Mi compañero decía que no llevaba efectivo para comer, pero cada semana encontraba una excusa distinta para no devolverme nada

Mi compañero decía que no llevaba efectivo para comer, pero cada semana encontraba una excusa distinta para no devolverme nada

Durante meses, él creyó que estaba haciendo un favor pequeño a un compañero que parecía estar pasando un mal momento. Un menú del día, un café, unos euros para salir del paso… nada que, en teoría, pudiera romper una amistad.

Pero las excusas empezaron a repetirse, las devoluciones nunca llegaban y cada gesto de confianza se convirtió en una situación incómoda delante de los demás. Cuando por fin decidió decir basta, descubrió que poner un límite en el trabajo podía tener un precio mucho más alto de lo que esperaba.

Su historia deja una sensación difícil: la de no saber cuándo ayudar deja de ser ayudar y empieza a ser permitir que alguien se aproveche. Sigue leyendo lo que ocurrió más abajo 👇👇