El nombre de Lucía

—¿Estás loca, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en la cocina, rebotando entre las paredes llenas de fotos familiares y azulejos antiguos—. ¡Eso no es amor, es una tontería!

Yo no podía dejar de mirar mis manos, temblorosas, mientras sostenía el papel con el nombre de Sergio escrito en letras grandes y redondas. Mi padre, sentado al fondo, no decía nada. Solo apretaba los labios y miraba por la ventana, como si el tráfico de la Gran Vía pudiera darle una respuesta.

—Mamá, lo he pensado mucho —dije, aunque sabía que era mentira. No lo había pensado tanto, pero el impulso era más fuerte que la razón—. Quiero que todo el mundo sepa cuánto le quiero. Quiero que lo vea cada vez que me mire.

Ella se acercó y me agarró la cara con las dos manos, como cuando era niña y me caía en el parque—. Lucía, hija, el amor no necesita pruebas tan… tan… —buscó la palabra, pero no la encontró—. ¿Y si os peleáis? ¿Y si un día te arrepientes?

No respondí. No podía. Porque en el fondo, ese miedo ya me rondaba por dentro, pero la idea de perder a Sergio era aún peor. Él era mi refugio, mi locura, mi todo desde que nos conocimos en la universidad. Habíamos sobrevivido a Erasmus, a trabajos precarios, a la distancia cuando él se fue a Barcelona. Y ahora, después de tres años juntos, yo quería hacer algo grande. Algo que nadie pudiera ignorar.

La idea del tatuaje surgió una noche, entre risas y copas de vino en Malasaña. Sergio me miró y dijo: —¿Hasta dónde llegarías por mí? —y yo, medio en broma, respondí—: Me tatuaría tu nombre en la frente.

Él se rió, pero sus ojos brillaron de orgullo. Y ahí quedó la semilla.

La mañana siguiente, la resaca me trajo la duda, pero también una extraña determinación. Busqué en internet estudios de tatuajes en Madrid, leí foros, vi fotos de gente con tatuajes en la cara. La mayoría eran extranjeros, artistas, gente que no temía al qué dirán. Pero yo sí temía. Temía a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo en la gestoría donde llevaba tres años.

Aun así, pedí cita. El tatuador, un chico de Vallecas llamado Rubén, me miró con escepticismo cuando le conté mi idea.

—¿En la frente? ¿Estás segura? Eso no se borra, ¿eh? —me advirtió, limpiando sus agujas con una parsimonia casi teatral.

—Lo sé. Quiero que sea visible. Quiero que todo el mundo lo vea.

Rubén suspiró y me contó historias de gente que se arrepintió, de novios que se dejaron y luego lloraban en su local pidiendo una solución. Pero yo insistí. Le mostré el papel con el nombre de Sergio, le pedí que lo hiciera bonito, elegante, discreto pero claro.

La tarde del tatuaje, mi corazón latía tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho. Rubén me pidió que me tumbara, me limpió la frente y, antes de empezar, me miró a los ojos.

—¿Estás segura, Lucía? —preguntó por última vez.

—Sí —mentí de nuevo.

El dolor fue soportable, pero la sensación de la aguja sobre mi piel, tan cerca de los ojos, me hizo llorar. No de dolor, sino de miedo. Miedo a lo que vendría después. Cuando terminó, me miré en el espejo y vi el nombre de Sergio, en letras negras, justo encima de mis cejas. Me sentí poderosa y vulnerable a la vez.

Salí del estudio con la frente enrojecida y el corazón en un puño. Llamé a Sergio. Quedamos en la Plaza Mayor. Cuando me vio, se quedó sin palabras.

—¿Pero qué has hecho? —preguntó, entre asustado y fascinado.

—Te lo prometí —dije, intentando sonreír.

Él me abrazó, pero noté su cuerpo tenso. No era la reacción que esperaba. Pensé que se emocionaría, que me besaría, que me diría que era la prueba de amor más grande del mundo. Pero solo me abrazó, en silencio.

Esa noche, en casa, no pude dormir. Me miraba en el espejo y me preguntaba si había cometido un error. Al día siguiente, en el trabajo, todos me miraban. Mi jefa, Mercedes, me llamó a su despacho.

—Lucía, ¿qué es eso? —preguntó, señalando mi frente.

—Un tatuaje —respondí, bajando la mirada.

—¿Y crees que es apropiado para la oficina? Aquí tratamos con clientes, Lucía. No sé si entiendes lo que esto significa para la imagen de la empresa.

Me sentí pequeña, ridícula. Salí del despacho con ganas de llorar. Mis compañeros cuchicheaban a mis espaldas. Algunos me miraban con lástima, otros con burla.

En casa, mi madre me evitaba. Mi padre apenas me hablaba. Solo mi hermana pequeña, Marta, me defendía.

—Tía, eres una valiente. O una loca, pero al menos tienes narices —me dijo una noche, mientras cenábamos tortilla de patatas en la cocina.

Pero yo no me sentía valiente. Me sentía atrapada. Sergio empezó a distanciarse. Ya no me miraba igual. Un día, después de una discusión tonta sobre la compra, explotó.

—¿Sabes lo que has hecho? Ahora todo el mundo piensa que soy un controlador, que te obligué a tatuarte mi nombre. Me siento como un imbécil, Lucía.

—¡Pero fue mi decisión! ¡Lo hice por ti! —grité, con lágrimas en los ojos.

—Pues yo no te lo pedí. Y ahora no sé si quiero estar con alguien que hace estas locuras.

Me dejó esa misma noche. Se fue dando un portazo, llevándose su guitarra y su mochila de siempre. Me quedé sola, con su nombre grabado en la frente y el corazón hecho trizas.

Los días siguientes fueron un infierno. En el trabajo, Mercedes me sugirió que pidiera una excedencia. Mis padres me miraban con pena. En la calle, la gente me señalaba. Algunos me preguntaban si era una broma, otros me insultaban.

Intenté taparlo con maquillaje, pero siempre se notaba. Fui a clínicas de láser, pero el proceso era caro y doloroso. No podía permitírmelo.

Empecé a salir menos, a encerrarme en casa. Solo Marta venía a verme, trayéndome libros y películas. Una tarde, mientras veíamos una comedia romántica, me preguntó:

—¿Lo harías otra vez?

No supe qué responder. Porque, a pesar de todo, una parte de mí seguía creyendo en el amor. Pero otra parte, más grande, había aprendido la lección.

Hoy, dos años después, el tatuaje sigue ahí, aunque más difuminado. He cambiado de trabajo, de amigos, de vida. He aprendido a mirarme al espejo y ver más allá del nombre. A veces, la gente me pregunta por la historia. Yo sonrío y digo:

—Fue por amor. Pero el amor no siempre es suficiente.

Y ahora, mirando mi reflejo, me pregunto: ¿Hasta dónde llegarías tú por amor? ¿Vale la pena sacrificar tu identidad por otra persona? ¿O el verdadero amor es aquel que te acepta tal y como eres, sin necesidad de marcas imborrables?