontró trabajo en una pequeña librería del barrio. A veces aún tiene pesadillas o días tristes, pero ya no está sola.
Hoy escribo estas palabras mientras la veo reír con su papá en el jardín. Aún tengo miedo de perderla otra vez, pero aprendí que el amor de madre es más fuerte que cualquier tormenta.
¿Hasta dónde debe llegar una madre para proteger a su hija? ¿Cuántas familias callan por miedo o vergüenza? Ojalá mi historia sirva para abrir los ojos a quienes aún creen que el silencio es la mejor opción.