Cierro la puerta detrás de mí: una vida después del adiós
—Cierro la puerta detrás de mí porque ya no puedo ni mirarte —dijo Julián, parado en el pasillo con la maleta azul que siempre usábamos para ir a Veracruz. No hubo gritos, ni lágrimas, ni siquiera un portazo. Solo ese silencio frío que se mete en los huesos y te deja temblando aunque afuera el sol parta las piedras.
Me quedé ahí, en la sala, con las manos apretadas sobre el delantal y el corazón hecho trizas. Treinta años juntos. Tres décadas de tortillas hechas a mano, de domingos en casa de mi suegra, de peleas por tonterías y reconciliaciones en la cocina. Treinta años que se fueron en una frase. ¿Cómo se supone que una debe reaccionar cuando el amor de su vida te dice que ya no puede mirarte?
No supe qué hacer. Me senté en el sillón, mirando la puerta cerrada, esperando que regresara para decirme que era una broma cruel, que se había arrepentido. Pero no regresó. Ni esa noche, ni la siguiente. Solo llegó el silencio, ese que se instala en los rincones y te acompaña hasta cuando lavas los trastes.
Mi hija, Mariana, llegó al día siguiente. —¿Qué pasó, mamá? ¿Dónde está papá? —preguntó con los ojos llenos de miedo. Le conté lo que pude, lo poco que entendía yo misma. Ella lloró, me abrazó fuerte y luego empezó a llamar a todos los tíos para contarles. Pronto toda la familia lo supo: Julián se había ido. Y yo me quedé sola.
Las primeras semanas fueron un infierno. Mi hermana Lucía venía todos los días con comida y consejos no pedidos. —Tienes que ser fuerte, hermana. Los hombres son así, nunca están conformes —decía mientras me servía café. Pero yo no quería ser fuerte. Quería gritarle a Julián, preguntarle por qué. Quería llorar hasta quedarme seca.
La gente empezó a hablar. En el mercado, las vecinas me miraban con lástima o con ese brillo morboso en los ojos. —¿Ya supiste lo de Julia? Julián la dejó después de tantos años… —susurraban entre jitomates y cebollas. Sentía sus miradas pegajosas en mi espalda cada vez que salía a comprar pan.
Mi hijo menor, Emiliano, dejó de venir a casa. No soportaba verme así, decía Mariana. Yo tampoco soportaba verme así: despeinada, ojerosa, con la casa oliendo a soledad y a comida recalentada.
Una noche, mientras revisaba las cuentas y veía cómo el dinero se iba acabando sin el sueldo de Julián, sentí que me ahogaba. Me encerré en el baño y lloré como no había llorado nunca. Lloré por los años perdidos, por las promesas rotas, por las veces que callé para no pelear.
—¿Por qué te fuiste? ¿Por qué ahora? —le preguntaba al espejo empañado.
Pasaron los meses y aprendí a vivir sola. Aprendí a dormir sin esperar el ronquido de Julián al lado. Aprendí a cocinar solo para mí y a poner música fuerte cuando limpiaba la casa para espantar los recuerdos.
Un día Mariana me llevó al centro comunitario donde daban talleres de costura y repostería. Al principio no quería ir; sentía vergüenza de ser “la dejada”, la mujer a la que su esposo abandonó después de treinta años. Pero Mariana insistió tanto que cedí.
Ahí conocí a otras mujeres como yo: Rosa, a quien su marido dejó por una mujer más joven; Teresa, viuda desde hacía diez años; Carmen, madre soltera desde los diecisiete. Todas con historias distintas pero con el mismo dolor en los ojos.
Empezamos a hablar, primero de cosas pequeñas: recetas, chismes del barrio, precios del huevo. Poco a poco nos fuimos contando nuestras penas. Descubrí que no estaba sola en mi dolor; que muchas cargábamos con heridas invisibles.
Un martes cualquiera, mientras bordábamos servilletas para vender en el tianguis, Rosa me dijo:
—¿Sabes qué aprendí? Que uno no se muere por amor… pero sí renace después del dolor.
Esa frase se me quedó grabada. Empecé a pensar menos en Julián y más en mí misma. ¿Quién era yo sin él? ¿Qué quería hacer con mi vida ahora?
Con el dinero que ahorré vendiendo pasteles y bordados, pinté la casa de amarillo. Tiré las cosas viejas de Julián: sus camisas gastadas, sus libros de mecánica, hasta su taza favorita. Hice espacio para mí.
Un día cualquiera, mientras regaba las plantas del patio, Julián apareció en la puerta. Estaba más viejo, más flaco.
—Vine por unos papeles —dijo sin mirarme a los ojos.
Le di lo que buscaba sin decir palabra. Antes de irse, murmuró:
—Perdón…
No supe si era un perdón por irse o por volver solo para llevarse algo más.
Esa noche dormí tranquila por primera vez en mucho tiempo.
Ahora sé que la vida sigue aunque te arranquen el corazón de golpe. Que una puede volver a reír aunque le hayan dicho adiós sin explicación. Que hay fuerza en nosotras aunque el mundo nos quiera ver derrotadas.
A veces me pregunto si alguna vez fui realmente feliz o solo cumplí con lo que se esperaba de mí: ser buena esposa, buena madre, buena nuera… ¿Y si nunca aprendí a ser buena conmigo misma?
¿Ustedes qué harían si después de treinta años les cierran la puerta en la cara? ¿Cómo se vuelve a empezar cuando todo lo que eras se queda atrás?