Llamada en la madrugada: la historia de Mariana
—¿Mariana? ¿Estás despierta?— La voz de Julián, temblorosa y lejana, me atravesó como un cuchillo. Eran las dos y media de la madrugada y el teléfono vibraba en mi mano sudorosa. Por un instante, pensé que era una pesadilla, pero el peso de su nombre en la pantalla era demasiado real.
—¿Qué quieres, Julián?— respondí, intentando que mi voz no delatara el temblor de mis manos. Hacía tres años que no escuchaba su voz, desde aquella noche en que se fue de la casa con una maleta y el orgullo hecho trizas.
—Necesito verte. Es urgente— dijo, y el silencio que siguió fue tan denso que sentí que me ahogaba.
En ese instante, mi mente se llenó de recuerdos: las discusiones interminables por dinero, los gritos ahogados para que nuestros hijos, Camila y Tomás, no escucharan, las lágrimas escondidas en el baño mientras afuera sonaba la cumbia del vecino. Todo eso había quedado atrás… o al menos eso creía.
Me levanté de la cama, con el corazón desbocado. Miré a mis hijos dormidos, sus rostros tranquilos bajo la luz tenue del farol que entraba por la ventana. ¿Por qué Julián tenía que volver ahora? ¿Por qué justo cuando empezaba a sentir que podía respirar sin miedo?
La mañana siguiente, mientras preparaba café en la pequeña cocina del departamento que alquilaba en el centro de Medellín, mi mamá llegó sin avisar. Siempre hacía lo mismo desde que me separé: aparecía con arepas y consejos no pedidos.
—¿Otra vez con cara de trasnocho, mija?— preguntó mientras dejaba la bolsa sobre la mesa.
—Me llamó Julián anoche— confesé, bajando la voz.
Ella frunció el ceño y se sentó frente a mí.—Ese hombre no trae nada bueno. Ya te hizo suficiente daño.
—Dice que es urgente…
—¡Urgente! Urgente es pagar la luz antes de que la corten, Mariana. No te dejes envolver otra vez.
Pero algo en mi interior no me dejaba tranquila. ¿Y si era algo grave? ¿Y si necesitaba ayuda de verdad? A pesar de todo lo que había pasado —las infidelidades, las mentiras, el abandono— una parte de mí seguía preocupándose por él. ¿Será que nunca dejamos de amar del todo a quien nos rompió?
Esa tarde, después de dejar a los niños en la escuela pública del barrio, caminé hasta el parque donde Julián me citó. Lo vi sentado en una banca, más flaco y ojeroso que nunca. Cuando me acerqué, levantó la mirada y vi en sus ojos una mezcla de miedo y arrepentimiento.
—Gracias por venir— murmuró.
—No tengo mucho tiempo. ¿Qué pasa?
Se pasó las manos por el rostro.—Perdí el trabajo. Me están buscando por una deuda. No tengo a quién más acudir…
Sentí rabia y compasión al mismo tiempo. ¿Por qué siempre tenía que ser yo quien recogiera los pedazos?
—Julián, yo también estoy luchando. Trabajo doble turno en la panadería y apenas me alcanza para los niños. No puedo salvarte otra vez.
Él bajó la cabeza.—No vengo a pedirte plata. Solo… solo quería verte. Saber si aún piensas en mí.
Me quedé helada. ¿Cómo podía preguntarme eso después de todo? Recordé las noches llorando sola, las veces que tuve que mentirle a Camila sobre por qué su papá no venía a los actos del colegio.
—No puedes venir a revolver lo poco que logré reconstruir— le dije con voz firme.—Tienes que aprender a vivir con tus decisiones.
Se levantó despacio.—Lo sé. Solo… tenía miedo. Pensé que si te escuchaba, podría encontrar algo de paz.
Lo vi alejarse entre los árboles del parque y sentí un vacío enorme en el pecho. No era odio lo que sentía; era tristeza por lo que fuimos y por lo que nunca seríamos otra vez.
Esa noche, Camila se acercó mientras yo doblaba la ropa.—Mamá, ¿por qué estabas triste hoy?
La miré y sonreí con esfuerzo.—A veces los adultos tenemos recuerdos que duelen, hija. Pero también aprendemos a seguir adelante.
Ella me abrazó fuerte.—Yo te quiero mucho, mamá.
Me aferré a ese abrazo como si fuera un salvavidas. Pensé en todas las mujeres que, como yo, han tenido que ser fuertes cuando todo se desmorona; en todas las veces que nos piden perdón cuando ya es demasiado tarde; en todos los ciclos que intentamos cerrar aunque alguien insista en abrirlos una y otra vez.
Ahora me pregunto: ¿realmente podemos dejar atrás el pasado o siempre habrá una llamada inesperada capaz de desenterrar lo que creíamos superado? ¿Ustedes qué harían si alguien así vuelve a tocar su puerta?