Si tan solo hubiera sabido lo que me esperaba ese día…

—¡No te atrevas a tocar esa carta, Tomás!— grité, mi voz temblando más por el miedo que por la rabia. El bus se sacudía sobre los baches de la carretera vieja, y el chofer, don Ernesto, mascullaba insultos mientras esquivaba los charcos que dejaba la lluvia del sur. Afuera, el paisaje era un mosaico de campos mojados y casas de madera, pero dentro del bus solo existía mi angustia.

Tomás, mi hermano menor, me miró con esos ojos oscuros que siempre usaba cuando quería salirse con la suya. —¿Y qué vas a hacer tú, ah? ¿Vas a seguir siendo el tonto que deja que todos lo pasen a llevar?— Su voz era un susurro venenoso, apenas audible entre el traqueteo del motor.

Me aferré al asiento, sintiendo cómo el sudor frío me recorría la espalda. Si tan solo hubiera sabido lo que me esperaba ese día… Si tan solo hubiera entendido que la carta que mamá dejó antes de morir cambiaría todo para nosotros.

La carta estaba guardada en una caja de galletas en la cocina de la casa vieja, esa misma donde crecimos entre gallinas y el olor a leña húmeda. Mamá siempre decía que la familia era lo más importante, pero después de su muerte, las palabras se volvieron cenizas.

El bus frenó de golpe frente a la plaza del pueblo. Bajé con Tomás detrás, y el aire frío me golpeó la cara. Caminamos en silencio hasta la casa. El portón rechinó como si también protestara por nuestra llegada. Adentro, mi hermana Lucía nos esperaba con los ojos hinchados de tanto llorar.

—¿La encontraron?— preguntó apenas entramos.

Tomás no respondió. Se fue directo a la cocina y empezó a buscar entre los frascos y las latas viejas. Yo lo seguí, sintiendo que cada paso era una traición a los recuerdos felices.

—¡Aquí está!— exclamó Tomás, levantando la caja como si fuera un trofeo.

Lucía se tapó la boca con las manos. —No puede ser…

Tomás abrió la caja y sacó la carta. La desdobló con manos temblorosas y empezó a leer en voz alta:

“Queridos hijos: Si están leyendo esto es porque ya no estoy con ustedes…”

La voz de Tomás se quebró. Yo sentí un nudo en la garganta. Mamá hablaba de amor, de sacrificios, pero también de justicia. Decía que la casa debía quedarse con quien más la necesitara, no con quien más gritara o peleara.

—Esto es para ti, Lucía— dijo Tomás finalmente, extendiéndole la carta.

Lucía negó con la cabeza. —No quiero nada. Solo quiero que dejemos de pelearnos…

Pero Tomás no escuchaba. Ya estaba revisando los papeles del testamento, buscando alguna cláusula que le diera ventaja. Yo solo quería salir corriendo, dejar atrás esa casa llena de fantasmas.

Esa noche dormí poco. Escuché a Tomás hablar por teléfono en voz baja. Decía cosas como “no te preocupes, yo me encargo” y “la casa será nuestra”. Sentí miedo por primera vez de mi propio hermano.

Al día siguiente, llegaron los abogados. Eran dos hombres serios, con trajes gastados y acentos santiaguinos. Revisaron los papeles y dijeron que todo estaba en regla: la casa sería para Lucía, porque mamá así lo había decidido.

Tomás explotó. Gritó, insultó a Lucía y me acusó de haberlo traicionado. —¡Siempre fuiste el favorito! ¡Siempre te pusiste del lado de ellas!— Me empujó contra la pared y vi en sus ojos algo que nunca había visto: odio puro.

Lucía lloraba en silencio. Yo solo podía pensar en mamá y en cómo todo se había desmoronado tan rápido.

Los días siguientes fueron un infierno. Tomás dejó de hablarnos. Se fue del pueblo y no volvió a llamar. Lucía intentó convencerme de quedarme en la casa con ella, pero yo ya no podía soportar las miradas de los vecinos ni el peso de los recuerdos.

Me fui a trabajar a Temuco, donde nadie conocía mi historia ni mis heridas. Pero cada noche, al cerrar los ojos, veía el rostro de Tomás y escuchaba su voz acusándome.

Pasaron meses antes de que recibiera noticias suyas. Un día llegó una carta sin remitente. Era su letra: “Perdón por todo. No supe cómo manejarlo. Mamá tenía razón: nos destruimos por nada”.

Lloré como un niño esa noche. Lloré por mamá, por Lucía, por mí… y por Tomás.

Hoy estoy sentado frente a la ventana de mi pequeño departamento en Temuco. Afuera llueve otra vez y el olor a tierra mojada me recuerda al pueblo y a todo lo que perdí.

A veces me pregunto si alguna vez podremos volver a ser familia. ¿Vale la pena luchar por una casa si eso significa perder a quienes amas? ¿Cuántas familias más se rompen así en nuestro país?

¿Y ustedes? ¿Han sentido alguna vez que una herencia puede destruir lo más sagrado? ¿Qué harían si estuvieran en mi lugar?