El llanto en la calle de los jacarandás
—¿Por qué lloras, mi amor? —escuché la voz temblorosa de mi madre en mi memoria, justo cuando el llanto real me sacudió en plena calle.
Eran casi las once de la noche y el aire olía a tierra mojada y jacarandás. Caminaba rápido, con la cabeza gacha, pensando en la discusión que acababa de tener con mi hermana Lucía. Otra vez los reproches, las culpas, el eterno reclamo de que nunca hago nada bien. Pero ese llanto… ese llanto no era mío ni de Lucía. Era un sonido agudo, desgarrador, que rompía la quietud del barrio como un cuchillo.
Me detuve en seco. Miré a ambos lados de la calle. Las luces titilaban sobre las veredas rotas y los portones oxidados. Nadie. Solo el eco del llanto, cada vez más urgente. Seguí el sonido hasta una esquina donde una bolsa negra se movía apenas bajo un banco de madera. El corazón me latía tan fuerte que sentí que iba a vomitar.
—¿Hola? —dije en voz baja, temiendo lo peor.
Me agaché y abrí la bolsa con manos temblorosas. Allí estaba: un bebé envuelto en una manta vieja, los ojos hinchados de tanto llorar, la piel morena y húmeda por el sudor y las lágrimas. Por un segundo no supe qué hacer. Pensé en correr, en llamar a alguien, en fingir que nunca lo vi. Pero el bebé me miró y sentí una punzada en el pecho, como si algo roto dentro de mí intentara recomponerse.
—Tranquilo, chiquito… ya pasó —susurré, aunque no tenía idea de cómo consolarlo.
Lo levanté con cuidado y sentí su calor pegado a mi pecho. Caminé rápido hacia mi casa, sin mirar atrás. El miedo me perseguía: ¿y si alguien me veía? ¿Y si pensaban que yo lo había abandonado? ¿Y si…?
Al llegar, empujé la puerta con el hombro y entré directo a la cocina. Mi abuela Rosa estaba sentada tomando mate, mirando la novela con el volumen bajo.
—¿Qué traés ahí, Santiago? —preguntó sin apartar la vista de la pantalla.
—Abuela… es un bebé. Lo encontré en la calle —dije casi sin voz.
Ella se levantó de golpe, dejando caer el mate al suelo.
—¡Virgen Santa! ¿Un bebé? ¿Estás seguro que no es una broma?
—No es una broma, abuela. Mirá —le mostré al pequeño, que ya no lloraba pero respiraba agitado.
Rosa se acercó despacio y lo miró con sus ojos cansados. Le acarició la frente y murmuró una oración.
—Hay que llamar a la policía —dijo finalmente.
—No… por favor, abuela. Si llamamos ahora capaz se lo llevan a un hogar o algo peor. Déjame pensar…
Ella me miró largo rato. Sabía que yo no era bueno tomando decisiones rápidas. Siempre fui el hijo problemático, el que se fue de casa a los diecisiete porque no soportaba las peleas ni los gritos. El que volvió derrotado cuando no pudo más con la vida afuera.
—Bueno —suspiró Rosa—. Pero mañana temprano hacemos algo. Esta criatura no puede quedarse aquí para siempre.
Esa noche no dormí. Me senté junto al moisés improvisado con una caja de cartón y una manta limpia. El bebé se quedó dormido después de tomar un poco de leche tibia con gotitas de azúcar (lo único que se nos ocurrió). Lo miré durante horas, preguntándome quién podía dejarlo así, solo y vulnerable.
A la mañana siguiente, Lucía llegó temprano para dejarle unas cosas a la abuela. Cuando vio al bebé casi se desmaya.
—¿¡Qué hiciste ahora, Santiago!? ¡Siempre metiéndote en problemas!
—No es mi culpa —le respondí—. Lo encontré anoche en la calle.
—¿Y si te acusan de algo? ¿Y si es hijo de algún narco o de una chica del barrio? ¡Esto es peligroso!
La discusión subió de tono hasta que Rosa nos mandó callar.
—¡Basta! Acá lo importante es el bebé. Después vemos qué hacemos con ustedes dos.
Pasaron los días y nadie vino a reclamar al niño. Puse carteles discretos en la parroquia y pregunté en el hospital del barrio si alguien sabía algo. Nadie respondió. El bebé —al que llamamos Tomás— empezó a sonreírme cada vez que me veía. Sentí algo nuevo: una mezcla de miedo y ternura que nunca había sentido por nadie.
Pero Lucía insistía:
—No podemos quedarnos con él. No tenemos plata ni trabajo fijo. Vos apenas podés con tu vida…
Tenía razón. Yo trabajaba haciendo changas: pintando casas, arreglando techos, vendiendo empanadas los domingos en la cancha del club Huracán del barrio. Mi vida era un desorden constante: cuentas sin pagar, peleas familiares, sueños rotos.
Una tarde, mientras Tomás dormía sobre mi pecho y yo miraba por la ventana los árboles llenos de flores lilas, Lucía se sentó a mi lado.
—¿Por qué te importa tanto este bebé? —me preguntó en voz baja.
No supe qué decirle al principio. Después le conté todo: cómo me sentí cuando papá nos abandonó; cómo odié a mamá por no defendernos; cómo siempre quise tener una familia distinta pero nunca supe cómo empezar.
—Quizás Tomás sea mi oportunidad —le dije—. Mi oportunidad de hacer algo bien por primera vez.
Lucía lloró conmigo esa tarde. Por primera vez en años nos abrazamos sin reproches ni culpas.
Pero la realidad golpeó fuerte: una vecina chismosa vio al bebé y llamó a los servicios sociales. Vinieron dos mujeres serias, con carpetas y preguntas incómodas.
—¿Dónde lo encontró? ¿Por qué no llamó antes? ¿Tiene antecedentes penales?
Sentí vergüenza y rabia. Les expliqué todo pero no parecía suficiente.
Al final decidieron llevarse a Tomás “por su seguridad”. Me dejaron una tarjeta y promesas vacías: “Si quiere iniciar un trámite de guarda, puede hacerlo”.
Esa noche lloré como nunca antes. Sentí que me arrancaban algo que apenas empezaba a entender. Rosa me consoló como cuando era chico:
—A veces uno tiene que perder para aprender a querer —me dijo.
Pasaron semanas sin noticias. Fui al juzgado mil veces; llené papeles; hablé con asistentes sociales que apenas me miraban a los ojos. Pero algo cambió en mí: empecé a trabajar más duro; dejé de pelearme tanto con Lucía; ayudé a Rosa con las cuentas y hasta volví a jugar fútbol con los pibes del barrio.
Un día recibí una llamada:
—Señor Santiago Ramírez, necesitamos que venga al juzgado mañana para hablar sobre Tomás.
No dormí esa noche tampoco. Al día siguiente me presenté con las manos sudadas y el corazón en la boca.
La jueza —una mujer seria llamada Mariana Torres— me miró largo rato antes de hablar:
—He leído su caso… No es común encontrar tanta insistencia en estos trámites —dijo—. ¿Por qué quiere quedarse con Tomás?
Le conté todo otra vez: mis errores, mis miedos, mis ganas de cambiar.
Al final suspiró:
—Vamos a darle una oportunidad… pero tiene que demostrar que puede cuidar de él.
Salí del juzgado temblando pero feliz como nunca antes.
Hoy Tomás duerme en su cuna nueva mientras escribo esto. No sé si seré el mejor padre del mundo pero sé que haré todo lo posible para no fallarle como me fallaron a mí.
A veces me pregunto: ¿cuántos niños más esperan ser encontrados? ¿Cuántas vidas pueden cambiarse con un solo acto de valentía o compasión?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?