La mitad que me queda: El precio de dividir un hogar
—¿De verdad vas a hacerlo, Ana? —mi voz tembló, aunque intenté mantenerme firme. El eco de mis palabras rebotó en las paredes del salón, ese mismo salón donde ella dio sus primeros pasos, donde celebramos sus cumpleaños con globos y risas. Ahora, sentada frente a mí, mi hija evitaba mi mirada, jugueteando con la funda de su móvil.
—Mamá, lo hemos hablado mil veces. No puedo seguir así. Necesito el dinero para empezar mi vida con Sergio. Además, tú tienes tu parte —dijo, casi en un susurro, como si temiera que la casa misma la juzgara.
Sentí un nudo en la garganta. Recordé el día en que, tras la muerte de su padre, decidí dividir el piso entre mis dos hijos. Pensé que era lo justo, que así todos tendríamos seguridad. Nunca imaginé que esa decisión sería el principio del fin de nuestro hogar.
—¿Y si los nuevos dueños no me quieren aquí? ¿Y si me echan? —pregunté, la voz rota.
Ana suspiró, cansada.
—No va a pasar nada, mamá. Los compradores saben que vives aquí. Todo está en los papeles. Pero yo… yo no puedo más. Sergio y yo llevamos años ahorrando y no llegamos a nada. El alquiler en Madrid es imposible. Si no vendo mi parte, nunca podré tener algo propio.
Me quedé callada, mirando las fotos familiares en la estantería: Ana con su hermano Luis en la playa de Benidorm, Ana vestida de fallera en Valencia, Ana abrazada a mí el día de su graduación. ¿En qué momento se había roto todo?
Luis, mi hijo menor, llevaba meses sin hablarme desde que le propuse vender también su parte para ayudar a Ana. «No es justo», me gritó por teléfono. «Siempre haces más por ella». Ahora vivía en Barcelona y apenas respondía a mis mensajes.
El teléfono sonó, interrumpiendo mis pensamientos. Era Carmen, mi vecina del tercero.
—¿Te has enterado? —preguntó sin preámbulos—. Dicen que tu hija ha puesto su parte del piso en Idealista. ¿Es verdad?
Sentí la vergüenza arderme en las mejillas.
—Sí, Carmen. Es verdad —admití—. No sé qué voy a hacer.
—Ay, mujer… Si necesitas algo, ya sabes dónde estoy —dijo antes de colgar.
Me levanté y fui a la cocina. El aroma del café recién hecho no logró calmarme. Miré por la ventana: la calle estaba llena de vida, niños jugando al fútbol entre los coches aparcados, señoras volviendo del mercado con bolsas llenas de naranjas y pan gallego. Todo seguía igual afuera, pero dentro de mí algo se había roto para siempre.
Esa noche apenas dormí. Soñé que los nuevos dueños llegaban con cajas y me decían que tenía que marcharme. Desperté sudando, con el corazón desbocado.
Pasaron los días y Ana vino menos por casa. Cuando venía, evitaba quedarse mucho tiempo. Una tarde apareció con Sergio y una pareja joven detrás.
—Mamá, ellos son los interesados en comprar mi parte —dijo Ana sin mirarme a los ojos.
La pareja me saludó con una sonrisa forzada.
—Encantados —dijo la chica—. Nos han dicho que usted vive aquí…
—Sí —respondí—. Aquí he vivido toda mi vida adulta.
Sergio intervino rápidamente:
—Todo está claro en el contrato: usted puede quedarse hasta que decida irse voluntariamente.
Sentí cómo me miraban como si fuera un mueble viejo que no sabían dónde colocar.
Tras la visita, Ana se quedó unos minutos más.
—Mamá… No quiero que pienses que te abandono —dijo al cerrar la puerta tras Sergio y los compradores—. Pero necesito vivir mi vida.
—¿Y yo? ¿Dónde quedo yo en tu vida? —pregunté sin poder evitar las lágrimas.
Ana bajó la cabeza.
—No lo sé, mamá… No lo sé.
Esa noche llamé a Luis. No contestó. Le dejé un mensaje:
—Hijo, necesito hablar contigo. Me siento sola…
Pasaron semanas. La venta se cerró un jueves lluvioso de marzo. Ana vino a recoger sus últimas cosas: una caja con libros de la universidad y una manta vieja que usaba de niña.
—¿Te acuerdas cuando te tapaba con esto? —le pregunté acariciando la manta.
Ana asintió sin hablar y salió por la puerta sin mirar atrás.
Los nuevos dueños tardaron poco en aparecer. Al principio fueron amables: «No se preocupe, señora Rosario, estamos encantados de compartir piso con usted». Pero pronto empezaron las tensiones: querían reformar el baño, cambiar las ventanas, poner una alarma. Yo me sentía una extraña en mi propia casa.
Una tarde escuché a la pareja discutir en voz baja:
—No podemos hacer nada mientras esa señora siga aquí…
Me encerré en mi habitación y lloré como una niña pequeña.
Luis finalmente me llamó un domingo por la tarde.
—Mamá… He visto todo lo que está pasando por el grupo de WhatsApp de la familia —dijo con voz cansada—. ¿Por qué no me lo contaste antes?
—No quería preocuparte…
Luis suspiró al otro lado del teléfono.
—Mamá, vente a Barcelona conmigo una temporada. Aquí hay sitio…
Pero yo no quería irme de Madrid, de mi barrio, de mi vida entera construida entre estas paredes.
Los meses pasaron y la convivencia se hizo cada vez más difícil. Los nuevos dueños trajeron a su perro, cambiaron la cerradura del portal sin avisarme y organizaron cenas ruidosas los sábados por la noche.
Una tarde encontré una nota pegada en la nevera:
«Rosario: ¿podrías dejar libre el baño a partir de las 8h? Tenemos horarios distintos».
Sentí que ya no era bienvenida ni siquiera para ducharme cuando quisiera.
Empecé a salir más de casa: paseaba por el Retiro durante horas o me sentaba en una cafetería cerca del mercado de San Miguel solo para no sentirme una intrusa en mi propio hogar.
Un día Ana me llamó:
—¿Cómo estás?
—Como una extraña en mi propia casa —respondí sin rodeos.
Ana guardó silencio unos segundos antes de decir:
—Lo siento, mamá… De verdad lo siento.
Colgué sin saber si algún día podría perdonarla del todo.
Ahora escribo estas líneas sentada junto a la ventana del salón mientras afuera cae la lluvia sobre Madrid. La casa ya no huele a café ni a pan tostado por las mañanas; huele a pintura nueva y a desarraigo.
Me pregunto cada día dónde fallé como madre para llegar hasta aquí. ¿Fue egoísmo querer asegurarles un techo? ¿O fue ingenuidad pensar que el amor familiar resistiría cualquier decisión?
¿Acaso alguna vez se puede volver a coser lo que se ha roto entre madre e hija? ¿Qué haríais vosotros en mi lugar?