La ventana de la vergüenza

—¿Por qué me miras así, Paquita? —me preguntó mi madre mientras yo, con el móvil en la mano, leía por enésima vez aquel mensaje que me había dejado helada. Era martes, el olor a tortilla de patatas llenaba la cocina y, sin embargo, yo sentía un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el clima de Sevilla en junio.

«No puedo dejar de pensar en tu cintura, en cómo se curva cuando te duchas…»

Era de Tomás, mi vecino del tercero, el mismo que saludaba a mi madre cada mañana con un “buenos días, señora Carmen” y que siempre ayudaba a los niños del bloque con los deberes de matemáticas. Casado, con dos hijos, y una esposa, Lucía, que me traía bizcochos cuando estaba enferma. ¿Cómo podía ser él el autor de esos mensajes? ¿Por qué yo?

Al principio pensé que era una broma pesada. Le respondí con un escueto “¿Perdón?” y él, lejos de disculparse, se lanzó a una retahíla de piropos cada vez más explícitos. “No sabes lo que me haces sentir cuando te veo salir de la ducha, con el pelo mojado pegado a la espalda…”. Me temblaban las manos. Miré a mi madre, que seguía removiendo la sartén, ajena a la tormenta que se desataba en mi interior.

Esa noche, no pude dormir. Me levanté varias veces, recorrí el pasillo descalza y me asomé a la ventana del baño. Desde fuera, la luz encendida y el cristal translúcido dejaban entrever siluetas, movimientos. Me agaché, miré desde el ángulo del patio y, de repente, lo vi claro: desde la ventana de Tomás, justo enfrente, se podía ver perfectamente mi baño si la luz estaba encendida. Sentí una mezcla de rabia, vergüenza y miedo. ¿Cuánto tiempo llevaba observándome? ¿Qué más había visto?

Al día siguiente, en el portal, me crucé con él. Me sonrió, como siempre, y me preguntó por la universidad. Yo apenas pude mirarle a los ojos. Sentí que todo el mundo podía leer en mi cara lo que estaba pasando. Cuando subí a casa, me encerré en mi cuarto y lloré. No sabía qué hacer. ¿Contárselo a mi madre? ¿A la policía? ¿A Lucía?

Esa tarde, recibí otro mensaje: “No tengas miedo, Paola. No le diré nada a nadie. Solo quiero admirarte”.

Me hervía la sangre. ¿Cómo podía ser tan cínico? Decidí enfrentarlo. Le escribí: “¿Por qué haces esto? ¿No tienes vergüenza? ¿Y tu familia?”. Tardó en responder, pero cuando lo hizo, fue aún peor: “No puedo evitarlo. Eres tan hermosa… No tienes que preocuparte, solo quiero verte”.

Durante días, evité salir de casa. Bajaba la persiana del baño, me duchaba a oscuras, con el corazón en un puño. Mi madre empezó a sospechar. “¿Te pasa algo con algún chico de la facultad?”, preguntó una noche. No supe qué decirle. ¿Cómo explicarle que el hombre que siempre le ayudaba con las bolsas del mercado era un acosador?

Una tarde, mientras recogía la ropa tendida en la azotea, me encontré con Lucía. Me sonrió, me preguntó por los exámenes y me ofreció un trozo de bizcocho. Sentí una punzada de culpa. ¿Debía contárselo? ¿Romper su familia? ¿O callar y cargar con el peso de ese secreto?

Esa noche, Tomás volvió a escribir. Esta vez, fue más lejos: “Si quieres, puedo dejarte una carta en el buzón. Nadie tiene por qué enterarse. Solo tú y yo”.

No aguanté más. Bajé corriendo las escaleras, llamé a su puerta. Me abrió Lucía, con el delantal puesto y las manos llenas de harina. “¿Está Tomás?”, pregunté, temblando. Él apareció detrás, pálido, sorprendido. “Necesito hablar contigo. Ahora”, le dije, mirándole a los ojos.

Salimos al rellano. Cerré la puerta tras de mí y le susurré, casi sin voz: “Deja de escribirme. Deja de mirarme. Si vuelves a hacerlo, lo contaré todo. No me importa lo que pase, pero no pienso vivir con miedo”.

Él intentó justificarse, balbuceó algo sobre la soledad, el aburrimiento, la rutina. “No es nada personal, Paola. Es solo que…”. Le interrumpí: “No me importa tu vida. Respétame. Respeta a tu familia”.

Volví a casa con el corazón desbocado. Esa noche, no hubo mensajes. Ni la siguiente. Durante semanas, Tomás evitó cruzarse conmigo. Lucía seguía saludándome, ajena a todo. Yo, en cambio, sentía que llevaba una losa sobre los hombros. ¿Había hecho lo correcto? ¿Debía haberlo contado?

Un día, mi madre me encontró llorando en la cocina. “¿Qué te pasa, hija? ¿Por qué estás tan triste últimamente?”. No pude más. Le conté todo, entre sollozos. Su reacción me sorprendió: me abrazó, me dijo que no era culpa mía, que los hombres a veces no entienden los límites. “Pero tienes que protegerte, Paola. No dejes que nadie te haga sentir así”.

Decidimos no decir nada a Lucía, al menos de momento. Mi madre habló con el presidente de la comunidad para que revisaran las ventanas del edificio, alegando motivos de seguridad. Poco a poco, fui recuperando la normalidad, aunque nunca volví a sentirme del todo segura en mi propia casa.

A veces, cuando paso por el portal y veo a Tomás, me pregunto si alguna vez se arrepintió de lo que hizo. Si piensa en el daño que causó, en la confianza rota, en la vergüenza que me hizo sentir. O si, como tantos otros, prefiere mirar hacia otro lado y fingir que nada ha pasado.

¿Hasta cuándo vamos a callar estas cosas? ¿Cuántas Paolas más hay en nuestros barrios, en nuestras casas, en nuestras vidas, viviendo con miedo y vergüenza por culpa de quienes deberían respetarlas? ¿No es hora ya de hablar, de mirar de frente y decir basta?