Cuando el inglés me enseñó a vivir de nuevo

—¿Mamá, para qué te vas a meter en eso? —me preguntó Lucía, mi hija mayor, con ese tono entre impaciente y protector que tanto me irrita—. Ya tenés suficiente con el jardín y los nietos.

No respondí. Miré por la ventana del departamento, las jacarandas floreciendo en la vereda, y sentí esa mezcla de vacío y ansiedad que me acompaña desde que me jubilé. Siempre pensé que la jubilación sería un remanso: tardes de mate, novelas y cuidar mis plantas. Pero la verdad es que el silencio pesa. Y cuando vi el cartel pegado en la farmacia —»Curso de inglés para adultos mayores: ¡nuevos horizontes a cualquier edad!»— algo se encendió en mí.

El primer día llegué temprano. El aula olía a tiza y café viejo. Éramos seis: tres mujeres, dos hombres y yo. Todos con ese aire de no saber si reírse o salir corriendo. Entonces entró Julián, el profesor. No tendría más de cuarenta años, sonrisa amplia, ojos cansados pero vivos. «Good morning!», dijo con un entusiasmo que parecía fuera de lugar para un martes a las nueve de la mañana.

—¿Por qué inglés ahora? —me preguntó él en la primera clase, cuando todos nos presentamos.

—Porque quiero entender las canciones que escuchaba mi marido —respondí, sorprendida de mi sinceridad.

Él sonrió. «Eso es hermoso», dijo. Y sentí una calidez extraña, como si alguien hubiera abierto una ventana después de años.

Las clases se volvieron mi refugio. Aprender era difícil; la lengua se me trababa, la memoria me jugaba malas pasadas. Pero Julián tenía paciencia. Nos hacía reír con sus historias de viajes y errores propios aprendiendo portugués en Brasil. Un día, después de clase, me quedé ayudándolo a ordenar los libros.

—¿Siempre fuiste profe? —le pregunté.

—No —dijo, bajando la voz—. Antes trabajaba en una empresa, pero después de perder a mi mamá sentí que tenía que hacer algo distinto. Enseñar me salvó.

Sentí un nudo en la garganta. Yo también había perdido a alguien: a Ernesto, mi compañero de toda la vida. Desde su muerte, mis días eran una sucesión de rutinas para no pensar demasiado.

Con Julián empecé a hablar más allá del inglés. Me contó de su hija pequeña, de su divorcio reciente, de sus miedos. Yo le hablé de mis nietos, de mis peleas con Lucía y del dolor sordo de la soledad.

Una tarde, después de clase, nos quedamos tomando café en el bar de la esquina. Hablamos hasta que anocheció y las luces de la ciudad se encendieron una a una.

—¿Nunca pensaste en viajar? —me preguntó.

—Siempre tuve miedo —admití—. Miedo a lo desconocido… y ahora siento que ya es tarde.

Él me miró fijo: —Nunca es tarde para nada, Marta.

Esa noche no pude dormir. Pensé en todas las veces que postergué mis deseos por cuidar a otros: primero a mis padres, después a mis hijos, luego a Ernesto cuando enfermó. ¿Cuándo había sido yo la protagonista de mi propia vida?

Las semanas pasaron y el grupo se volvió una pequeña familia. Compartíamos mates, risas y frustraciones con los verbos irregulares. Pero en casa las cosas no iban bien. Lucía empezó a notar mi entusiasmo y se puso celosa.

—¿Qué te pasa con ese profesor? —me espetó un domingo mientras almorzábamos—. No quiero que te ilusiones con pavadas.

Me dolió su desconfianza. ¿Por qué las mujeres mayores no podemos tener ilusiones? ¿Por qué todo lo nuestro tiene que ser resignación?

Un día Julián propuso hacer una salida grupal al teatro en inglés. Lucía se opuso rotundamente: “No vas a andar sola por ahí de noche”. Discutimos fuerte; terminé llorando en mi cuarto como una adolescente castigada.

Pero fui igual. Me senté junto a Julián y sentí que el corazón me latía como hacía años no lo hacía. La obra era difícil; entendí poco pero reímos igual. Al salir, caminamos por Corrientes iluminada y él me tomó la mano por un instante breve pero eterno.

Esa noche le conté todo a Lucía. Gritamos, lloramos; ella me acusó de egoísta, yo le reproché no dejarme vivir mi vida. Fue doloroso pero necesario: por primera vez puse mis deseos sobre la mesa.

El curso terminó con una pequeña ceremonia. Julián me regaló un libro: “Nunca es tarde para aprender”, decía la dedicatoria. Nos abrazamos largo; sentí que algo nuevo nacía en mí.

Hoy sigo viendo a Julián como amigo; viajé por primera vez sola a Montevideo y hasta me animé a hablar inglés con turistas perdidos en San Telmo. Mi relación con Lucía mejoró; aprendió a verme como mujer además de madre.

A veces pienso: ¿cuántas Martas hay en Latinoamérica postergando sus sueños por miedo o por mandato? ¿Cuándo fue la última vez que te animaste a hacer algo solo para vos?