Entre paredes delgadas: Decisiones en la casa de mamá
—¡No es justo, mamá! —grité, con la voz quebrada, mientras mi hermano Julián me miraba desde el marco de la puerta, con esa sonrisa de victoria que tanto detestaba.
Era domingo por la tarde y el calor pegajoso de Ciudad del Este se colaba por las ventanas abiertas. El ventilador apenas movía el aire denso en la sala. Mi madre, sentada en la mesa con su delantal manchado de salsa, suspiró y me miró como si yo fuera una niña caprichosa, no una universitaria de 21 años.
—Ya hablamos de esto, Lucía. Tu hermano necesita su espacio para estudiar. El cuarto del fondo es más tranquilo —dijo ella, sin mirarme a los ojos.
—¿Y yo qué? ¿Acaso no estudio también? —repliqué, sintiendo que la rabia me subía por el pecho.
Julián se encogió de hombros. Él siempre había sido el favorito, el menor, el que nunca rompía un plato. Yo, en cambio, era la que trabajaba medio tiempo para pagar mis libros y ayudaba a mamá con los gastos desde que papá se fue con otra mujer hace tres años.
La casa era pequeña: dos habitaciones y el famoso «cuarto de paso», un espacio improvisado entre la cocina y el baño, separado apenas por una cortina azul desteñida. Ese cuarto era un infierno en verano y un congelador en invierno. Pero ahora, según mamá, era mi destino.
—No es para siempre —intentó calmarme—. Solo hasta que Julián termine el colegio.
Pero todos sabíamos que en esta casa nada era temporal. Cuando papá se fue, también dijo que era solo por un tiempo. Nunca volvió.
Esa noche no pude dormir. Escuchaba a Julián reírse bajito con sus amigos por WhatsApp, mientras yo trataba de imaginar cómo sería vivir sin una puerta que cerrara mi mundo. ¿Dónde iba a guardar mis cosas? ¿Cómo iba a cambiarme de ropa? ¿Y si alguien entraba mientras dormía?
Al día siguiente, mientras lavaba los platos antes de irme a la universidad, mamá se acercó y me puso una mano en el hombro.
—Lucía, yo sé que no es fácil. Pero tu hermano está en una etapa difícil. Necesita concentrarse para entrar a la universidad pública. Vos ya estás encaminada…
Me mordí los labios para no llorar. ¿Encaminada? Si supiera lo sola que me sentía. Si supiera que cada día era una batalla para no rendirme, para no dejar la carrera y buscar cualquier trabajo que pagara mejor.
Esa tarde, hablé con mi mejor amiga, Camila, en la plaza frente a la facultad.
—¿Y por qué no te vas a vivir sola? —me preguntó, mientras compartíamos una empanada.
—¿Con qué plata? Apenas me alcanza para el colectivo y los apuntes. Además, ¿dejar sola a mamá con Julián? No puedo.
Camila suspiró. —Siempre te sacrificás vos…
Volví a casa con la cabeza llena de dudas. Encontré a Julián tirado en mi cama, ya acomodando sus cosas.
—¿No podías esperar a que sacara mis cosas? —le dije, conteniendo las ganas de gritarle.
Él ni siquiera levantó la vista del celular. —Mamá dijo que te apures.
Saqué mis libros y mi ropa en silencio. Cada prenda era un recuerdo: el vestido azul que usé en mi primer día en la facultad; la camiseta vieja de papá que aún olía a su perfume barato; los cuadernos llenos de apuntes y sueños aplazados.
El cuarto de paso olía a humedad y a sopa rehecha. Puse mi colchón en el suelo y colgué la cortina como pude. No había enchufe cerca, así que tendría que cargar el celular en la cocina. No había privacidad ni refugio.
Esa noche lloré bajito, tapándome la boca con la almohada para que nadie escuchara. Me sentí invisible, desplazada en mi propia casa.
Los días pasaron y cada vez era más difícil soportar las miradas de lástima de mamá o las burlas silenciosas de Julián. Una tarde, mientras hacía tarea en la mesa del comedor porque en mi nuevo «cuarto» no había espacio ni luz suficiente, escuché a mamá hablando por teléfono con mi tía Rosa.
—Lucía siempre fue fuerte… Ella puede aguantar —decía mamá, como si yo fuera una roca sin sentimientos.
Esa noche enfrenté a mamá.
—¿Por qué siempre tengo que ser yo la que cede? ¿Por qué nunca Julián?
Ella me miró cansada. —Porque sos la mayor… porque confío en vos… porque sé que podés salir adelante…
Pero yo no quería ser fuerte todo el tiempo. Quería sentirme cuidada, querida, importante.
Un sábado por la mañana, mientras barría el patio trasero, Julián se acercó y me sorprendió con una sinceridad inusual:
—Perdón, Lu… Sé que esto no es justo para vos. Pero tengo miedo de no entrar a la universidad y defraudar a mamá…
Lo miré largo rato. Por primera vez vi al niño asustado detrás del hermano molesto.
—Todos tenemos miedo, Julián… Pero eso no significa que tengamos que pisotearnos unos a otros.
Esa noche escribí una carta para mamá y Julián. Les conté cómo me sentía: invisible, desplazada, cansada de ser siempre la fuerte. Les pedí que pensáramos juntos cómo repartir mejor los espacios y las responsabilidades.
No sé si algo cambiará mañana. Pero hoy sentí alivio al decir lo que llevaba años callando.
¿Hasta cuándo debemos sacrificar nuestra paz por los demás? ¿Cuándo es justo poner límites incluso dentro de nuestra propia familia?