¿Hasta cuándo seré invisible? La historia de Carmen, una madre olvidada
—¡Carmen! ¿Todavía no has pasado la fregona por el pasillo?—. El grito de Lucía retumbó en el piso como una bofetada inesperada. Me sobresalté, dejando caer la taza de café sobre la mesa. El líquido se deslizó entre mis dedos temblorosos y manchó el mantel que bordé hace años, cuando aún tenía tiempo para mí.
Me llamo Carmen. Tengo sesenta y tres años y hace dos que vivo en casa de mi hijo, Álvaro, y su esposa, Lucía. Cuando mi marido falleció, la soledad se me hizo tan grande que acepté la invitación de mi hijo para mudarme a su piso en Vallecas. Pensé que sería un nuevo comienzo, una oportunidad para sentirme útil y acompañada. Pero pronto descubrí que mi presencia era más una carga que un consuelo.
—Perdona, Lucía. Ahora mismo lo hago— respondí en voz baja, recogiendo los trozos de porcelana con manos torpes.
Lucía suspiró con fastidio y se marchó al salón, donde el televisor vomitaba tertulias políticas. Álvaro no estaba; como casi siempre, había salido temprano para trabajar en la gestoría. Apenas le veía más que unos minutos por la noche, cuando llegaba cansado y se encerraba en su despacho con el portátil.
Me levanté despacio y fui a por la fregona. Mientras limpiaba el pasillo, recordé los días en que mi casa era un refugio cálido para todos: meriendas con bizcocho casero, risas de niños, el olor a guiso llenando las habitaciones. Ahora, cada rincón parecía ajeno, como si yo misma fuera una intrusa.
Por las tardes, cuando terminaba las tareas —la compra, la comida, la colada— me sentaba junto a la ventana del dormitorio pequeño que me habían dejado. Desde allí veía a las vecinas charlando en el parque o paseando al perro. Yo ya no tenía amigas; algunas se habían ido del barrio, otras simplemente dejaron de llamarme cuando supieron que vivía «con los hijos».
Una tarde de otoño, mientras doblaba la ropa de Lucía, escuché su voz en el pasillo:
—Mamá, ¿has planchado mi blusa blanca?—
No era mi hija. Pero desde que llegué aquí, Lucía había decidido llamarme «mamá» solo cuando necesitaba algo.
—Sí, está en tu armario— respondí.
Entró sin mirarme y salió igual de rápido. Me quedé con las palabras atascadas en la garganta. Quise decirle que yo también tenía nombre, que también tenía sueños y recuerdos. Pero no me atreví.
Esa noche, mientras cenábamos los tres en silencio —el telediario llenando el vacío— Álvaro preguntó sin levantar la vista del móvil:
—¿Mañana puedes ir tú a por la compra, mamá? Lucía tiene pilates y yo tengo reunión.—
Asentí. Nadie preguntó cómo me sentía yo.
Los días se sucedían iguales: limpiar, cocinar, callar. A veces pensaba en mi hermana Mercedes, que vivía sola en Albacete y siempre decía que prefería la soledad a ser invisible. Yo no entendía esa frase hasta ahora.
Un domingo por la mañana, mientras preparaba churros para el desayuno —una costumbre que intentaba mantener viva— escuché a Lucía hablando por teléfono en la cocina:
—No sé cómo decirle a Álvaro que tu madre se queda en tu casa todo el día… Aquí es como tener una asistenta gratis.—
Sentí un nudo en el estómago. Me apoyé en la encimera para no caerme. ¿Eso era yo? ¿Una asistenta gratis?
Esa tarde salí a dar un paseo por el barrio. Caminé sin rumbo hasta llegar a la iglesia donde solía ir con mi marido. Me senté en un banco y lloré en silencio. Recordé su voz: «Carmen, tú vales mucho más de lo que crees».
Al volver a casa, encontré a Lucía esperándome en el recibidor:
—¿Dónde estabas? Tenías que haber preparado la cena.—
No contesté. Subí a mi cuarto y cerré la puerta con llave por primera vez desde que vivía allí.
Esa noche apenas dormí. Me revolvía entre las sábanas pensando en todo lo que había dado por mi familia: años de trabajo en la fábrica de conservas para pagar los estudios de Álvaro; noches sin dormir cuidando a mi madre enferma; domingos enteros cocinando paellas para veinte personas… ¿Y ahora? Ahora era una sombra que nadie veía.
A la mañana siguiente decidí hacer algo diferente. Preparé café solo para mí y me senté junto a la ventana. Cuando Lucía entró en la cocina y vio que no había desayuno preparado, frunció el ceño:
—¿No vas a hacer tostadas?—
La miré a los ojos por primera vez en mucho tiempo:
—Hoy no.—
Se quedó muda unos segundos antes de salir dando un portazo.
Álvaro apareció poco después:
—¿Qué ha pasado? Lucía dice que estás rara.—
Respiré hondo:
—Estoy cansada, Álvaro. Cansada de sentirme invisible en esta casa.—
Él me miró sorprendido:
—Mamá… no sabía que te sentías así.—
Las lágrimas me resbalaron por las mejillas:
—Nunca preguntas cómo estoy. Solo me pedís cosas. Yo también soy persona.—
Álvaro se quedó callado. Por primera vez vi culpa en sus ojos.
Esa tarde recibí una llamada inesperada de Mercedes:
—Carmen, vente unos días conmigo a Albacete. Aquí hay sitio y nadie te va a tratar como una criada.—
Colgué el teléfono con el corazón latiendo fuerte. ¿Y si me iba? ¿Y si por fin pensaba en mí?
Esa noche preparé una pequeña maleta. Cuando Lucía lo vio, puso los ojos en blanco:
—¿Te vas a ir ahora? ¿Y quién va a hacer la comida?—
La miré con firmeza:
—Tú misma.—
Salí del piso sin mirar atrás. En el portal respiré hondo por primera vez en años.
En el tren hacia Albacete miré por la ventanilla y pensé en todas las mujeres como yo: madres entregadas, invisibles cuando ya no somos «útiles» para los demás.
¿De verdad merecemos este olvido? ¿Cuándo aprenderán nuestros hijos a vernos como personas y no solo como manos que limpian o cocinan?
Quizá hoy he dado el primer paso para volver a ser yo misma.