La voz de Samuel en la estación

—¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué borraron su voz?—grité, con la garganta hecha un nudo, mientras el eco de mi reclamo se perdía entre los andenes vacíos de la estación central de San Miguel. Nadie me respondió. Solo el murmullo lejano de los trenes y el frío silbido del viento acompañaban mi desconsuelo.

Samuel, mi esposo, había sido la voz de esa estación durante casi veinte años. Cada mañana, su tono cálido y pausado anunciaba las salidas y llegadas: “Próximo tren con destino a Villa Esperanza, vía uno”. Era una voz que todos reconocían, pero que solo yo escuchaba con el corazón apretado desde que un accidente en las vías me lo arrebató hace ocho meses.

No sé cómo logré sobrevivir a su ausencia. La casa se volvió un mausoleo de recuerdos: su taza favorita, sus camisas colgadas en el perchero, el olor a café recién hecho que ya no tenía sentido preparar. Pero cada tarde, después del trabajo en la panadería, me sentaba en el banco del andén tres solo para escuchar su voz. Era mi ritual secreto, mi manera de sentirlo cerca, aunque fuera por unos segundos.

Hasta que un lunes cualquiera, al llegar a la estación, escuché una voz nueva. Robótica, impersonal. “Próximo tren con destino a Villa Esperanza, vía uno”. Sentí que me arrancaban el alma. Corrí al módulo de información, lágrimas en los ojos.

—¿Dónde está la voz de Samuel?—pregunté al joven detrás del vidrio.

Me miró con lástima y encogió los hombros.—Señora, cambiaron el sistema. Ahora todo es digital.

—¡Pero esa voz era de mi esposo!—insistí.—No pueden borrarlo así…

Él bajó la mirada.—Lo siento mucho.

Salí tambaleando. La ciudad seguía su curso: vendedores ambulantes, madres apuradas con sus hijos, estudiantes riendo. Nadie notaba mi dolor. Nadie entendía que para mí, perder esa voz era perderlo otra vez.

Esa noche no dormí. Miré el techo y recordé la última vez que Samuel me abrazó antes de irse a su turno nocturno.—No te preocupes, Lucía—me dijo—, mañana desayunamos juntos.

Nunca volvió.

Al día siguiente fui a hablar con don Ernesto, el jefe de estación y viejo amigo de Samuel.

—Don Ernesto, por favor… necesito escuchar su voz una vez más—le supliqué.

Él suspiró.—Lucía, entiendo tu dolor. Pero las órdenes vienen de arriba. Todo es más eficiente ahora…

—¿Eficiente? ¿Y los recuerdos? ¿Y la gente?—le reproché.

Me miró con ojos cansados.—Déjame ver qué puedo hacer.

Pasaron días sin respuesta. Mi hija Camila me decía que debía dejarlo ir.—Mamá, papá ya no está. Tienes que seguir adelante—me repetía mientras me abrazaba fuerte.

Pero yo no podía. No quería. ¿Cómo se sigue adelante cuando el mundo insiste en borrar hasta los rastros más pequeños de quien amaste?

Una tarde lluviosa, recibí una llamada inesperada.

—Lucía, soy Ernesto. Ven mañana a la estación a las seis.—

No dormí esa noche tampoco. Llegué temprano, con el corazón desbocado. Ernesto me esperaba junto al panel de control.

—No puedo ponerlo en los altavoces para todos—me explicó en voz baja—pero logré rescatar una copia de sus grabaciones antiguas. Ven conmigo.

Me llevó a una pequeña sala técnica. Cerró la puerta y puso un viejo reproductor sobre la mesa. Pulsó play.

La voz de Samuel llenó el cuarto: “Atención pasajeros: el tren con destino a Villa Esperanza partirá en cinco minutos”.

Lloré como nunca antes. No era solo un anuncio; era él diciéndome que todo estaría bien, que aún quedaba algo suyo en este mundo tan hostil al recuerdo.

Ernesto me puso una mano en el hombro.—Puedes venir cuando quieras a escucharla aquí.—

Le agradecí entre sollozos. Salí de la sala sintiendo que había recuperado un pedacito de mi vida rota.

Esa noche le conté a Camila lo que había pasado.

—Mamá…—me dijo con ternura—quizá ahora sí puedas empezar a sanar.—

No sé si sanaré algún día. Pero aprendí que la memoria es un acto de rebeldía contra el olvido y la indiferencia. Que no hay tecnología ni modernidad capaz de borrar lo que amamos si luchamos por mantenerlo vivo.

Ahora cada tanto vuelvo a esa sala secreta y escucho a Samuel anunciar trenes que ya no existen o que parten hacia destinos imposibles. Y me pregunto: ¿cuántos otros han perdido voces queridas bajo el ruido del progreso? ¿Cuántos luchan por no olvidar?

¿Ustedes también han sentido alguna vez que el mundo quiere borrar lo que más aman? ¿Qué harían para conservarlo?