El día en que el amor fue más fuerte que el dinero
—¿Otra vez has dejado la luz encendida, Lucas? ¿Cuántas veces tengo que decirte que aquí no estamos para tirar el dinero?— La voz de mi padre retumbó en el pasillo de la Villa de los Robles, esa mansión fría y enorme en las afueras de Salamanca que siempre me pareció más una prisión que un hogar.
Me quedé quieto, con la mano aún en el interruptor. Mi madre, sentada en el salón, fingía leer una revista, pero yo sabía que estaba escuchando cada palabra. Mi hermana Carmen, como siempre, desaparecida en su habitación, ajena a todo. Yo tenía veintiséis años y seguía sintiéndome como un niño pequeño cada vez que mi padre levantaba la voz.
—Lo siento, papá —murmuré, bajando la cabeza.
Él bufó y se marchó al despacho. El eco de sus pasos resonó en las paredes cubiertas de cuadros antiguos y relojes de oro. Me pregunté, no por primera vez, si alguna vez podría escapar de esa casa y de todo lo que representaba.
Mi padre, Don Antonio García de la Vega, era conocido en toda Salamanca. Empresario, dueño de media ciudad, benefactor de la catedral y del hospital. Pero en casa era otra cosa: un hombre seco, exigente, incapaz de mostrar afecto si no era a través de un cheque o una orden. Desde pequeño supe que esperaba algo grande de mí. Algo que nunca supe si quería o podía darle.
Durante años intenté cumplir con sus expectativas. Estudié Derecho en la Universidad de Salamanca porque él lo decidió. Me vestía como él quería, iba a los eventos familiares y fingía interés por la empresa constructora que algún día sería mía. Pero dentro de mí crecía una angustia sorda, una sensación de estar viviendo la vida de otro.
La gota que colmó el vaso llegó una tarde de noviembre. Había vuelto a casa después de una entrevista con el director del banco familiar. Mi padre me esperaba en el comedor, sentado a la mesa larga donde nunca comíamos juntos.
—¿Y bien? —preguntó sin mirarme.
—No quiero trabajar en el banco —dije, casi sin voz.
El silencio fue tan denso que sentí que me ahogaba. Mi madre levantó la vista de su revista y me miró con ojos asustados. Mi padre apretó los labios.
—¿Cómo que no quieres? —Su tono era peligroso.
—No quiero dedicarme a los negocios. No es mi vocación —me atreví a decir.
Él se levantó despacio, como si le costara contenerse.
—¿Y qué quieres hacer entonces? ¿Ser artista? ¿Vivir del aire? ¿Dejar que tu apellido se arrastre por el suelo?
—Quiero ser profesor —dije al fin, sintiendo cómo me temblaban las manos—. Quiero enseñar literatura en un instituto público.
Mi padre soltó una carcajada amarga.
—¿Profesor? ¿Enseñar a hijos de obreros? ¿Eso es lo que quieres para ti? ¿Para nosotros?
Mi madre intervino entonces, con voz temblorosa:
—Antonio, por favor…
Pero él la ignoró.
—Tú no sabes lo que dices, Lucas. No tienes ni idea del esfuerzo que ha costado levantar todo esto. ¿Y ahora quieres tirarlo por la borda?
Me levanté también, sintiendo una rabia nueva y desconocida.
—No quiero tu dinero. No quiero tu empresa. Quiero vivir mi vida, no la tuya.
Mi padre me miró como si fuera un extraño. Durante unos segundos pensé que iba a pegarme. Pero solo se giró y salió del comedor sin decir nada más.
Esa noche no pude dormir. Escuché a mis padres discutir a gritos en su habitación. Carmen vino a verme y me abrazó sin decir palabra. Sabía que ella también sufría bajo el peso de las expectativas familiares, aunque lo disimulaba mejor que yo.
Los días siguientes fueron un infierno. Mi padre dejó de hablarme. Mi madre lloraba a escondidas. Los empleados de la casa me miraban con lástima o desaprobación. Salamanca es pequeña y los rumores vuelan: pronto todo el mundo supo que el hijo mayor de Don Antonio había renunciado al legado familiar para irse a dar clases a un instituto público en un barrio obrero.
Pero yo me sentía libre por primera vez en mi vida.
Encontré trabajo en un instituto del barrio Garrido. El primer día llegué nervioso, con una carpeta llena de apuntes y el corazón desbocado. Los alumnos me miraron con desconfianza: algunos venían de familias desestructuradas, otros apenas sabían leer bien. Pero poco a poco fui ganándome su respeto y su cariño.
Un día, después de clase, uno de los chicos más problemáticos, Sergio, se me acercó.
—Profe… ¿por qué usted trabaja aquí pudiendo estar en otro sitio mejor?
Me quedé pensando antes de responderle.
—Porque aquí siento que puedo hacer algo importante —le dije—. Porque aquí puedo ayudaros a soñar con algo más grande.
Sergio sonrió tímidamente y se marchó corriendo tras sus amigos.
Mientras tanto, en casa las cosas iban cada vez peor. Mi padre dejó de dirigirme la palabra incluso en Navidad. Mi madre intentaba mediar entre nosotros sin éxito. Carmen se fue a estudiar a Madrid para huir del ambiente asfixiante de la villa.
Una tarde recibí una llamada urgente: mi padre había sufrido un infarto leve en la oficina. Corrí al hospital y lo encontré tumbado en una cama blanca, rodeado de médicos y enfermeras.
Cuando me vio entrar, apartó la mirada.
—¿A qué has venido? —preguntó con voz ronca.
—A verte —respondí simplemente.
Durante unos minutos reinó el silencio. Luego él suspiró y me miró por primera vez en meses.
—¿Eres feliz? —preguntó casi en un susurro.
Me sorprendió tanto la pregunta que tardé en responder.
—Sí —dije al fin—. Por primera vez lo soy.
Mi padre cerró los ojos y asintió levemente. No dijo nada más esa noche, pero supe que algo había cambiado entre nosotros.
Con el tiempo nuestra relación mejoró poco a poco. Nunca aceptó del todo mi decisión, pero aprendió a respetarla. Mi madre volvió a sonreír y Carmen regresó a casa algunos fines de semana para cenar todos juntos como antes.
En el instituto seguí luchando cada día contra las dificultades: falta de recursos, alumnos desmotivados, padres ausentes… Pero también viví momentos inolvidables: la sonrisa de un alumno al aprobar por primera vez, el agradecimiento sincero de una madre soltera, las risas compartidas en los pasillos.
A veces pienso en todo lo que he perdido: una vida cómoda, viajes al extranjero, cenas en restaurantes caros… Pero cuando veo la mirada ilusionada de mis alumnos o escucho sus historias llenas de esperanza y lucha, sé que tomé la decisión correcta.
Ahora mi padre está jubilado y pasa las tardes paseando por el parque con mi madre. A veces hablamos del pasado sin rencor ni reproches. Él sigue sin entender del todo mi elección, pero ha aprendido a quererme tal como soy.
Y yo sigo preguntándome: ¿cuántos jóvenes viven atrapados entre las expectativas familiares y sus propios sueños? ¿Cuántos se atreven a romper las cadenas y buscar su propio camino?
¿Y tú? ¿Te atreverías a desafiarlo todo por ser fiel a ti mismo?