Bajo la Lluvia de Lima: El Día que Encontré un Hijo

—¡No te acerques! —gritó el niño, encogido bajo el toldo de una bodega cerrada, mientras la lluvia golpeaba Lima como si quisiera borrar sus pecados.

Me detuve, empapado, con el corazón latiendo tan fuerte que sentí que podía oírse sobre el estruendo del agua. Mi chofer, don Víctor, me miró desde el Mercedes con una mezcla de preocupación y desaprobación.

—Señor Rodrigo, ¿está seguro? Aquí no es seguro a estas horas —susurró, pero yo ya había dejado atrás el auto y mi vida cómoda.

No sé qué me impulsó a acercarme. Tal vez fue la soledad que me carcomía desde que perdí a mi esposa, o tal vez la mirada del niño, tan llena de miedo y desafío, me recordó a mí mismo cuando era joven y pobre en los cerros de San Juan de Lurigancho.

—Tranquilo, no te haré daño —dije, agachándome para estar a su altura. El niño temblaba, cubierto con una casaca raída y los pies descalzos sobre el asfalto frío.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Mateo —respondió con voz ronca, sin mirarme a los ojos.

La lluvia seguía cayendo, y sentí una punzada en el pecho. ¿Cuántos niños como él pasaban desapercibidos cada noche en esta ciudad que yo creía conocer?

—¿Dónde está tu familia?

Mateo bajó la cabeza. —No tengo.

Me quedé en silencio. Recordé las palabras de mi madre antes de morir: “El dinero no compra compañía, hijo. No olvides de dónde vienes”.

—Ven conmigo. No puedo dejarte aquí —le dije finalmente.

Mateo dudó, pero el frío era más fuerte que su orgullo. Caminamos juntos hacia el auto. Don Víctor frunció el ceño pero no dijo nada; sabía que cuando tomaba una decisión, nada me detenía.

Esa noche lo llevé a mi departamento en Miraflores. Mi hermana Lucía me llamó apenas se enteró.

—¿Estás loco? ¿Un niño de la calle en tu casa? ¿Y si te roba? ¿Y si es peligroso? —su voz era un látigo al otro lado del teléfono.

—Lucía, solo es un niño —respondí, pero sentí la duda morderme por dentro.

Mateo comió como si no hubiera probado bocado en días. Cuando le ofrecí una cama limpia y ropa seca, me miró con desconfianza.

—¿Por qué haces esto? Nadie ayuda gratis —me dijo esa primera noche.

No supe qué responderle. Quizá porque yo también necesitaba ser salvado de mi propia soledad.

Los días pasaron y Mateo empezó a confiar en mí. Lo inscribí en una escuela pública cercana. Al principio los vecinos murmuraban; decían que era peligroso traer “gente de la calle” al edificio. Mi círculo social me miraba con recelo en las reuniones: “Rodrigo se volvió loco desde que murió Mariana”, susurraban.

Pero Mateo tenía una sonrisa que podía iluminar hasta el cielo gris limeño. Empezó a contarme historias de su vida: cómo su madre murió cuando él tenía cinco años, cómo su padre desapareció entre las sombras del centro de Lima, cómo aprendió a sobrevivir vendiendo caramelos en los micros y durmiendo donde podía.

Una tarde, mientras caminábamos por el malecón, Mateo me preguntó:

—¿Por qué tienes tanto dinero?

Me reí. —Trabajo mucho. Pero a veces siento que no sirve para nada si no tengo con quién compartirlo.

Él asintió en silencio. Yo sabía que la herida de la pérdida nunca sanaría del todo, ni para él ni para mí.

El verdadero conflicto llegó cuando decidí iniciar los trámites para adoptarlo legalmente. Lucía se opuso con todas sus fuerzas.

—¡Vas a arruinar tu reputación! ¿Qué dirán los socios? ¿Y si ese niño tiene problemas? —me gritó durante una cena familiar.

Mi padre, don Ernesto, guardó silencio durante un largo rato antes de hablar:

—Rodrigo, recuerda que nosotros también fuimos pobres alguna vez. Si ese niño te necesita y tú puedes ayudarlo… hazlo. Pero prepárate para las consecuencias.

Las palabras de mi padre me dieron fuerzas. Pero el proceso fue largo y humillante: entrevistas con asistentes sociales que dudaban de mis intenciones, exámenes psicológicos para demostrar que estaba “apto” para ser padre otra vez. Mateo también fue interrogado; lo vi salir llorando de una oficina del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables.

—¿Por qué quieren saber si te quiero? —me preguntó esa noche, abrazado a mí como si temiera que lo arrancaran de mi lado.

—Porque aquí todo es difícil para los que no tienen nada —le respondí con rabia contenida.

Mientras tanto, los rumores crecían: algunos decían que lo hacía por culpa, otros por locura. Mis amigos dejaron de invitarme a sus casas; Lucía apenas me hablaba. Solo don Víctor seguía fiel a mi lado.

Un día Mateo desapareció. Salí desesperado a buscarlo por toda la ciudad: parques, mercados, estaciones de bus. Finalmente lo encontré en el mismo lugar donde lo conocí, bajo la lluvia fina de Lima.

—Pensé que era mejor irme antes de que te arrepientas —me dijo con lágrimas mezcladas con agua y barro.

Lo abracé fuerte. —Nunca voy a dejarte solo otra vez. Eres mi hijo ahora, Mateo. No importa lo que diga nadie.

Volvimos juntos a casa. El proceso legal terminó meses después: Mateo llevaba ahora mi apellido. La familia nunca volvió a ser igual; Lucía se distanció aún más, pero mi padre me abrazó como nunca antes.

Hoy, mientras veo a Mateo hacer su tarea en la mesa del comedor, pienso en todo lo que perdí y todo lo que gané esa noche lluviosa en Lima. A veces me pregunto si el amor realmente puede cambiarlo todo o si solo estamos intentando llenar vacíos imposibles de cerrar.

¿Ustedes qué piensan? ¿Vale la pena desafiarlo todo por darle una oportunidad a alguien más? ¿O solo estamos buscando salvarnos a nosotros mismos?