Se fue seis días para volver a sentirse persona… y descubrió que su familia había aprendido a vivir sin él
El domingo pasado mi padre me mandó una foto de una tortilla de patata por WhatsApp. Salía torcida, bastante tostada por un lado y con el plato de Duralex de siempre debajo.
Puso: “La ha hecho Pilar. No está mal.”
Me quedé mirando la foto un rato absurdo, con el café enfriándose al lado del fregadero. No era una gran cosa. Una tortilla. Pero durante años, cuando mi padre quería enseñarme algo así, me llamaba. O me esperaba por la tarde con la puerta entornada, porque sabía que yo acabaría pasando.
Desde que murió mi madre, hace tres años, fui entrando en su casa cada vez más. Al principio para cambiar una bombilla, arreglar una persiana, mirar las cartas del banco que él no entendía bien. Luego empezaron las pastillas, las revisiones, la compra pesada, la cita con el traumatólogo cuando se fastidió la rodilla.
Tengo 51 años, estoy divorciado y trabajo en un taller de autobuses de Zaragoza. Vivo solo en un piso de alquiler en Las Fuentes. Mi hijo, Dani, tiene veinticuatro y está haciendo su vida con su novia en Utebo. Nos vemos, nos llevamos bien, pero ya no me necesita para nada salvo, de vez en cuando, para que le deje el coche.
Supongo que, sin darme cuenta, me agarré a lo de mi padre. Era agotador, pero me daba una función. Algo que hacer al salir del trabajo. Alguien que esperaba que yo llegara.
Mis hermanos también hacían cosas. No quiero pintarlos como unos monstruos, porque no lo son. Pilar vive en Huesca y viene algunos fines de semana. Le hace una limpieza a fondo a la casa de mi padre, revisa la ropa, se pelea con él para que tire revistas de 2009. Raúl vive en Madrid y pone dinero cuando hace falta, aunque siempre hay que recordárselo dos veces.
Pero las llamadas eran para mí.
“Javi, ¿esta pastilla era antes o después de cenar?”
“Javi, la tele pone que no hay señal.”
“Javi, me han llamado de no sé dónde y no he entendido nada.”
Y yo iba. A veces de mala gana. A veces con esa sensación fea de que, si no iba yo, no iría nadie. Luego me sentía culpable por pensarlo, porque mi padre tampoco había elegido hacerse mayor ni quedarse solo.
En febrero me dio un bajón. No de esos de película. No lloré en el trabajo ni me dio un ataque. Simplemente dejé de contestar llamadas. Dejaba el móvil boca abajo y me quedaba sentado en el sofá sin encender ni la tele.
Un compañero, Nacho, me dijo que se iba seis días a Asturias y que tenía una habitación reservada en una casa rural cerca de Cudillero. Su hermano se había echado atrás y me la dejaba barata.
Le dije que no enseguida.
Luego esa noche, mientras ayudaba a mi padre a buscar unas gafas que llevaba puestas, pensé que hacía años que no me iba a ningún sitio sin calcular quién le iba a comprar el pan o ponerle el lavavajillas.
Lo hablé en el grupo de los hermanos. Pilar respondió con un “claro que sí, Javi, vete”. Raúl puso un pulgar hacia arriba, que es su manera de participar en la familia. Pilar dijo que ella podía trabajar desde casa esa semana y bajar a Zaragoza dos días. Raúl se ofreció a pagar a una chica del barrio para que fuera por las mañanas a echar un vistazo y dejar comida preparada.
Todo parecía sencillo. Demasiado sencillo.
Mi padre no dijo que no. Solo preguntó si era muy lejos Asturias. Le dije que no tanto, que estaría localizable.
—No hace falta que estés pendiente —me contestó—. Ya bastante haces.
Me dolió que dijera eso, aunque no sabría explicar por qué. Creo que esperaba que me pidiera que no me fuera. Algo egoísta, ya lo sé. Quería permiso, pero también quería que notaran mi ausencia antes de que me hubiera ido.
Los dos primeros días allí fueron raros. Nacho quería caminar, tomar sidra, hablar con gente en los bares pequeños. Yo miraba el móvil cada diez minutos. Cuando no había mensajes, me enfadaba. Cuando los había, me ponía tenso.
El martes Pilar mandó al grupo una foto de mi padre en el ambulatorio. Tenía la cara seria y una tirita en la mano. Resultó que se había mareado un poco al levantarse y se había caído sentado contra una silla. Nada grave, según Pilar. Le hicieron una analítica y le recomendaron que bebiera más agua.
Sentí un vuelco en el estómago. Llamé a Pilar de inmediato.
—Está bien, de verdad —me dijo—. No vuelvas por esto. Ya estamos aquí.
“Ya estamos aquí.” Lo dijo con buena intención, pero me sentó fatal. Como si yo fuera el que había abandonado el puesto. Como si mi padre fuera una tarea que uno puede dejar cubierta en una hoja de cálculo.
Esa noche discutí con Nacho por una tontería. Él quería cenar fuera y yo dije que estaba cansado. Al final le solté que no entendía nada, que no tenía padres dependientes, que qué fácil era decirle a alguien que desconectara.
Nacho se quedó callado y luego me recordó, sin levantar la voz, que su madre había muerto de ELA hacía cinco años y que él había vivido en casa de ella los últimos meses.
Me dio una vergüenza horrible. Le pedí perdón, pero ya estaba todo torcido. Al día siguiente él se fue por su cuenta a visitar unos pueblos y yo me quedé dando una vuelta sin rumbo por el puerto, con una chaqueta que no abrigaba nada.
Volví el viernes por la tarde. Fui directamente a casa de mi padre, casi sin pasar por la mía. Había comida en la nevera con etiquetas: “Lentejas lunes”, “Pollo martes”. Pilar había organizado las pastillas en un pastillero de colores. Hasta había instalado una aplicación en la tele para que pudiera ver películas antiguas.
Mi padre estaba sentado con una manta sobre las piernas, viendo un concurso.
—Ya has vuelto —dijo.
—Sí. ¿Qué tal has estado?
—Bien. Pilar manda mucho, pero bien.
Se rio un poco. Yo también, pero me salió raro.
Esperé a que me preguntara por Asturias. No lo hizo. Le conté yo que había visto el mar, que había comido demasiado, que llovió casi todos los días. Asentía, pero estaba más pendiente de que el concursante acertara una palabra.
Antes de irme, me dijo:
—No tienes que venir mañana. Pilar ha dicho que viene ella.
Fue una frase normal. Incluso considerada. Y, sin embargo, bajé las escaleras con una sensación muy desagradable, como si me hubieran quitado algo que yo mismo llevaba meses diciendo que no podía sostener.
Desde entonces seguimos con una especie de cuadrante. Pilar baja más de lo que bajaba. Raúl paga a la chica y llama los domingos, aunque a veces se le olvida. Yo sigo yendo, claro. Menos días, en teoría.
Pero hay tardes en las que estoy en casa, sin ningún recado pendiente, y no sé muy bien qué hacer conmigo. Me había quejado de que todo cayera sobre mí, y era verdad. También es verdad que una parte de mí necesitaba sentir que, si yo no estaba, las cosas se desmoronaban.
Esta tarde mi padre me ha escrito otra vez. No para pedirme nada. Solo ha puesto: “La tortilla de Pilar estaba seca. No se lo digas.”
He sonreído. Le he dicho que el jueves paso a hacer una, pero que no me espere para cenar si se le hace tarde.
Todavía no sé si eso es poner un límite o volver a empezar por el mismo sitio.