¿Dónde está la otra mamá?
—¿Dónde está la otra mamá de Daniel? —me preguntó una vocecita mientras cerraba la puerta del coche, aún con el pelo recogido en un moño desordenado y la cara lavada, sin rastro de maquillaje. Era Álvaro, el mejor amigo de mi hijo, que me miraba con una mezcla de curiosidad y seriedad impropia para sus seis años.
Me quedé paralizada. Daniel ya había corrido al patio, ajeno a la escena. —¿Cómo que otra mamá? —le respondí, intentando sonreír, aunque sentí el rubor subiéndome por las mejillas.
—Sí, la otra. La guapa, la que viene por la tarde. Tú eres la que viene por la mañana, la fea —dijo sin malicia, como si estuviera hablando del tiempo.
Me reí, nerviosa, y le aseguré que solo había una mamá de Daniel, que era yo. Pero el niño insistió, convencido de que por las tardes venía otra mujer, mucho más arreglada, a recoger a su amigo. Me despedí rápido, con una sensación extraña en el pecho, y me fui al trabajo dándole vueltas a la conversación. ¿Tan diferente me veía por la mañana? ¿Tan poco me cuidaba?
En el metro, me miré en el reflejo de la ventana. Ojeras, el pelo sin vida, la ropa cómoda y sin gracia. Recordé cómo, antes de ser madre, me gustaba arreglarme, sentirme guapa. Pero desde que Daniel nació, y sobre todo desde que mi marido, Luis, perdió el trabajo, todo había cambiado. Las mañanas eran una carrera contrarreloj: preparar desayunos, vestir a Daniel, buscar sus deberes, salir corriendo para no llegar tarde. ¿En qué momento me había olvidado de mí misma?
Esa tarde, mientras esperaba a Daniel en la puerta del colegio, me fijé en las otras madres. Algunas iban impecables, con tacones y labios rojos; otras, como yo, parecían recién salidas de la cama. Me sentí invisible. Cuando Daniel salió corriendo hacia mí, me abrazó fuerte, sin importarle mi aspecto. Pero yo ya no podía dejar de pensar en la pregunta de Álvaro.
Esa noche, mientras cenábamos, le conté a Luis lo que había pasado. —¿Tú crees que me he dejado? —le pregunté, intentando sonar casual.
Luis me miró, sorprendido. —¿Dejarte? ¿Por qué dices eso? Estás preciosa, como siempre.
—No digas tonterías. Ni yo me lo creo —le respondí, con una risa amarga. Luis suspiró, cansado. Últimamente discutíamos por cualquier cosa: el dinero, el trabajo, la casa. Yo sentía que él ya no me miraba como antes, y él, que yo solo tenía ojos para Daniel.
Esa noche no pude dormir. Me levanté temprano, antes de que sonara el despertador. Me duché, me peiné con esmero, me maquillé como hacía años que no lo hacía. Cuando Daniel me vio, abrió los ojos como platos.
—¡Mamá! ¡Estás como la princesa de mi cuento! —me dijo, abrazándome. Sentí una punzada de alegría, pero también de tristeza. ¿De verdad hacía tanto que no me veía así?
En el colegio, Álvaro me miró de arriba abajo y sonrió. —¡Ahora sí eres la otra mamá! —exclamó, y todos los niños se rieron. Yo también me reí, aunque por dentro sentía que algo se había roto.
Durante las semanas siguientes, intenté mantener el nuevo hábito. Me levantaba antes, me arreglaba, y hasta empecé a cuidar mi alimentación. Pero el cansancio se acumulaba. Luis no entendía por qué de repente me importaba tanto mi aspecto. Una noche, después de una discusión especialmente dura, me gritó:
—¡No sé qué te pasa! ¿Es que ya no te basta con tu familia? ¿Ahora necesitas gustar a los demás?
Me quedé helada. No era eso. Solo quería sentirme bien conmigo misma, recuperar algo de lo que fui. Pero Luis no lo entendía. Empezó a llegar más tarde a casa, a encerrarse en el despacho. Yo me sentía cada vez más sola.
Un viernes, al recoger a Daniel, vi a su profesora, Carmen, hablando con un grupo de madres. Me acerqué, buscando conversación. Carmen me sonrió, pero una de las madres, Lucía, me miró de arriba abajo y susurró algo a su amiga. Sentí que me juzgaban, que no encajaba. ¿Era por mi aspecto? ¿Por mi actitud? ¿Por ser madre trabajadora?
Esa noche, mientras Daniel dormía, me senté en la cocina y lloré. Lloré por todas las veces que me sentí invisible, por las veces que me juzgaron, por las veces que me juzgué yo misma. Recordé a mi madre, que siempre decía que una mujer debía cuidarse, pero también ser fuerte. ¿Era yo fuerte? ¿O solo estaba fingiendo?
Un sábado, mi hermana Marta vino a casa. Siempre fue la guapa de la familia, la que tenía éxito, la que parecía tenerlo todo bajo control. Me miró y, sin rodeos, me dijo:
—¿Qué te pasa, Ana? No eres tú. Te veo triste, apagada. ¿Es por Luis? ¿Por el trabajo?
Le conté todo, desde la pregunta de Álvaro hasta las discusiones con Luis. Marta me abrazó y me dijo:
—No dejes que nadie te haga sentir menos. Ni los niños, ni las otras madres, ni siquiera Luis. Tienes derecho a cuidarte, pero también a estar cansada. No eres menos madre por querer sentirte guapa. Y no eres menos mujer por estar agotada.
Sus palabras me reconfortaron, pero también me hicieron pensar. ¿Por qué nos exigimos tanto? ¿Por qué nos comparamos siempre con las demás?
Poco a poco, empecé a relajarme. Algunos días me arreglaba, otros no. Aprendí a no juzgarme tan duramente. Luis y yo fuimos a terapia de pareja. Hablamos, lloramos, nos gritamos, pero también nos escuchamos. Daniel, ajeno a todo, seguía abrazándome cada mañana, sin importarle si llevaba maquillaje o no.
Un día, mientras paseábamos por el Retiro, Daniel me cogió de la mano y me dijo:
—Mamá, eres la mejor del mundo. Aunque vengas con pijama al cole.
Me reí, y sentí que, por fin, algo dentro de mí se había sanado. Aprendí que la mirada de los demás no define quién soy. Que puedo ser madre, mujer, trabajadora, y seguir siendo yo misma, con mis luces y mis sombras.
Ahora, cuando me miro al espejo, veo a una mujer cansada, sí, pero también valiente. Y me pregunto: ¿Cuántas de nosotras vivimos pendientes de la opinión ajena? ¿Cuántas veces dejamos de ser nosotras mismas por miedo a no encajar? ¿Y si, por una vez, nos miramos con los ojos de nuestros hijos, sin juicios, solo con amor?
¿Y tú? ¿Te has sentido alguna vez como yo? ¿Qué harías tú si te preguntaran por «la otra mamá»?