Mi compañero decía que no llevaba efectivo para comer, pero cada semana encontraba una excusa distinta para no devolverme nada
No sé exactamente en qué momento dejé de verle como un compañero al que le estaba echando una mano y empecé a calcular cuánto dinero me debía. Creo que eso es lo que más me molestó al final: no los euros en sí, sino haber llegado a hacer cuentas de una persona con la que comía casi todos los días.
Trabajo en un almacén de materiales de construcción, a las afueras de Zaragoza. Somos pocos en oficina y muchos en nave, y al final se crea ese ambiente en el que sabes quién está divorciado, quién tiene un hijo con ortodoncia, quién se ha metido en una hipoteca imposible y quién llega siempre cinco minutos tarde.
A Óscar lo conocía desde hacía tres años. No éramos amigos de quedar los fines de semana, pero sí de tomar el café de la máquina, compartir cigarrillo cuando yo aún fumaba y quejarnos del encargado. Él era gracioso, bastante espabilado y tenía facilidad para caer bien. También era de los que siempre parecían tener un problema encima.
La primera vez me pidió ocho euros porque, según dijo, se había dejado la cartera en casa y no le funcionaba el pago con el móvil. Íbamos a comer al bar de enfrente, donde hacen menú para los trabajadores. Le dije que no pasaba nada.
—Mañana te los doy, Dani. Palabra.
Al día siguiente no me dijo nada. Y yo tampoco. Me daba vergüenza sacar el tema por ocho euros, como si fuera un miserable. A la semana volvió a pasar algo parecido. Esta vez eran doce, porque pidió menú y café.
Luego fue que tenía la tarjeta bloqueada. Otro día, que su mujer había cogido el coche donde llevaba la cartera. Otra vez, que estaba esperando a que le ingresaran una devolución de Hacienda, cosa que me pareció rarísima pero no le di importancia. Siempre hablaba con mucha seguridad, como si el dinero ya estuviera de camino.
Yo le prestaba y él decía: “El viernes te hago un Bizum”. Llegaba el viernes y no hacía nada.
Mi mujer, Lucía, fue la primera en decirme que aquello no era normal. Una noche le comenté, sin demasiada intención, que Óscar me debía ya unos cuarenta euros. Ella estaba cortando calabacín para una crema y ni siquiera levantó mucho la vista.
—No te los va a devolver.
—Hombre, sí, mujer. Es que va justo.
—Ir justo no es pedirle dinero cada dos días a la misma persona y hacerse el despistado después.
Me sentó mal que lo dijera tan claramente. Supongo que porque, en el fondo, yo ya pensaba lo mismo. Le respondí que no sabía su situación, que igual de verdad tenía problemas. Lucía no insistió. Solo dejó el cuchillo en el fregadero y dijo que ayudar estaba bien, pero que yo también tenía mis gastos.
Y era verdad. Nosotros tampoco vivimos sobrados. Tenemos una hija de nueve años, un alquiler que subió el año pasado y un coche viejo que cada vez que pasa la ITV parece una negociación. No es que doce euros nos fueran a cambiar la vida. Pero tampoco me sobraban como para ir dejando que desaparecieran cada semana.
Lo peor es que Óscar no parecía especialmente apurado fuera de esas comidas. Se compró unas zapatillas bastante caras. Un viernes enseñó fotos de una escapada a Peñíscola con su pareja. No voy a decir que no pudiera tener derecho a hacer esas cosas, claro que sí. Pero yo veía las fotos y me acordaba de que el martes anterior me había pedido diez euros porque no tenía “ni para un triste bocata”.
Aun así, seguí prestándole. Una parte de mí quería evitar el momento incómodo. Otra quería creer que, si le decía algo, se arreglaría de forma normal.
El día que se torció de verdad fue un miércoles. Bajamos seis a comer. Al pedir, Óscar se acercó a mí y bajó la voz.
—Dani, ¿me cubres hoy? Te lo devuelvo en cuanto cobre una chapuza que hice el finde.
Le dije que no.
No lo dije enfadado. Ni alto. Solo le dije: “Hoy no, Óscar. Antes prefiero que arreglemos lo otro”.
Se quedó mirándome como si hubiera dicho una barbaridad.
—¿Lo otro qué?
—Pues lo que me debes. No sé cuánto es ya exactamente, pero bastante más de cien euros.
No eran más de cien, creo. Serían ochenta y tantos o noventa. En ese momento exageré. También porque no guardaba todo apuntado y me daba rabia no poder decir una cifra precisa.
Él soltó una risa corta, de esas que no tienen gracia.
—Madre mía, Dani. Si llego a saber que llevabas contabilidad, no te pido nada.
Los demás hicieron como que miraban la carta. Ese silencio de mesa me pareció eterno. Le dije que no era por llevar contabilidad, que era porque cada vez que le preguntaba me daba largas.
Óscar pidió solo un café. Yo acabé comiendo con un nudo en el estómago. Nadie dijo nada hasta que volvimos a la empresa.
A media tarde me escribió por WhatsApp: “No sabía que eras así. Te pensaba más amigo”.
Lo leí varias veces. Estuve a punto de contestarle algo muy desagradable. En lugar de eso, le puse: “Precisamente por eso te he esperado tanto. Pero no puedo seguir dejándote dinero”.
Su respuesta fue un audio de casi tres minutos. Decía que yo no sabía lo mal que lo estaba pasando, que en casa tenía problemas, que le había hecho quedar como un muerto de hambre delante de los demás. En una cosa tenía razón: le había hecho pasar vergüenza. No era mi intención, pero ocurrió así y no pude quitarme esa sensación de encima.
Le contesté que si quería hablarlo, lo hablábamos al día siguiente sin gente delante. No quiso.
Desde entonces, la relación cambió por completo. No dejó de saludarme, pero era ese saludo seco de pasillo, con la cabeza apenas inclinada. Si coincidíamos en el café, se iba. En las reuniones, cuando yo daba una opinión, él hacía bromas sobre que yo era “el director financiero”. Alguna vez otros se reían, y yo también hice como que no me afectaba. Pero me afectaba.
Dos semanas después me hizo un Bizum de treinta euros, sin mensaje. Luego, nada más. Yo tampoco se lo reclamé. Sé que debería haberlo hecho, quizá. Pero me cansé de sentir que estaba mendigando algo que era mío.
Hace poco pidió traslado a otro turno. No sé si fue por mí, imagino que no solo por mí. Antes de irse coincidimos junto a las taquillas. Me dijo que esperaba que hubiera merecido la pena “montar todo eso por cuatro duros”.
Le respondí que no había montado nada, que simplemente había dejado de prestarle dinero. No me contestó. Cerró su taquilla con más fuerza de la necesaria y se fue.
A veces pienso que podría haberlo hablado antes, de otra manera. También pienso que él podría haber devuelto aunque fuera cinco euros cada semana, o haberme dicho la verdad si no podía. Lo que no entiendo es que la culpa acabara pareciendo mía por cansarme.
Sigo viéndolo alguna mañana, porque los turnos se cruzan. Nos decimos “buenas” y poco más. El otro día saqué un táper de lentejas que me había preparado Lucía y, por un segundo absurdo, pensé en preguntarle si quería un poco. Luego cerré la tapa y me fui a comer solo al banco de fuera.