Mamá, vende la casa – ¿De verdad es eso lo que quieres, Camila?

—Mamá, ¿has pensado en vender la casa? —La voz de Camila retumbó en la sala, mezclándose con el golpeteo de la lluvia contra los ventanales. Sentí que el aire se volvía más denso, como si la humedad se metiera en mis huesos y en mi corazón al mismo tiempo. Me quedé mirando la taza de café entre mis manos, temblorosas, y no supe si era por el frío o por el miedo a perderlo todo.

—¿Eso es lo que quieres? —pregunté, apenas en un susurro, como si temiera que la casa misma escuchara y se ofendiera.

Camila, mi hija mayor, la que siempre fue tan decidida, me miró con esos ojos grandes y oscuros que heredó de su abuela. Su esposo, Julián, se mantenía en silencio, sentado en el borde del sofá, con la mirada baja. La tensión era tan espesa que podía cortarse con un cuchillo.

—Mamá, no es solo por nosotros —insistió Camila—. Mira, la casa es muy grande para ti sola. Nosotros podríamos comprar un departamento si nos ayudas con la venta. Así no tendrías que preocuparte por el mantenimiento, por los impuestos, por la soledad…

La soledad. Esa palabra me atravesó como una daga. ¿Acaso no se daban cuenta de que esta casa era todo lo que me quedaba? Aquí crié a mis tres hijos, aquí enterré a mi esposo, aquí aprendí a vivir con la ausencia y el eco de las risas que ya no llenan los pasillos. ¿Cómo podía explicarles que cada grieta en la pared, cada mancha en el piso, era una historia, un recuerdo, una parte de mí?

—¿Y tus hermanos? —pregunté, buscando apoyo en la memoria de mis otros hijos, aunque sabía que ninguno estaba dispuesto a pelear por este lugar. Sebastián vive en Monterrey, apenas llama una vez al mes. Lucía se fue a Buenos Aires y parece que el océano la ha tragado entera. Solo Camila viene cada semana, a veces con prisa, a veces con culpa.

—Ellos entienden, mamá. Ya lo hablé con ellos. Dicen que es lo mejor para todos —respondió Camila, pero su voz tembló un poco. Julián levantó la mirada y asintió, como si eso bastara para convencerme.

Me levanté despacio, sintiendo el crujido de mis rodillas y el peso de los años. Caminé hasta la ventana y miré el jardín, ahora convertido en un lodazal por la lluvia. Recordé cuando los niños jugaban ahí, cuando plantamos el limonero que ahora apenas da frutos. Recordé las fiestas de cumpleaños, las peleas, los abrazos después de cada tormenta. ¿Cómo podía dejar todo eso atrás?

—¿Y si me arrepiento? —pregunté, sin girarme. —¿Y si después de vender la casa me doy cuenta de que no tengo a dónde ir?

Camila se acercó y me abrazó por la espalda. Sentí su calor, pero también su impaciencia. —Mamá, siempre tendrás un lugar con nosotros. No te vamos a dejar sola. Pero tienes que pensar en el futuro, en lo que es mejor para todos.

¿Mejor para todos? ¿O mejor para ellos? No pude evitar pensar en cómo, poco a poco, mis hijos habían ido tomando decisiones por mí, como si yo ya no tuviera voz ni voto. Como si la vejez me hubiera convertido en una carga, en un mueble viejo que estorba en la sala.

Esa noche no pude dormir. Caminé por la casa en silencio, tocando las paredes, abriendo cajones llenos de cartas, fotos, boletos de cine amarillentos. Me senté en la cama y lloré en silencio, recordando la última vez que mi esposo, Ernesto, me abrazó en esta misma habitación. «No dejes que te quiten lo que es tuyo», me había dicho alguna vez, cuando la vida era más sencilla y el futuro no daba miedo.

Al día siguiente, Camila volvió con una carpeta llena de papeles y números. Me explicó cómo funcionaría la venta, cuánto dinero recibiría, cómo podríamos repartirlo. Hablaba rápido, como si quisiera terminar cuanto antes. Yo apenas escuchaba. Mi mente estaba en otro lado, en el pasado, en los días en que la casa estaba llena de vida.

—Mamá, por favor, no lo hagas más difícil —me dijo, con los ojos llenos de lágrimas. —No quiero pelear contigo. Solo quiero que estemos bien.

—¿Y si vender la casa no nos hace bien? —le respondí, sintiendo que mi voz se quebraba. —¿Y si lo único que nos queda es este lugar?

Julián intervino, por primera vez con firmeza. —Señora, nosotros también queremos formar una familia. Un departamento propio nos daría estabilidad. Usted podría vivir cerca, no estaría sola. Todos ganaríamos.

Me sentí acorralada. ¿Era egoísta por querer quedarme? ¿Era injusta por no querer ayudar a mi hija? Pensé en mis padres, en cómo lucharon por darnos un techo, en cómo siempre dijeron que la casa era el corazón de la familia. ¿Acaso ese corazón ya no latía?

Los días pasaron y la presión aumentó. Camila venía cada vez más seguido, trayendo agentes inmobiliarios, tomando fotos, midiendo habitaciones. Yo me refugiaba en la cocina, preparando café tras café, como si el aroma pudiera protegerme del cambio. Los vecinos empezaron a preguntar, a murmurar. «¿Vas a vender?», «¿Y a dónde te vas a ir, Rosa?», «No dejes que te saquen de tu casa». Cada comentario era una herida más.

Una tarde, mientras barría el patio, encontré el viejo triciclo de Sebastián, oxidado y cubierto de hojas. Lo levanté y lo llevé al porche, limpiándolo con un trapo. Me senté y lloré, abrazando ese pedazo de infancia perdida. Camila llegó y me encontró así, hecha un ovillo de nostalgia.

—Mamá, no quiero hacerte daño —me dijo, arrodillándose a mi lado. —Pero necesito que entiendas que también tengo sueños, que también quiero construir algo para mi familia.

La miré y vi a la niña que fue, la que corría por el jardín, la que me pedía que le leyera cuentos antes de dormir. ¿En qué momento se volvió una mujer con necesidades, con urgencias, con una vida propia?

—¿Y yo? —le pregunté, con la voz rota. —¿Quién piensa en mis sueños?

Camila no supo qué decir. Se quedó en silencio, abrazándome, mientras la tarde caía y el cielo se teñía de naranja.

Esa noche, llamé a Sebastián y a Lucía. Les conté lo que estaba pasando. Sebastián me dijo que apoyaba lo que yo decidiera, pero que no podía ayudarme desde lejos. Lucía lloró y me pidió perdón por no estar aquí. Me sentí más sola que nunca, atrapada entre el deseo de mis hijos y mi propio miedo a quedarme sin raíces.

Al final, tomé una decisión. Llamé a Camila y le pedí que viniera sola. Nos sentamos en la sala, rodeadas de cajas y recuerdos.

—Voy a vender la casa —le dije, con la voz firme. —Pero quiero que sepas que no lo hago por ti, ni por Julián, ni por tus hermanos. Lo hago porque entiendo que la vida sigue, que los recuerdos no se guardan en paredes, sino en el corazón. Pero también quiero que me prometas que, pase lo que pase, no me vas a dejar sola.

Camila lloró y me abrazó. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que éramos madre e hija, no enemigas. La casa se llenó de un silencio distinto, uno que no dolía tanto.

Hoy, mientras empaco mis cosas, me pregunto si algún día podré sentirme en casa de nuevo. ¿Será cierto que el hogar es donde está el corazón? ¿O acaso, al vender la casa, estoy vendiendo una parte de mí misma? ¿Ustedes qué harían en mi lugar?