La batalla de los domingos: Cuando mi hogar dejó de ser mío
—¿Otra vez la tortilla tan seca, Lucía? —La voz de mi suegra, Carmen, retumba en la cocina como una sentencia. Me giro, cuchillo en mano, y la miro a los ojos, pero ella ya ha desviado la vista hacia su marido, Don Manuel, que asiente en silencio.
Respiro hondo. Es domingo y, como cada fin de semana desde hace tres años, mi casa deja de ser mía. Se convierte en territorio neutral donde las reglas las pone Carmen y yo soy poco más que una invitada incómoda. O peor: la criada invisible.
Sergio, mi marido, está en el salón con su padre. Hablan de fútbol, de política, de cualquier cosa menos de mí. Ni siquiera se ha dado cuenta de que llevo dos horas en la cocina, ni de que tengo las manos rojas de fregar. Ni de que Carmen me mira con esa mezcla de lástima y superioridad que me hace sentir pequeña.
—Lucía, ¿puedes traer más pan? —me pide Carmen sin mirarme.
—Claro —respondo, tragándome el orgullo.
Mientras corto el pan, escucho sus voces desde el comedor:
—Antes las mujeres sabían llevar una casa —dice Carmen.
—No como ahora —responde Don Manuel.
Me arde la cara. Me pregunto si Sergio dirá algo. Pero no. Él solo sonríe y cambia de tema. Como siempre.
Cuando por fin nos sentamos a la mesa, Carmen inspecciona cada plato como si buscara un fallo. Encuentra varios: la ensaladilla demasiado fría, el vino poco aireado, el mantel con una mancha invisible para cualquier ojo menos el suyo.
—¿Te ayudo a recoger? —me pregunta al final, pero sé que no es una pregunta real. Se levanta y empieza a apilar platos con gesto resignado.
En la cocina, mientras fregamos en silencio, Carmen me mira de reojo:
—¿Y para cuándo el niño? Ya lleváis casados dos años…
Siento un nudo en el estómago. No es la primera vez que lo pregunta. Ni será la última.
—Todavía no —respondo bajito.
Ella suspira fuerte y deja caer los cubiertos en el fregadero.
—No sé qué espera Sergio… Con lo bien que le cuidaba yo a él…
Aguanto las lágrimas. No quiero llorar delante de ella. No quiero darle ese poder.
Cuando por fin se van, la casa huele a colonia barata y a reproche. Sergio se tumba en el sofá y enciende la tele como si nada hubiera pasado.
—¿Qué tal todo? —me pregunta sin apartar la vista del partido.
—Como siempre —respondo. Pero por dentro grito.
Esa noche no duermo. Doy vueltas en la cama repasando cada palabra, cada gesto. Me pregunto cuándo dejé de ser Lucía para convertirme en «la mujer de Sergio» o peor aún: «la nuera». Me pregunto si alguna vez fui suficiente para ellos. O para él.
El lunes en el trabajo mis compañeras hablan del fin de semana: escapadas al campo, cenas con amigos, tardes de cine. Yo callo. No quiero contarles que mi domingo fue una sucesión de platos rotos y sonrisas fingidas.
El martes recibo un mensaje de Carmen:
«El domingo llevaremos a tu cuñado y su novia a comer. Espero que puedas preparar algo especial.»
Ni siquiera pregunta si puedo o quiero. Solo lo da por hecho. Como siempre.
Esa noche intento hablar con Sergio:
—¿No crees que podríamos ir algún día nosotros a casa de tus padres?
Me mira sorprendido:
—¿Para qué? Aquí están más cómodos… Y tú cocinas mejor que mi madre.
No sé si reír o llorar.
El miércoles llamo a mi madre. Le cuento lo que pasa y ella suspira:
—Hija, así son las cosas… Aguanta un poco más. Al final te querrán como a una hija.
Pero yo no quiero ser su hija. Quiero ser yo misma.
El jueves me cruzo con Marta en el supermercado. Fue compañera mía en la universidad y ahora vive sola en Madrid. Me cuenta que ha empezado clases de cerámica, que viaja cuando quiere, que nadie le dice cómo tiene que vivir su vida.
—¿Y tú qué tal? —me pregunta con una sonrisa sincera.
No sé qué responderle. Le miento:
—Bien… Todo bien.
Pero al llegar a casa me siento peor que nunca.
El viernes por la noche Sergio me pregunta qué voy a cocinar el domingo para su familia. Le miro fijamente:
—¿Y si esta vez cocinas tú?
Se ríe como si fuera una broma:
—Venga ya… Sabes que eso no va a salir bien.
Me doy cuenta de que nunca lo ha intentado. De que nunca le ha hecho falta intentarlo porque yo siempre he estado ahí para hacerlo por él.
El sábado por la mañana me levanto temprano y salgo a caminar sola por el parque del Retiro. Veo familias desayunando juntas, parejas paseando de la mano, niños jugando al fútbol. Me siento invisible entre tanta vida ajena.
Me siento tan sola que me dan ganas de gritar.
Al volver a casa encuentro a Sergio viendo la tele. Le digo que voy a salir esa noche con Marta. Me mira sorprendido:
—¿Y la cena del domingo?
—Que la haga tu madre —le respondo sin mirarle a los ojos.
Por primera vez veo desconcierto en su cara. Pero no digo nada más. Salgo por la puerta antes de que pueda responderme.
Esa noche con Marta me siento viva por primera vez en mucho tiempo. Hablamos de todo: del pasado, del futuro, de lo que queremos y lo que no estamos dispuestas a soportar nunca más.
Al volver a casa encuentro a Sergio despierto esperándome:
—¿Qué te pasa últimamente?
Le miro fijamente:
—Estoy cansada, Sergio. Cansada de ser invisible en mi propia casa. Cansada de sentirme menos cada domingo. Cansada de que nadie vea lo que hago ni cómo me siento.
Se queda callado unos segundos antes de hablar:
—No sabía que te sentías así…
—Pues ahora lo sabes —le respondo con voz firme por primera vez en años.
El domingo por la mañana no cocino nada. Me visto y salgo antes de que lleguen sus padres. Camino sin rumbo por las calles vacías del barrio hasta llegar a un pequeño café donde nadie me conoce ni espera nada de mí.
Miro por la ventana y pienso en todo lo que he perdido por intentar agradar a los demás: mi tiempo, mi energía, mi alegría…
Cuando vuelvo a casa por la tarde encuentro un mensaje de Sergio:
«Mis padres se han ido ya. He pedido comida para cenar juntos si quieres hablar.»
Por primera vez en mucho tiempo siento un atisbo de esperanza mezclado con miedo. ¿Será este el principio del cambio o solo otro espejismo?
Me siento frente al espejo y me pregunto: ¿Cuántas mujeres viven atrapadas en papeles que no han elegido? ¿Cuándo aprenderemos a decir basta y reclamar nuestro lugar?