Una noche cuando todo se derrumbó: Cuando descubrí que Julián amaba a otra
—¿Por qué llegaste tan tarde, Julián? —pregunté, intentando que mi voz no temblara mientras la lluvia golpeaba los ventanales del pequeño departamento en Caballito.
Él dejó las llaves sobre la mesa, mojadas, y evitó mirarme. —Se me hizo tarde en el trabajo, Lucía. Ya sabes cómo es el cierre de mes.
Mentira. Lo supe en ese instante, lo sentí en el estómago como un golpe seco. Pero me quedé callada, fingiendo que creía en sus excusas, como había hecho tantas veces en los últimos meses. La rutina nos había devorado y yo me aferraba a los recuerdos de cuando éramos felices, cuando soñábamos con una casa propia y un hijo corriendo por el pasillo.
Esa noche, mientras él se duchaba, su celular vibró sobre la mesa. No suelo revisar las cosas ajenas, pero algo me empujó. Tal vez fue el miedo, tal vez la desesperación de una mujer que siente que está perdiendo todo. Deslicé el dedo y vi su nombre: Camila. El corazón me latía tan fuerte que pensé que iba a desmayarme.
—¿La pasaste bien hoy? Ojalá pudiera dormir a tu lado —decía el mensaje.
Sentí que el piso se abría bajo mis pies. Leí más. Palabras dulces, promesas de un futuro juntos, confesiones de amor. Todo lo que yo había dejado de escuchar hacía meses. Me quedé sentada en la oscuridad, con el celular temblando en mis manos y las lágrimas corriéndome por la cara.
Cuando Julián salió del baño, lo enfrenté. —¿Quién es Camila?
Él se quedó helado. Por un segundo vi en sus ojos al hombre que amé, vulnerable y asustado. Pero enseguida bajó la mirada y murmuró: —No quería que te enteraras así.
—¿Así cómo? ¿Leyendo cómo le decís que la amás? —grité, incapaz de controlar el dolor y la rabia.
La discusión fue larga y cruel. Palabras hirientes volaron por el aire junto con reproches viejos: mi obsesión por ahorrar, su falta de ambición, mi miedo a arriesgarme, su necesidad de sentirse vivo otra vez. Me confesó que llevaba meses sintiéndose vacío conmigo, que Camila le devolvía las ganas de soñar.
—¿Y yo? ¿Qué hago con todo esto? —le pregunté entre sollozos.
No supo qué decirme. Solo se sentó en el borde de la cama y lloró en silencio. Esa imagen me persigue hasta hoy: dos personas rotas por dentro, incapaces de salvarse mutuamente.
Esa noche no dormí. Pensé en mi mamá, que siempre me decía: “Lucía, no te olvides de vos misma por nadie”. Pensé en mi hermana menor, Valeria, que hace poco se separó y volvió a vivir con mis viejos en Lanús porque no podía pagar el alquiler sola. Pensé en todas las veces que postergué mis sueños para sostener una relación que ya no existía más que en mi cabeza.
A la mañana siguiente, Julián se fue temprano. No sé si a trabajar o a verla a ella. El departamento quedó en silencio, solo interrumpido por el ruido del colectivo 92 pasando por la avenida. Llamé a Valeria y le conté todo entre lágrimas.
—Veníte para casa unos días —me dijo—. No tenés por qué bancarte esto sola.
Hice la valija con lo justo: un par de jeans, remeras viejas, mi cuaderno de dibujos y una foto nuestra en Mar del Plata cuando todavía éramos felices. Salí bajo la lluvia sin mirar atrás.
En casa de mis viejos me recibieron con abrazos y mate caliente. Mi mamá no preguntó nada; solo me acarició el pelo como cuando era chica. Valeria me llevó al cuarto y nos quedamos hablando hasta la madrugada.
—¿Vos creés que uno puede volver a confiar después de algo así? —le pregunté.
—No sé —me respondió—. Pero sí sé que merecés algo mejor.
Los días pasaron lentos. Me costaba levantarme de la cama. Todo me recordaba a Julián: el olor del café, una canción en la radio, el sonido del agua corriendo en la ducha. Mis viejos intentaban distraerme con anécdotas familiares y chismes del barrio. Pero yo estaba rota por dentro.
Una tarde salí a caminar por la plaza con Valeria. El aire fresco me despejó un poco la cabeza.
—¿Y si nunca vuelvo a sentirme bien? —le dije—. ¿Y si esto me marca para siempre?
Ella me abrazó fuerte. —Te va a doler un tiempo, pero después vas a ver que podés sola. Siempre pudiste.
Empecé terapia con una psicóloga del barrio recomendada por mi mamá. Al principio no quería hablar; sentía vergüenza de haber sido engañada, de no haber visto las señales antes. Pero poco a poco fui soltando el dolor y entendiendo que no todo era culpa mía.
Un día recibí un mensaje de Julián: “Perdón por todo. Ojalá algún día puedas perdonarme”. No le respondí. No tenía nada más para decirle.
Con el tiempo volví a mi departamento. Lo redecoré, pinté las paredes de colores claros y regalé todo lo que me recordaba a él. Empecé a salir con amigas del trabajo, a ir al cine sola los domingos y hasta retomé mis clases de dibujo.
A veces todavía duele, sobre todo cuando veo parejas felices en la calle o cuando escucho su nombre por casualidad. Pero aprendí a vivir con esa cicatriz y a valorarme más.
Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que esa noche lluviosa fue el principio del fin… pero también el comienzo de algo nuevo para mí.
¿Será posible volver a confiar después de una traición así? ¿O quedamos marcados para siempre? ¿Ustedes qué piensan?