Cuando la abuela elige: una herida que no se cierra
—No puedo, Lucía, de verdad que no puedo. Estoy agotada, hija —me dijo Carmen, mi suegra, con la voz temblorosa mientras sostenía su taza de café en la cocina de nuestro piso en Vallecas. Era la tercera vez en dos semanas que le pedía ayuda para cuidar a mi pequeña Alba. Mi marido, Diego, trabajaba turnos dobles en el hospital y yo apenas podía con el alma después de noches sin dormir y días eternos de pañales y llantos.
Recuerdo cómo apreté los labios para no llorar. Carmen siempre había sido una mujer fuerte, la matriarca de la familia, la que organizaba las comidas de los domingos y mantenía a todos unidos. Pero desde que nació Alba, parecía haberse vuelto frágil, cansada, casi ausente. “La edad no perdona”, decía ella. Y yo, aunque dolida, intentaba comprender.
Pero todo cambió el día que nació Sofía, la hija de Laura, la hermana menor de Diego. Fue como si Carmen hubiera rejuvenecido veinte años de golpe. De repente, la veía corriendo por los pasillos del hospital Gregorio Marañón con flores y globos, organizando visitas y preparando caldos para su hija. Se instaló en casa de Laura durante semanas, cuidando a Sofía día y noche. Lo supe por las fotos en el grupo familiar de WhatsApp: Carmen con Sofía en brazos, Carmen bañando a Sofía, Carmen paseando a Sofía por el Retiro.
Una tarde, mientras Alba dormía y yo recogía juguetes del suelo, Diego llegó a casa con los ojos rojos. Se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con las manos.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté, sentándome a su lado.
—He ido a ver a mi madre… —tragó saliva—. Estaba con Laura y Sofía. No parecía cansada en absoluto. Me ha dicho que es distinto, que Laura la necesita más porque está sola… —Su voz se quebró—. ¿Y nosotros? ¿No somos también su familia?
Sentí una punzada en el pecho. No era solo mi dolor; era el suyo también. Diego nunca había llorado por su madre. Hasta ese día.
Las semanas siguientes fueron un desfile de silencios incómodos y mensajes sin responder. Carmen apenas venía a vernos y cuando lo hacía, parecía tener prisa por irse. Alba crecía rápido y cada vez que alcanzaba un hito —su primera sonrisa, sus primeros pasos— yo sentía una mezcla de orgullo y tristeza porque sabía que su abuela se lo estaba perdiendo.
Un domingo cualquiera, durante una comida familiar en casa de Laura, no pude más. Carmen estaba sentada entre Sofía y Laura, riendo como si nada hubiera pasado. Me acerqué a ella mientras recogía los platos.
—Carmen —le dije en voz baja—, ¿puedo preguntarte algo?
Ella me miró con sus ojos grises, sorprendida.
—Claro, dime.
—¿Por qué con Alba no pudiste ayudarme y ahora con Sofía sí? ¿Hice algo mal?
Carmen bajó la mirada y suspiró.
—No es eso, Lucía… Es que Laura está sola. Tú tienes a Diego…
—Pero Diego trabaja todo el día —le respondí—. Y yo también me sentí sola muchas veces.
Carmen no supo qué decirme. Se levantó y fue a buscar más café. Yo me quedé allí, sintiéndome invisible.
Esa noche discutí con Diego. Él defendía a su madre: “Siempre ha sido así con Laura, desde pequeñas…”. Pero yo no podía evitar sentirme traicionada. No solo por Carmen, sino también por Diego, por no defendernos más.
Los días pasaban y la herida se hacía más profunda. Empecé a evitar las reuniones familiares; prefería quedarme en casa con Alba antes que soportar las miradas de lástima o los comentarios velados sobre lo “fuerte” que era Laura por criar a su hija sola.
Una tarde lluviosa de noviembre, mi madre vino a visitarme desde Salamanca. Me encontró llorando en la cocina mientras Alba jugaba en su trona.
—¿Qué te pasa, hija?
Le conté todo entre sollozos: la indiferencia de Carmen, el dolor de Diego, mi sensación de no pertenecer nunca del todo a esa familia.
Mi madre me abrazó fuerte y me dijo:
—Las familias nunca son perfectas. Pero tú eres suficiente para tu hija. No necesitas demostrarle nada a nadie.
Sus palabras me dieron algo de paz, pero la herida seguía ahí.
El tiempo pasó y Alba cumplió dos años. Hicimos una pequeña fiesta en casa e invitamos a toda la familia. Carmen vino solo un rato; trajo un regalo para Alba y otro para Sofía “por si acaso”. Cuando se fue temprano “porque estaba cansada”, sentí una rabia sorda crecer dentro de mí.
Esa noche, después de acostar a Alba, me senté con Diego en el balcón.
—¿Crees que algún día tu madre cambiará? —le pregunté.
Él miró las luces de Madrid y negó con la cabeza.
—No lo sé… Pero sé que esto me duele más de lo que pensaba.
Nos abrazamos en silencio. Por primera vez entendí que el dolor no era solo mío; era nuestro.
Con el tiempo aprendí a dejar ir las expectativas. Empecé a construir mi propia familia alrededor de Alba y Diego, sin esperar nada de Carmen. Pero cada vez que veía una foto suya con Sofía en redes sociales, sentía una punzada amarga en el corazón.
A veces me pregunto si algún día podré perdonar del todo esa preferencia tan evidente. O si Alba crecerá preguntándose por qué su abuela nunca estuvo tan presente como lo estuvo para su prima.
¿Es posible sanar una herida así? ¿O hay dolores familiares que nunca se cierran del todo?