El perfil que cambió mi vida: una abuela, una broma y un amor inesperado
—¡¿Qué hiciste, Valeria?! —grité, ahogándome con la última gota de té mientras veía mi propia cara, arrugada y sonriente, en la pantalla del celular. Mi nieta se doblaba de la risa, con las mejillas rojas y los ojos llenos de lágrimas.
—Ay, abuela Emilia, no te enojes. ¡Mira qué linda saliste! Además, ¿qué pierdes? —me dijo, mostrándome el perfil: “Emilia, 67 años. Ama los libros, los paseos por el bosque y la tarta de manzana con canela. Busca compañero de charlas y de vida”.
Me quedé helada. ¿Quién iba a querer conocer a una vieja como yo? Pero Valeria insistió tanto que, entre risas y protestas, terminé aceptando el juego. Lo que no sabía era que ese juego iba a cambiar mi vida para siempre.
Esa noche no pude dormir. Me revolvía en la cama pensando en lo absurdo que era todo. Recordaba a mi difunto esposo, Ernesto, y cómo después de su partida me había resignado a la soledad. Pero la curiosidad pudo más. Al día siguiente, mientras regaba mis tomates con el viejo sombrero de paja, sentí el celular vibrar en el bolsillo del delantal.
Un mensaje: “Hola Emilia, soy Ricardo. Me llamó la atención tu amor por los libros y los paseos. ¿Te gustaría conversar?”
No sé qué me impulsó a responderle. Tal vez fue el tono amable, o tal vez las ganas de sentirme viva otra vez. Ricardo tenía 70 años, era viudo y vivía en un barrio cercano. Empezamos a hablar todos los días. Al principio con timidez, luego con confianza. Compartíamos historias de juventud, recetas de cocina, anécdotas de hijos y nietos.
—¿Y si nos vemos? —propuso una tarde.
Sentí mariposas en el estómago. ¿Una cita? ¿A mi edad? Dudé mucho antes de aceptar. Pero Valeria me animó:
—¡Vamos, abuela! ¿Qué puede pasar? Si no te gusta, no lo vuelves a ver.
Nos encontramos en una cafetería del centro. Cuando lo vi entrar —alto, canoso, con una sonrisa tímida— sentí que el corazón me latía como cuando era joven. Hablamos durante horas. Me hizo reír como hacía años nadie lo lograba. Al despedirnos, me tomó la mano con delicadeza.
—Gracias por este rato tan bonito, Emilia —me dijo.
Volví a casa flotando. Pero la realidad no tardó en golpearme. Mi hija Lucía se enteró por Valeria del encuentro y armó un escándalo.
—¿Cómo se te ocurre, mamá? ¡A tu edad! ¿Y si ese hombre solo quiere aprovecharse? ¿No piensas en lo que dirán las vecinas?
Me dolió su reacción. Sentí vergüenza y rabia al mismo tiempo. ¿Por qué las mujeres mayores tenemos que resignarnos a la soledad? ¿Por qué está mal visto buscar compañía después de los 60?
Ricardo y yo seguimos viéndonos a escondidas. Caminábamos por el parque, íbamos al cine los miércoles —cuando las entradas son más baratas— y compartíamos meriendas en mi jardín. Me sentía viva otra vez. Pero cada encuentro era una mentira para mi familia.
Una tarde, mientras preparaba empanadas para mis nietos, Lucía llegó sin avisar y encontró a Ricardo ayudándome en la cocina.
—¿Qué hace este señor aquí? —preguntó con voz fría.
Ricardo se puso nervioso y quiso irse, pero lo detuve.
—Lucía, basta ya. Ricardo es mi amigo… y algo más. No tienes derecho a juzgarme ni a decidir por mí.
Mi hija se quedó callada unos segundos antes de estallar:
—¿Y papá? ¿Ya lo olvidaste?
Sentí un nudo en la garganta.
—Nunca lo olvidaré. Pero él ya no está… y yo sigo viva.
Lucía se fue furiosa. Esa noche lloré como hacía años no lloraba. Dudé si seguir viendo a Ricardo o ceder ante la presión familiar. Pero Valeria me abrazó fuerte:
—Abuela, tú también mereces ser feliz.
Pasaron semanas difíciles. Lucía apenas me hablaba y mis otros hijos murmuraban a mis espaldas. Las vecinas empezaron a mirarme raro en la misa del domingo. Sentí el peso del juicio ajeno sobre mis hombros.
Pero Ricardo nunca me soltó la mano. Un día me llevó al malecón del río y sacó una cajita del bolsillo.
—Emilia… sé que esto es una locura para muchos, pero quiero pasar mis últimos años contigo. ¿Te animas?
No pude contener las lágrimas. Lo abracé fuerte y le dije que sí.
La noticia cayó como bomba en la familia. Hubo gritos, reproches y hasta amenazas de dejar de visitarme. Pero esta vez no cedí.
El día de nuestra pequeña boda civil solo estuvieron Valeria y dos amigos de Ricardo como testigos. Nadie más quiso venir. Pero cuando salimos del registro civil tomados de la mano, sentí una paz inmensa.
Con el tiempo, Lucía empezó a visitarme otra vez, primero por compromiso, luego porque extrañaba nuestras charlas y mis guisos de domingo. Poco a poco fue aceptando a Ricardo, aunque todavía le cuesta llamarlo “padrastro”. Mis otros hijos también fueron cediendo cuando vieron que yo era feliz.
Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de cuánto miedo tuve al qué dirán, al rechazo de mis propios hijos, al juicio de una sociedad que cree que las mujeres mayores deben resignarse a desaparecer en silencio.
Pero aquí estoy: feliz, enamorada y agradecida con esa nieta traviesa que un día decidió jugarme una broma.
A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo siguen ocultando sus deseos por miedo al escándalo? ¿Cuándo aprenderemos que nunca es tarde para volver a empezar?
¿Ustedes qué harían si estuvieran en mi lugar?