Ya No Puedo Más: El Peso de Sostener a Mi Familia
—¡Otra vez, mamá! ¿Por qué no me avisaste antes de que iban a cortar la luz?— grité mientras buscaba a tientas mi celular en la penumbra de la sala. El sudor me corría por la frente, no solo por el calor sofocante de Barranquilla, sino por la rabia que hervía dentro de mí. Mi madre, sentada en la mecedora, apenas levantó la vista del rosario que desgranaba entre los dedos.
—Ay, hija, es que tu tía Rosa se enfermó y tuve que prestarle lo del recibo… Tú sabes cómo es la familia— murmuró, como si eso lo justificara todo.
Me senté a su lado, derrotada. Desde los diecisiete años, cuando mi papá se fue con otra mujer a Medellín y nunca más volvió, he sido el pilar de esta casa. Trabajo en una farmacia desde las seis de la mañana hasta las ocho de la noche, y aún así, el dinero nunca alcanza. No porque yo gaste en lujos—ni siquiera tengo un celular nuevo—sino porque siempre hay una emergencia: el primo que perdió el trabajo, la abuela que necesita medicinas, la sobrina que no tiene cuadernos para el colegio.
A veces siento que mi vida no es mía. Que cada peso que gano ya tiene dueño antes de llegar a mis manos. Y lo peor es que nadie parece notarlo. Nadie agradece. Nadie pregunta cómo estoy.
Esa noche, mientras cenábamos arroz con huevo y plátano frito, mi hermano menor, Julián, entró con cara de preocupación.
—María Fernanda… ¿me puedes prestar para el bus? Me llamaron para una entrevista en el centro.
No pude evitar soltar una carcajada amarga.
—¿Otra entrevista? ¿Y el trabajo en el taller de don Ernesto?
—Me botaron…—susurró Julián, bajando la mirada—. Es que llegué tarde varias veces.
Mi madre intervino rápido:
—No seas dura con tu hermano. Él está haciendo lo que puede.
Pero yo ya no podía más. Sentí cómo se me llenaban los ojos de lágrimas y me levanté de golpe.
—¿Y yo? ¿Quién hace algo por mí? ¿Quién se preocupa si yo estoy cansada o enferma? ¡Siempre soy yo la que resuelve todo!
Salí al patio y me senté en el viejo taburete de madera. Miré las estrellas entre las ramas del mango y sentí un nudo en la garganta. Recordé cuando era niña y soñaba con ser doctora, viajar por el mundo, tener una casa propia. Ahora tengo treinta años y ni siquiera puedo ahorrar para comprarme un par de zapatos nuevos.
Al día siguiente, mi tía Rosa llegó temprano con su hija pequeña en brazos.
—Mafe, ¿tienes algo para prestarme? Es que la niña está enferma y no tengo para el médico.
La miré con rabia y tristeza. Sabía que si le decía que no, mi madre me miraría como si fuera una egoísta sin corazón. Pero si le decía que sí, otra vez tendría que atrasarme con el arriendo.
—No tengo, tía. Ya no puedo seguir prestando— respondí con voz temblorosa.
Ella me miró como si le hubiera dado una bofetada.
—Qué rápido se te olvidan los favores…
Me encerré en mi cuarto y lloré hasta quedarme dormida. Soñé con mi padre regresando a casa, trayendo regalos y abrazos, diciéndome que todo iba a estar bien. Pero al despertar solo encontré el mismo techo agrietado y el mismo peso en el pecho.
En el trabajo, mis compañeras me preguntan por qué siempre estoy tan seria. No entienden lo difícil que es cargar con una familia entera sobre los hombros. A veces pienso en dejarlo todo e irme lejos, empezar de cero donde nadie me conozca ni me pida nada. Pero luego veo a mi madre tan frágil, a Julián tan perdido, a mis sobrinas tan inocentes… y no puedo.
Una tarde, mientras contaba las monedas para pagar el recibo del agua, escuché a mi madre hablando por teléfono:
—Sí, hermana, Mafe seguro te ayuda… Ella siempre resuelve todo.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza tan grande que tuve que salir corriendo al parque más cercano. Me senté en una banca y miré a las familias jugando, riendo sin preocupaciones aparentes. ¿Será que todas las familias son así? ¿O solo la mía vive esperando que alguien más les salve?
Esa noche decidí hablar claro.
—Mamá, ya no puedo más. No soy un banco ni una máquina de resolver problemas. Estoy cansada. Quiero vivir mi vida también.
Ella me miró con ojos llenos de lágrimas.
—Pero somos familia…
—Sí, pero también soy persona. Y estoy agotada.
Por primera vez vi a mi madre quedarse sin palabras. Julián bajó la cabeza y salió al patio sin decir nada.
Esa noche dormí poco. Me sentía culpable pero también aliviada. Quizás era hora de poner límites. Quizás era hora de pensar en mí misma aunque duela.
Hoy escribo esto mientras escucho a mis sobrinas reírse en el patio. No sé qué va a pasar mañana ni si tendré fuerzas para mantenerme firme en mi decisión. Pero sé que ya no quiero seguir viviendo solo para los demás.
¿Hasta cuándo debemos sacrificar nuestra felicidad por la familia? ¿Dónde está el límite entre ayudar y perderse uno mismo? Ojalá alguien allá afuera tenga una respuesta…