Cuando mi suegra dijo: «Entonces la hipoteca la firmas tú» – Un billete de vuelta a casa con una maleta
—¿Así que ahora la hipoteca la firmas tú, Lucía? —La voz de mi suegra, Carmen, cortó el aire como un cuchillo. El tenedor tembló en mi mano. Mi marido, Álvaro, bajó la mirada al plato de lentejas como si pudiera esconderse entre los garbanzos.
Tenía diecinueve años y llevaba apenas seis meses casada. Había dejado atrás mi pueblo en Segovia, mis amigas, mi madre, todo por ese amor que creía invencible. Pero el piso de Lavapiés era pequeño, oscuro y cada día más frío, aunque fuera pleno julio. La convivencia con Carmen era como vivir con una inspectora de hacienda: todo lo controlaba, todo lo juzgaba.
—No es para tanto, mamá —intentó Álvaro, pero su voz sonaba hueca, como si ya hubiera perdido todas las batallas antes de empezar.
—¿No es para tanto? —Carmen me miró con esos ojos grises que nunca parpadeaban—. Si queréis vivir aquí, alguien tiene que hacerse cargo. Yo ya bastante tengo con la pensión de viudedad.
Me sentí pequeña, diminuta. La hipoteca era mucho más que un papel: era una trampa. Sabía que si la firmaba, me ataba para siempre a ese piso y a esa familia que nunca me había aceptado del todo. Miré a Álvaro buscando apoyo, pero él seguía mirando su plato.
Esa noche no dormí. Escuché los pasos de Carmen por el pasillo, el crujido de la madera vieja y el murmullo de la televisión encendida hasta tarde. Pensé en mi madre, en su cocina luminosa y en cómo olía a pan recién hecho los domingos. Pensé en lo sola que me sentía en esa casa que nunca fue mía.
A la mañana siguiente, mientras Carmen preparaba café y Álvaro se duchaba para ir a trabajar, me atreví a hablar:
—No quiero firmar la hipoteca —dije en voz baja.
Carmen se giró despacio. —¿Y qué piensas hacer entonces? ¿Volver con tu madre como una cría?
Sentí la bofetada sin que hubiera mano. Me ardían las mejillas. Cogí aire y respondí:
—Quizá sí.
El silencio fue absoluto. Ni el reloj de pared se atrevió a sonar.
Esa tarde, mientras Álvaro estaba fuera, empecé a meter mi ropa en una maleta azul. No tenía mucho: unos vaqueros, dos jerseys, el vestido rojo que me puse en la boda civil. Carmen me observaba desde el marco de la puerta.
—¿De verdad vas a dejarlo todo por una tontería? —preguntó.
—No es una tontería —le respondí—. Es mi vida.
Llamé a mi madre desde el portal. Su voz tembló al oírme llorar.
—Vuelve a casa, hija —me dijo—. Aquí siempre tendrás tu sitio.
El viaje en autobús fue largo y silencioso. Miraba por la ventana los campos castellanos y sentía cómo se deshacía el nudo en mi garganta. Recordé cuando era niña y soñaba con vivir en Madrid, con ser mayor y libre. Nadie me advirtió de lo difícil que sería ser adulta.
En casa me esperaba mi madre con un abrazo largo y cálido. Mi padre apenas habló durante la cena; nunca le gustó Álvaro ni la idea de que me casara tan joven. Mi hermana pequeña me miraba con ojos grandes, como si yo fuera una heroína caída en desgracia.
Las primeras semanas fueron duras. Me sentía fracasada, como si hubiera decepcionado a todos: a mi familia, a Álvaro, incluso a mí misma. Recibí mensajes de él:
—¿De verdad no vas a volver? —me escribió una noche.
No supe qué contestar. ¿Volver a qué? ¿A una vida donde no podía decidir ni sobre mi propio futuro?
Carmen también me llamó una vez:
—Has dejado a mi hijo solo —me reprochó—. Eso no se hace.
Colgué sin responderle. Lloré mucho esa noche.
Poco a poco fui recuperando mi sitio en casa. Ayudaba a mi madre en la panadería del pueblo; el olor del pan caliente me devolvía recuerdos felices. Empecé a salir otra vez con mis amigas del instituto, aunque todas parecían haber seguido adelante mientras yo volvía al punto de partida.
Un día recibí una carta certificada: Álvaro quería el divorcio. Sentí alivio y tristeza al mismo tiempo. Firmé los papeles sin mirar atrás.
La gente del pueblo murmuraba cuando pasaba por la plaza:
—Ahí va Lucía, la que volvió con una maleta…
Al principio me dolía, pero luego aprendí a ignorarlo. Empecé a estudiar por las tardes para sacarme el título de auxiliar administrativa; quería ser independiente, no depender nunca más de nadie.
Un año después, encontré trabajo en una gestoría en Segovia capital. Cogía el tren cada mañana temprano y volvía al anochecer cansada pero satisfecha. Mi madre decía que tenía otra luz en los ojos.
A veces pensaba en Álvaro y en Carmen. Me preguntaba si seguirían viviendo juntos en aquel piso oscuro de Lavapiés, si alguna vez se arrepintieron de haberme dejado marchar tan fácilmente.
Una tarde de otoño, mientras caminaba por la calle Real de Segovia bajo un cielo gris plomizo, vi a una pareja joven discutiendo acaloradamente junto a un portal. Ella lloraba; él gesticulaba nervioso. Sentí un escalofrío: podría haber sido yo.
Ahora sé que el amor no basta si no hay respeto ni libertad. Que nadie debería firmar una hipoteca —ni literal ni metafórica— solo para complacer a otros o por miedo a estar sola.
A veces me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas en casas ajenas por miedo al qué dirán? ¿Cuántas Lucías hay todavía callando sus sueños por no decepcionar a nadie?
¿Y tú? ¿Te atreverías a marcharte solo con una maleta si supieras que tu felicidad está en juego?