Los Hijos en la Mesa: El Día Que Nadie Recordó

—¿Nadie va a ayudarme con la mesa? —pregunté, alzando la voz por encima del bullicio de la televisión y los celulares. Mis hijos, Sofía, Tomás y Lucía, ni siquiera levantaron la vista. Mi esposo, Ricardo, hojeaba el diario como si fuera un escudo invisible. Sentí el peso de la bandeja en mis manos y el de la soledad en mi pecho. Era domingo, el día que siempre soñé que sería especial, pero en mi casa, los domingos se parecían demasiado a cualquier otro día: yo corriendo de un lado a otro, ellos sumidos en su propio mundo.

Me detuve un segundo en la cocina, mirando el reflejo de mi cara cansada en la puerta del microondas. ¿En qué momento me volví invisible? Recordé cuando Sofía era pequeña y me abrazaba fuerte, cuando Tomás me pedía que le leyera cuentos y Lucía me seguía a todas partes. Ahora, a sus 16, 13 y 10 años, parecían vivir en una dimensión paralela, una donde yo era apenas un ruido de fondo.

—¡La comida está lista! —grité, con una mezcla de esperanza y resignación. Nadie respondió. Serví el guiso de lentejas, ese que aprendí de mi abuela en Corrientes, y que siempre preparaba cuando quería que la casa oliera a hogar. Puse los platos en la mesa, uno por uno, esperando que al menos el aroma los atrajera. Finalmente, entraron, arrastrando los pies, sin mirarme, sin decir nada.

—¿Otra vez lentejas? —bufó Tomás, sin disimular su fastidio.

—Es lo que hay —respondí, conteniendo las lágrimas. Ricardo ni siquiera levantó la vista del diario. Sofía se puso los auriculares y Lucía empezó a jugar con el celular debajo de la mesa. Sentí una punzada en el pecho, una mezcla de rabia y tristeza. ¿Tanto costaba un “gracias, mamá”? ¿Un simple “qué rico huele”? Me senté en mi lugar, pero nadie notó mi silencio. Nadie preguntó cómo estaba, ni siquiera si había almorzado.

Mientras ellos comían, yo los miraba. Veía a mi familia, pero sentía que estaba sentada con extraños. Recordé las veces que me desvelé cuidando a cada uno, las noches de fiebre, los cumpleaños organizados con tanto amor, los sacrificios para que no les faltara nada. ¿En qué momento se olvidaron de todo eso? ¿O acaso nunca lo notaron?

—¿Alguien quiere más? —pregunté, casi en un susurro.

—No, gracias —dijo Lucía, sin despegar la vista de la pantalla.

—¿Puedo irme? —preguntó Sofía, ya de pie, lista para encerrarse en su cuarto.

—Sí, andá —respondí, sintiendo que cada palabra era un ladrillo más en el muro que nos separaba.

Ricardo terminó de comer, dejó el plato en la pileta y volvió al living sin decir una palabra. Me quedé sola en la mesa, rodeada de platos sucios y migas. El silencio era ensordecedor. Me levanté, lavé los platos con movimientos automáticos, como si fuera una máquina. Pensé en llamar a mi mamá, pero sabía que me diría lo de siempre: “Así son los chicos, Mariana. Ya van a volver a vos”. Pero yo no quería esperar a que volvieran, quería que me vieran ahora, que me escucharan ahora.

Esa tarde, mientras doblaba la ropa en la habitación, escuché a Sofía llorar en el baño. Dudé en acercarme, pero el instinto pudo más. Toqué la puerta suavemente.

—¿Sofi? ¿Estás bien?

—¡Dejame, mamá! —gritó, entre sollozos.

Me quedé parada, con el corazón en la mano. Quise abrazarla, decirle que todo iba a estar bien, pero sabía que no me dejaría. Me senté en el pasillo, esperando, hasta que escuché la puerta abrirse. Sofía salió, los ojos rojos, la cara desencajada.

—¿Querés hablar? —pregunté, con voz suave.

—No entiendo nada, mamá. Todo me sale mal —dijo, y por un segundo, volvió a ser mi nena. La abracé, sintiendo que, aunque fuera por un instante, yo era su refugio.

—No estás sola, Sofi. Yo estoy acá, siempre —le susurré.

Esa noche, mientras todos dormían, me senté en la mesa vacía y lloré en silencio. Lloré por la Mariana que fui, por la que soy y por la que temo dejar de ser. Pensé en irme, en dejar una carta y desaparecer, pero sabía que no era la solución. Mi familia me necesitaba, aunque no lo supieran. Pero yo también necesitaba que me vieran, que me escucharan, que me agradecieran.

Al día siguiente, decidí hacer algo diferente. No preparé el desayuno. No levanté a nadie. Me quedé en la cama, mirando el techo, esperando a ver qué pasaba. Escuché el caos en la cocina, los gritos de los chicos, el portazo de Ricardo. Nadie vino a buscarme. Nadie preguntó por mí.

A la tarde, cuando volvieron del colegio, me encontraron sentada en la mesa, con una carta en la mano. Los llamé a todos.

—Necesito que me escuchen —dije, con la voz temblorosa. Los miré a los ojos, uno por uno. —Me siento invisible. Siento que todo lo que hago no vale nada. Que nadie lo ve, que nadie lo agradece. Yo también me canso, yo también tengo miedo, yo también necesito que me abracen de vez en cuando.

El silencio fue largo, incómodo. Sofía bajó la cabeza, Tomás se removió en la silla, Lucía me miró con ojos grandes. Ricardo, por primera vez en mucho tiempo, me miró de verdad.

—Perdón, Mariana —dijo, y su voz sonó sincera. —No me di cuenta de lo que estabas pasando.

Sofía se levantó y me abrazó. Tomás murmuró un “gracias, mamá”, y Lucía se acercó a darme un beso. Lloré, pero esta vez no de tristeza, sino de alivio. Sentí que, por fin, me veían. Que mi dolor no era invisible. Que mi amor, aunque silencioso, era el lazo que nos unía.

Esa noche, cenamos juntos, sin celulares, sin televisión. Hablamos, reímos, nos miramos a los ojos. No solucionamos todos nuestros problemas, pero dimos el primer paso para volver a encontrarnos.

A veces me pregunto cuántas madres habrá, como yo, sentadas en la mesa, sintiéndose invisibles. ¿Cuántas veces más tendré que gritar para que me escuchen? ¿Cuándo aprenderemos a vernos de verdad, a agradecer lo que tenemos antes de que sea tarde? ¿Y vos, alguna vez te sentiste invisible en tu propia casa?