La hija del millonario y la empleada invisible
—¿Por qué no comes, Lucía? —mi voz tembló, apenas un susurro, mientras la observaba sentada frente al ventanal, con la mirada perdida en el horizonte de Madrid. El sol de la tarde se colaba entre los cristales, iluminando su rostro pálido, casi translúcido, como si la luz pudiera atravesarla. Nadie en la casa se atrevía a hablar del tema, ni siquiera la señora Carmen, su madre, que prefería fingir que todo iba bien, que la ausencia de Lucía en la mesa era solo una excentricidad más de la adolescencia.
Yo acababa de llegar. Mi primer día como empleada en la mansión Balmon fue un desfile de órdenes secas, miradas de reojo y pasillos interminables donde el eco de mis pasos parecía un delito. Venía de Vallecas, de un piso pequeño donde el ruido de la calle era el pan de cada día y la comida, a veces, escaseaba. Allí, en la cocina de mármol blanco, me sentía invisible, una sombra más entre los muebles de diseño.
Pero Lucía… Lucía era distinta. La vi por primera vez en el jardín japonés, sentada en la grava, con las rodillas abrazadas al pecho y los ojos hinchados de tanto llorar. Nadie se acercaba a ella. Ni los empleados, ni su madre, ni su padre, don Enrique, que solo aparecía en casa para dar órdenes y revisar cuentas. Me acerqué despacio, como quien teme asustar a un animal herido.
—¿Te puedo ayudar en algo? —pregunté, sin esperar respuesta.
Ella me miró, y en sus ojos vi un abismo. No contestó. Solo se levantó y se fue, dejando tras de sí una estela de perfume caro y tristeza.
Los días pasaron. La señora Carmen me encargó preparar platos especiales para Lucía: sopas de verduras, cremas, postres ligeros. Pero todo quedaba intacto. La comida volvía a la cocina sin tocar. Los médicos iban y venían, murmurando diagnósticos que nadie quería escuchar. «Es una fase», decían. «Ya comerá cuando tenga hambre». Pero yo sabía que el hambre de Lucía no era de comida.
Una noche, mientras limpiaba la biblioteca, escuché voces. La señora Carmen discutía con don Enrique.
—¡No podemos seguir así! —gritó ella—. ¡Nuestra hija se está muriendo y tú solo piensas en el negocio!
—No exageres, Carmen. Lucía siempre ha sido débil. Ya se le pasará. No quiero escándalos en la familia.
Me quedé paralizada, el trapo en la mano, sintiendo una rabia que no era mía. Pensé en mi madre, en cómo luchaba cada día para que no nos faltara nada, en cómo me abrazaba cuando lloraba por las noches. ¿Por qué Lucía, con todo lo que tenía, estaba tan sola?
Al día siguiente, decidí hacer algo. Preparé una tortilla de patatas, como la que hacía mi abuela en los días de fiesta. No era un plato de chef, pero tenía el sabor de los recuerdos, de la familia, de la vida sencilla. Subí a la habitación de Lucía y llamé a la puerta.
—No quiero nada —dijo, sin mirarme.
—No es para ti —mentí—. Es para mí. Pero no me gusta comer sola. ¿Te importa si me siento aquí?
Se encogió de hombros. Me senté en el suelo, frente a su cama, y empecé a comer despacio. El olor llenó la habitación. Lucía me miró de reojo, como si no pudiera evitarlo.
—¿Te gusta la tortilla? —preguntó, casi en un susurro.
—Es lo único que sé hacer bien —sonreí—. Mi abuela decía que la comida sabe mejor cuando se comparte.
Hubo un silencio largo. Luego, Lucía se sentó en la cama y, por primera vez en dos semanas, tomó un trozo de tortilla. Comió despacio, como si cada bocado fuera una batalla. Cuando terminó, me miró con lágrimas en los ojos.
—No puedo más —dijo—. No quiero seguir así.
Me quedé a su lado, sin decir nada. A veces, el silencio es la mejor compañía.
Esa noche, Lucía me contó su secreto. Me habló de la presión, de las expectativas, de la soledad. De cómo su madre solo la miraba para corregirle el peinado, de cómo su padre la ignoraba, de cómo sus amigas la envidiaban pero nunca la entendían. Me habló de la culpa, del miedo a decepcionar, del vacío que sentía aunque tuviera todo lo que cualquiera podría desear.
—¿Y tú? —me preguntó—. ¿Por qué trabajas aquí?
Le conté mi historia. Le hablé de mi barrio, de mi familia, de las veces que pasamos hambre, de cómo mi madre me enseñó a no rendirme nunca. Le hablé de mis sueños, de estudiar, de ser alguien. Lucía me escuchó como si nunca hubiera oído hablar de la vida real.
A partir de ese día, algo cambió entre nosotras. Empezamos a compartir pequeños momentos: desayunos furtivos en la cocina, paseos por el jardín, confidencias a media voz. Lucía empezó a comer, poco a poco. La señora Carmen me miraba con recelo, como si temiera que yo pudiera romper el frágil equilibrio de su mundo perfecto. Don Enrique ni siquiera notó la diferencia.
Pero la calma no duró mucho. Una tarde, la señora Carmen me llamó a su despacho.
—No quiero que sigas acercándote a mi hija —me dijo, con voz fría—. No eres de su clase. No quiero que la confundas con tus historias de pobreza.
Sentí una rabia sorda. ¿Por qué el dinero tenía que separar a las personas? ¿Por qué el dolor de Lucía valía menos porque yo venía de otro mundo?
—Con todo respeto, señora —respondí—, Lucía no necesita más lujos. Necesita a alguien que la escuche.
Me despidieron esa misma noche. Recogí mis cosas en silencio, sin despedirme de nadie. Pero antes de irme, subí a la habitación de Lucía. Ella me esperaba, con los ojos llenos de lágrimas.
—No te vayas —me suplicó—. Eres la única que me entiende.
—No puedo quedarme —le dije—. Pero tú puedes salir de aquí. Puedes buscar tu propio camino.
Le dejé mi número, le prometí que estaría allí si me necesitaba. Me fui de la mansión Balmon con el corazón roto, pero con la esperanza de que Lucía encontraría la fuerza para seguir adelante.
Pasaron los meses. Volví a mi barrio, a mi vida sencilla. Conseguí un trabajo en una cafetería, empecé a estudiar por las noches. A veces pensaba en Lucía, en su mirada triste, en su lucha silenciosa. Un día, recibí un mensaje suyo: «Gracias, Ana. Estoy mejor. He empezado a estudiar en la universidad. He hecho nuevos amigos. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí».
Lloré de alegría. Comprendí que, a veces, una pequeña acción puede cambiar una vida. Que el dolor no entiende de clases sociales, y que la empatía es el mayor lujo que podemos darnos.
Ahora, cuando paso por delante de la mansión Balmon, me pregunto: ¿Cuántas Lucías habrá encerradas tras esos muros de cristal? ¿Cuántas personas necesitan solo una palabra amable para volver a vivir? ¿Y tú, qué harías si tuvieras la oportunidad de cambiar la vida de alguien?